El noir escandinavo está de moda. No es algo nuevo. El fenómeno lleva implantado varios años. Se inició en la literatura y ha dado también el salto a la pantalla, tanto grande como pequeña. Escritores como Mankell, Larsson y Lackberg venden libros como churros: era cuestión de tiempo que tuvieran su traslación a otros formatos. Las novelas de Mankell han dado pie a mini-series, con mención especial para la británica, protagonizada por un estupendo Kenneth Branagh. La trilogía de Larsson está a la espera de que David Fincher le haga justicia (las películas suecas podrían pasar por telefilmes de sábado a las 4 de la tarde). Y he aquí que ahora sumamos una serie, The Killing, no basada en material previo, que tras triunfar en su país, Dinamarca, y en otros como Reino Unido, ha sido objeto de remake en USA.

Como la serie original, The Killing sigue la investigación del asesinato de una adolescente por parte de una detective de la Policía a punto de cambiar de aires y su más inexperto compañero. En ambos casos, la serie pone el foco con especial énfasis en el impacto en la familia de la chica, Rosie, y en el candidato a la alcaldía de la ciudad: Seattle, en la versión USA; Copenhague, en el original. Ciñéndonos al remake, a lo largo de 13 capítulos asistimos a la clásica recolección de pistas al tiempo que se va enredando la madeja; los que parecían principales sospechosos en un primer momento, van quedando descartados al tiempo que surgen otros responsables potenciales del crimen. Paralelamente a la investigación, contemplamos cómo se desmorona la familia de la víctima y cómo la campaña por la alcaldía sufre constantes vaivenes y drásticos cambios en la carrera hacia el Ayuntamiento.
The Killing arranca de forma soberbia. Agradece sobremanera ese tono frío y desangelado, herencia del original danés, con un Seattle casi fantasmal, en el que se imponen las brumas que arropan a los barcos en el puerto y la lluvia que golpea los cristales del coche de los policías mientras montan sus infructuosas guardias. Se apoya la serie, además, en potentes actuaciones: muy bien Mireille Enos como la protagonista, Sarah Linden, mujer dura de complicada adolescencia, capaz de volcarse tanto en su trabajo que amenaza con tirar su vida personal por la borda; bien también su compañero de andanzas, interpretado, curiosamente, por un actor sueco, Joel Kinnaman; y sobresalientes también los padres: Michelle Forbes, que suena para unos cuantos premios, y Brent Sexton.
La pega: el ritmo lento y la huida del cliffhanger, señas de identidad que, personalmente, no me disgustan, acaban derivando en un remanso quizás excesivo, con algún que otro capítulo que termina con la preocupante sensación, para el espectador, de que apenas ha ocurrido nada. Es curioso, porque sucede esto justo tras unos capítulos iniciales en los que da la impresión de que el caso quedará resuelto demasiado rápido. No es así, sin embargo, y llegamos al cierre de temporada con todas las cartas sobre la mesa. Un cierre de temporada que ha dado mucho que hablar, y no precisamente para bien. Como si sus creadores hubieran esperado 12 capítulos para abrir la caja de Pandora, esos últimos 45 minutos concluyen con una traca final que traiciona el espíritu de la serie; que rompe completamente con el tempo pausado en el que todo se va masticando con lentitud (para algunos, exasperante).
El global, sin embargo, es digno de aplauso. The Killing no inventa nada nuevo (el crimen, la investigación, los sospechosos, los giros en el caso), pero quizás ahí radica, precisamente, la gracia, en que no necesita acudir a escenarios o circunstancias exóticos para captar la atención. Le basta con estar rodada con gusto y sólidamente interpretada. Y quizás, cuando llegue la segunda temporada, comprendamos y perdonemos la conclusión de la primera.







