Archive for July, 2011

Sin nombre


30 Jul

El ying y el yang. Un poco de luz en medio de la oscuridad. Una flor que crece en medio del desierto. Algo puro que consigue abrirse paso entre la mierda. He ahí la esencia de Sin nombre, el estupendo debut del californiano Cary Fukunaga en una cinta de producción mejicana y gringa. Fenomenal cinta per se, descubrir que se trata de una opera prima multiplica aún más su valor.

Ese brochazo de color que rompe la negrura pasa por la relación que surge en un entorno hostil entre Willy, alias El Casper, y Saira. Él vive en el sur de Méjico, en Chiapas, entregado a una existencia cuyo contenido y límites nos lo define él, sino la banda a la que pertenece, una célula de la mara Salvatrucha. Las maras, pandillas surgidas en Estados Unidos, han echado raíces en Centroamérica. Raíces profundas, que llevan a sus miembros a brindar lealtad ciega a los líderes cambio de obtener algo más que un techo: un clan, casi una familia. Grupos violentos en los que críos sin un pelo en la cara ya ejecutan a sangre fría. Muy distinta ha sido la vida de Saira, aunque su existencia en Honduras tampoco es idílica: por eso emprende un largo y peligroso viaje junto a su padre reencontrado y su tío, rumbo a Estados Unidos, a Nueva Jersey.

Si el futuro de Saira es incierto, tanto como viajar en el techo de un tren, burlar a la ley y alcanzar un país en el que puede ser deportada a la mínima ocasión, el de Casper se presenta aún peor cuando lleva su enfrentamiento a los rígidos códigos de la mara a un punto sin retorno. Su desafío entraña, al mismo tiempo, salvar la vida de la chica, que de inmediato siente por él algo tan poderoso que decide que sus vidas han quedado selladas y sus caminos, unidos para siempre. Sin importarle que el otro tenga el futuro más que hipotecado, que sobre él penda una amenaza imperecedera; incluso, que el fantasma de una ex novia le mantenga un punto distante.

Cuidado y meticuloso retrato de una sociedad brutal y desamparada, no chirría en absoluto cuando evoluciona desde la presentación de los personajes a la introducción del conflicto, que actúa de resorte para activar una historia de huida que no por acoplarse a las esquemas imaginables pierde un ápice de frescura. Como cabe esperar, el viaje de Casper y Saira es físico y geográfico, pero ante todo, vital y sentimental. Dos personas, todavía sin llegar a la edad adulta, que se conocen en medio de una pesadilla y que desarrollan unos vínculos tan fuertes como solo una situación extrema, de vida o muerte, puede generar.

Sin nombre es de una dureza alta pero de una sensibilidad extrema. Una película que nos abre los ojos a una realidad violenta, en unos casos, y desesperada, en otros, en la que la vida vale poco, apenas nada, y en la que es más que posible que el tren a la libertad pase una sola vez; si pasa. Es, al mismo tiempo, el recordatorio de que el cine mainstream, el cine USA, el de lo establecido, nos lleva a menudo a recordar que son necesarios filmes como este. No solo por su carga de denuncia, sino por ser más fieles a las esencias. Al final, el único objetivo es contar una historia. Sin artificios, sin parafernalias. Con actores sin apenas experiencia, pero que resultan naturales; con un guión veraz y bien documentado; y con un director con el registro necesario para no confundir ñoño con sensible.

Estrenos 29 de julio


30 Jul

Mientras Harry Potter 8 bate récords en todo el mundo, a pesar de la irrupción, en Estados Unidos, de todo un Capitán América, aquí llega un puñadito de estrenos sin mucha historia:

-Linterna verde: La burbuja de los superhéroes no revienta. Ni mucho menos. Además de los recientes y juveniles X Men, y del aterrizaje del Capi, por ahí ronda el renovado Spiderman, y estamos a la espera del tercer Batman de Nolan; entre otros que vendrán. Lo que ocurre es que, aparte de darle a la tecla del reset y el remake, la industria ve llegados ciertos momentos en los que debe acudir a la Segunda División a falta de protas potentes. Es el caso de Linterna verde, un tipo con un uniforme de tal color y cuyos poderes residen únicamente en un anillo. La gracia se completa con un toque sci-fi y viajes inter-planetarios. Se pone al frente del tinglado Ryan Reynolds, ex marido de Scarlett Johanson y visto en Buried. La chica, Blake Lively, conocida por Gossip Girl (y con papelito en The town, de Ben Affleck). Expectativas: bajísimas.

-Los pitufos: Si les tocó a Alvin y las ardillas y a Garfield, y la cosa, en términos de recaudación, no fue del todo mal, y en algún caso, hasta muy bien, ¿por qué no seguir adelante y montar películas insustanciales, mitad reales, mitad ordenador, a menor gloria de productos televisivos pretéritos? Como es habitual en estos casos, un tipo de carne y hueso da la réplica a las criaturas digitales; aquí le toca a Neil Patrick Harris, que se juega perder los fans que le ha granjeado su memorable Barney Stinson (HYMYM) a cambio de engordar la chequera.

-La víctima perfecta: Hillary Swank explota esa veta tan típica suya de mujer dura que supera las advesidades; aquí, en un thriller sobre asesinos que se ceban con mujeres que viven solas.

-El mundo es grande (y la felicidad se encuentra en cualquier esquina): Multi-producción europea.

El hombre de al lado


26 Jul

La pausa. Eso es lo que distingue al cine americano del resto. En el cine americano, el protagonista, el héroe, tiene unos 90 minutos para salvar al mundo, matar a los malos, rescatar a la chica y marcharse con ella sonriente. No hay tiempo para la pausa. Todo ocurre a mil kilómetros por hora. La acción se salpica con unos cuantos diálogos. Mal menor. Con prisa y sin pausa. Planos muy cortos, montaje acelerado, sin tiempo para que el espectador respire.

La pausa. La pausa es lo que distingue, sin exagerar, al buen cine del mal cine (y a las buenas series de tv de las malas series de tv). Que los personajes vayan madurando. Que los diálogos se tomen su tiempo. La vida no es un videoclip; cuando el cine quiere ser un reflejo de la vida, debe imitar su pausa. Debe ser Marlo Brando atusando el lomo de su gato. Debe ser Jack Lemmon preparando unos spaghetti con una raqueta. La pausa bien entendida, sin caer en el muermo, en la demora porque sí.

La pausa ha caracterizado habitualmente al cine sudamericano, del que el argentino es exponente por derecho propio. En El hombre de al lado las cosas ocurren con cierta parsimonia, sin prisas. El drama se va cociendo a fuego lento. El drama comienza con una ventana, la que construye Víctor en su casa y solivianta a Leonardo, que ve vulnerada su intimidad. Víctor es grosero, burdo, cutre. Leonardo, todo lo contrario: un diseñador cool, gafas de pasta incluidas, que vive en una casa, ahí es nada, diseñada por el mismísimo Le Corbusier. La ventana se convierte en fuente de conflicto y órgano de fricción. Leonardo, azuzado por su mujer, pide a Víctor de mil maneras que abandone el proyecto de la ventana. Lo intenta todo: rehuir el contacto físico, entar en el juego del otro, pedírselo por las buenas, recurrir al juego sucio. Todo en vano.

La ventana se convierte en metáfora del progresivo desgaste de Leonardo. Cada vez más lento en su trabajo. Cada vez más distanciado de su mujer, con la que siente que ha perdido la afinidad. Al menos ella le habla, a diferencia de su hija adolescente y ausente. Leonardo va perdiendo los nervios, no duerme, se resarce mortificando a sus alumnos, cuyos proyectos despelleja sin piedad. La gota que colma el vaso es la irrupción de Víctor en su fantástica casa de la forma más insospechada. Víctor, que de amenaza bruta va mutando en coñazo insufrible, una lapa que se adhiere a Leonardo y va succionando su vida como una sanguijuela. Cuando Leonardo se da cuenta, Víctor se ha colado en su organismo.

El hombre de al lado es una película de actores. Los directores, que son dos, Mariano Cohn y Gastón Duprat, ocupan un segundo plano. A menudo, no les importa demasiado dónde dejar la cámara. Amigos, aquí no hay montajes espídicos. A menudo, el objetivo se queda de cualquier manera, la meramente necesaria para que observemos el desenlace de la disputa. Pelicula de actores, actores soberbios: lo están Rafael Spregelburd como el desesperado Leonardo y Daniel Aráoz como el astuto Víctor. Ambos entran en sus papeles como si fueran guantes de seda. Les ayuda que estén tan bien trazados, sin duda, porque a Leonardo le acaba asomando un perfil mezquino y a Víctor, un lado humano. Ellos ponen el resto con sendas interpretaciones naturales, fluidas, en las que unos diálogos creíbles que sugieren poco corsé van brotando como si de la vida se tratara. Con pausa.

Veredicto: 7

Lo mejor: Los dos actores protagonistas.

Lo peor: Que pueda aburrir al espectador impaciente.

Estrenos 22 de julio (y 15 de julio)


23 Jul

El verano y sus calores merman sensiblemente los biorritmos del blog. Disculpas. A cierta tardanza en consignar los últimos estrenos se solapa otra aún más embarazosa, la de la penúltima remesa de películas en llegar a la cartelera, aunque ya os contamos, por ejemplo, qué opinamos de la última de Harry Potter, el cierre de la saga y estreno más potente de hace 8 días. Sin más preámbulo, vayamos al lío:

*Estrenos 22 de julio:

-El hombre de al lado: Hablan muy bien de esta cinta argentina sobre dos vecinos antagónicos, sus diferencias y sus disputas. En breve, nuestro veredicto.

-Paul: Aquí vimos ya hace unos días esta gamberra road movie con alien a bordo que está llamada a ser la comedia sorpresa del verano. El dúo Pegg-Frost salta el charco para hacer un gran guiño a Steven Spielberg. Nos gustó.

-Templario: James Purefoy le ha cogido gusto a esto del histórico. Fue Marco Antonio en la estupenda serie Roma. Fue Solomon Kane. Ha intervenido en la serie Camelot. Con el título de esta cinta, que nos lleva al siglo XIII inglés, pocas pistas son necesarias.

-Los pingüinos del señor Poper: Ojo, no confundir con cierta droga, aunque habrá algún mal pensado que comentará entre dientes que algún estupefaciente va siendo necesario para sentarse en una sala de cine a ver la enésima comedia de Jim Carrey, esta vez rodeado de palmípedos del Ártico (o la Antártida, una de dos). Hubo un tiempo en que Carrey fue el mejor pagado. Después, su caché se volvió su peor enemigo. Pero he aquí que, frisando la cincuentena, el hombre sigue siendo lead actor de la típica gracieta veraniega. Muy prescindible, sí, salvo que sea necesario llevar a los críos al cine.

-Otras: El último vuelo del flamenco; La prima cosa bella.

*15 de julio:

-Harry Potter 8: Colorín colorado, las peripecias del mago más famoso desde Merlín se han acabado. Dejan un poso de tristeza, no por quedarnos sin aventuras de Potter y sus amigos, sino por ese deliberado tono deprimente que ha ido in crescendo a partir de la cuarta entrega. La saga se ha hecho larga. Se ha demostrado que sobraba el 7º filme. Este mejora al precedente, pero podía dar más de sí. Aquí, nuestra crítica.

-Betty Anne Waters: La siempre eficiente Hillary Swank, en uno de esos papeles de carácter, de mujer de apariencia frágil pero dura como una piedra que va superando todas las adversidades. Su personaje, que debe empollar Derecho cuando apenas tiene estudios para salvar a su hermano de la pena de muerte, recuerda a otras heroínas contemporáneas del celuloide como Erin Brokovich.

-Convención en Cedar Rapids: Típica comedia de pardillo que no se entera de qué va la fiesta. John C. Reilly y Anne Heche, las caras más conocidas. Y no es decir demasiado.

-Cirkus Columbia: Cinta bosnia. Un hombre vuelve a casa y busca a su hijo.

-Además: El fin es mi principio; Nuestra canción de amor; Vivir de la luz.

Harry Potter y las reliquias de la muerte parte II


17 Jul

He aquí una crítica muerta antes de nacer. Una crítica cuya existencia desafía a la lógica. Porque si has llegado a este punto, si has aguantado siete entregas, que se dice pronto, de las peripecias de Harry Potter, no necesitas leer esto para a) animarte a verla; o b) pensarlo mejor e invertir el dinero de la entrada en algo diferente. El espectador de Harry Potter y las reliquias de la muerte parte II, o Harry Potter 8, o Harry Potter 7/2, acude más bien a la sala con la sensación de cumplir un trámite, de reclamar el sello que acredite que durante unas veinte horas ha presenciado el paso del mago de la niñez a la adolescencia, en un proceso aún más traumático de lo habitual (por razones obvias).

Habrá quien me contradiga y asegure que la 8ª película le ha despertado la misma ilusión que la primera. Enhorabuena. No es fácil. Por la acumulación de episodios y el consiguiente desgaste. Y por la deliberada elección, presente en los libros de J. K. Rowling, de ir haciendo las películas cada vez un poco más oscurosas, angustiosas y deprimentes. Como si la autora quisiera reflejar que dejar atrás la infancia y asomar la cabeza a la edad adulta es una enorme putada, seas o no mago. En el caso de Potter, a los granos y los primeros escarceos amorosos se suma la necesidad de poner fin a un enemigo terrible, Voldemort, que amenaza con matar a él y a sus amigos e instaurar una dictadura de terror.

La cosa arranca sin más, en el punto exacto en que los dueños de la franquicia soltaron un hachazo para partir en dos el último libro de Rowling y exprimir un poco más el limón. ¿Por qué hacer 7 películas pudiendo recaudar con 8? ¿El último tomo es muy largo? Ya tenemos la excusa perfecta. Poco nos importa que la penúltima cinta sea un ejercicio palmario de futilidad, un absurdo que, cerrada la saga, se confirma como vacío y superfluo. Menos aún que la octava entrega eche a rodar como si del capítulo de una serie se tratara, aunque sin la cortesía del “Previously” que se ha puesto de moda en la televisión. Se presupone que el espectador ha visto, masticado y triturado las 7 películas anteriores y está listo para aguantar lo que le echen. Pero no nos engañemos: el resultado es pésimo. Cualquiera se da cuenta de que lo coherente habría sido reunir el tomo final en una sola película. Algo más larga, sí, tal vez de 3 horas, pero sin esos tramos totalmente accesorios e inflados que lastran el doble cierre.

Y eso que HP8 es notoriamente mejor que HP7 (lo cual tiene el mérito justo). En lugar del deambular por inhóspitos parajes, de mosqueo en mosqueo, Potter y sus amigos se enfrentan finalmente a su destino en una batalla que pone Hogwarts patas arriba pero proporciona esa acción tan necesaria cuando el armazón dramático no es precisamente para tirar cohetes. Este es precisamen el talón de Aquiles de esta entrega: todos los momentos que deberían marcar un pico en la gráfica emocional se resuelven de forma más bien endeble, ya sea la muerte de tal personaje, la redención de tal otro o el amor finalmente fraguado de dos retoños magos. Nada que ver, de todas formas, con el doblaje deplorable al español de Voldemort, que intenta resultar inquietante y lo que produce es mucha risa. De las dotes interpretativas del trío de protagonistas, mejor no hablamos; han tenido 8 películas para demostrar cierta mejoría, pero duele comprobar que Daniel Radcliffe, especialmente, sigue siendo igual de limitado que el primer día.

Un servidor siempre ha sido mucho más partidario de las primeras entregas de Harry Potter, tanto en papel como en celuloide. Aventura pura e inocente, con el clásico enfrentamiento al mal, en forma de villano de turno. El clímax, en cuanto a filmes, llegó con el tercero, el de Cuarón, el mejor y más personal de largo. En el cuarto empezó a morir gente y a Harry se le fue torciendo el gesto. La cosa se fue agriando hasta terminar con el tristón doble final. Al espectador, en definitiva, le cuesta no acabar la saga con el mismo gesto que sus protagonistas, que a sus 17 años parecen tener 71, como si el peso del mundo descansara sobre sus espaldas. Tanta angustia permanente, tanto huir, tanto ver morir a tus amigos… Normal que se te ponga esa cara de amargado y apenas celebres los éxitos. En lugar de subidón final, tenemos un poso denso y depresivo.

Se acabó lo que se daba y uno no tiene ganas de más. Al contrario, cree que ya iba siendo hora de que el niño mago colgara la varita. Y eso no puede ser una buena señal.

Veredicto: 6,5

Lo mejor: colorín, colorado…

Lo peor: el doblaje al español de Voldemort; lamentable.

Paul


16 Jul

A E.T. le ha salido un competidor. Se llama Paul, es verde, borrachuzo, malhablado y con tendencia a buscarse problemas. ¡Incluso está en twitter! Los federales lo buscan para encerrarlo en el Área 51, pero él antes ser iría con cualquier freak de la ComicCon.

La ufología, la literatura de ciencia ficción, el provincianismo estadounidense, el radicalismo religioso, las teorías de la conspiración… todo viaja en la caravana de Willy (Simon Pegg) y Clive (Nick Frost) por los tortuosos caminos de Nevada. Y así, como caído del cielo, se incorpora Paul, el secreto mejor guardado del mundo. Por supuesto, se quiere ir a casa, su casa, aunque con menos ñoñería que E.T. y con más energía que Alf. Digamos que Paul es el Men in Black visto desde el punto de vista alienígena, al que, como al resto de seres de este planeta en general, le hace muy poca gracia tanto control del gobierno. Y eso que él no paga impuestos. Así que Willy y Clive, que no son gays, llevan a Paul mientras secuestran a una fanática religiosa de la que Willy se enamora, porque ya he dicho que no son gays, mientras que un agente federal que da miedo les persigue, y otros dos agentes federales que dan risa persiguen al que da miedo, y el padre de la chica sigue a los agentes que dan risa y… bueno, lo normal en estos casos.

Paul es muy gamberro, pero seamos sinceros: es el más normal de todos. Con Pegg y Frost al frente del cotarro, una pareja bien conocida en el cine británico por las películas de Edgar Wright Zombies Party (2004) y Arma fatal (Hot Fuzz, 2007), nos esperamos unas buenas risas. Sobre todo porque son los guionistas y ya les valdría no ser capaces de escribir algo gracioso para ellos mismos. Y luego está Kristen Wiig (suspiro). Abro paréntesis.

A Kristen Wiig (suspiro) la descubrí recientemente en la película Bridesmaids (que se estrenará en España en agosto con el título La boda de mi mejor amiga). Es de una belleza más allá de lo físico y una comediante divertidísima, y vale la pena escucharla balbucear en versión original. Adorable. Así es Kristen Wiig (suspiro). Cierro paréntesis.

Pues si a esta road movie tan “espacial” le añadimos un breve pero intenso papel de Sigourney Weaver, musa de aliens más feroces, y el aliño lo pone Greg Mottola, director de la revelación de 2007, Supersalidos, pues queda una película muy graciosa, muy de buen rollo, con bastante más guión que efectos especiales, aunque pueda parecer lo contrario, y un final, eso sí, de lo más previsible. Para ver con los amigos y pasar un buen rato con algo de humor extraterrestre.

Veredicto: 6,5

Lo mejor: Kristen Wiig (suspiro).

Lo peor: que no salga nadie de Star Trek en la película. ¿En qué estarían pensando?

Paul se estrena el 22 de julio en España.

Emmys 2011: la vida sigue igual


15 Jul

Se entregan el 18 de septiembre y ya conocemos la extensa lista de candidatos. Los Emmy, los premios de la tele en Estados Unidos, han puesto las cartas sobre la mesa; solo queda barajarlas y darles la vuelta en un par de meses. Y, sobre el tapete, pocas sorpresas.

En la categoría de drama, Mad Men se postula como caballo ganador. Ojo: no ocurrirá en la próxima edición de los premios, al haberse demorado la reanudación de la serie. De momento, Don Draper y los suyos se sitúan al frente en las apuestas, aunque tienen un hueso duro de roer en The good wife. Las novedades las aportan dos series de nuevo cuño: Juego de tronos y The Killing.

Por mi parte, ya he expresado lo que opino de cada una [JdT es un buen producto, pero no un gran producto, a pesar de la talegada que ha soltado la HBO; The Killing tenía una pinta excelente pero se fue desinflando y cerró en falso, con un final tramposo]. La adaptación de la saga de George R. R. Martin se postula a mejor drama y solo coloca un candidato en los galardones de interpretación: Peter Dinklage, que está genial como el enano putero Tyrion Lannister. En cuanto a TK, adaptación de una serie danesa, por cierto, ve reconocida su labor a través de dos actrices, la protagonista Mireille Enos, la detective Linden, y la sufrida madre que encarna Michelle Forbes.

Menos novedosa pero también en concurso por su primera temporada, Boardwalk Empire figura en el sexteto de mejor drama y, cómo no, brinda opción de premio a su protagonista, Steve Buscemi. Sorprende la sólida presencia de Friday Night Lights, con varias candidaturas golosas. Y ojo a Justified, con Timothy Oliphant al frente.

Breve mención a las mini-series, un formato en alza. Me decanto por Downton Abbey (candidatura justísima para una soberbia Maggie Smith; entiendo menos la de Elizabeth McGovern) pero me huelo que se llevará el pastel Mildred Pierce, con la aplicada Kate Winslet a la cabeza. También irrumpe con cierta fuerza The Kennedys. Debilidad personal: espero que gane Idris Elba por su rol en Luther.

De la comedia, parcela que frecuento menos, se confirma el nuevo reinado de Modern family, a la que harán frente Glee, Rockefeller Plaza y otras. Desde 2009 no ha surgido ninguna serie que los críticos hayan decidido tener en cuenta.

Elephant


13 Jul

Hay algo inquietante en esos chavales que recorren interminables pasillos de un instituto que parece cualquier cosa menos un lugar donde se estudia. También pretencioso, porque es exigirle mucho al espectador que aguante esas largas escenas en las que la cámara se limita a seguir a los adolescentes del campo de entrenamiento al encuentro con la novia, o de la calle al laboratorio de fotografía, o del vestuario a la biblioteca. Y, sin embargo, uno acaba perdonándole estos periplos a Gus Van Sant porque, al final, comprende que son el cordón umbilical de Elephant (2003).

Van Sant, dado a conocer con Mi Idaho privado y confirmado con El indomable Will Hunting, otra que tampoco es para cualquier estómago, se despoja aquí de prácticamente cualquier adorno formal y contenido narrativo, en un ejercicio minimalista que volvió locas a sus señorías en Cannes: tres premios para el amigo GVS, responsable también de ese aborto disfrazado de remake plano a plano de Psicosis. Hay poca chicha en Elepahant; más bien, ninguna. La aparente vacuidad en el día a día de unos estudiantes, solo rota en el último tramo de metraje, en el que la violencia estalla como un grano purulento que nadie ha reventado a tiempo.

De los 80 minutos de metraje, casi uno hora se evapora sin grandes avances. Y, sin embargo, no hay sopor ni hartazgo. Van Sant persigue a los chicos, ninguno de ellos con experiencia ante la cámara y la mayoría entregados a diálogos improvisados, y nos convierte en mirones asomados, sin pudor, a unas vidas que solo empiezan a desarrollarse. Algunas, prometedoras; otras, taradas por padres disfuncionales o mermas de carácter; otras, decididamente truncadas por una adolescencia confundida y mediatizada por el rechazo ajeno. La sensación resultante es la observar a unos seres inmersos en una burbuja en la que el aire se vuelve cada vez más irrespirable.

Y sí, me vais a perdonar, pero es necesario ponerse así de pedante a la hora de hincarle el diente a una cinta que tiene de todo menos de convencional. Van Sant y su minimalismo. Van Sant y sus cuatro palos para sostener todo el chiringuito. Lo más parecido a un riesgo es el que toma cuando un mismo diálogo es relatado en varias ocasiones desde distintos puntos de vista por diferentes personajes, como para subrayar que todos los chicos están, en último término, conectados. Van Sant y la dura adolescencia. Van Sant y la violencia. Estados Unidos y las armas.

¿Fueron demasiados tres premios en Cannes? ¿Es Van Sant un cansino que se toma a sí mismo demasiado en serio? ¿Es Elephant poco más que un ejercicio de estilo frente a películas hechas y derechas como Mi nombre es Harvey Milk o El indomable Will Hunting? Juzgar por vosotros mismos.

Estrenos 8 de julio


11 Jul

Definitivamente, el verano ha sacado nuestro lado más remolón. Esperamos que sepáis perdonarnos. Por segunda semana consecutiva, consignamos los estrenos de rigor con un par de días de retraso… aunque, de nuevo, advertimos a la audiencia de que el daño producido no es grave.

-Beginners: He aquí una película que encierra mucho más de lo que anticipa. Desde luego, no es para principiantes, como indica su título, sino para espectadores con ganas de visionar un film de esos que escarban bajo la superficie de las relaciones personales/familiares. A Carlos le gustó, y mucho.

-Cars 2 3D: Y Turbo y ABS y todo lo que queráis. A un servidor le deja frío, indiferente. Dejé, lo confieso, la primera parte a la mitad. Era incapaz de empatizar con Rayo McQueen y sus aventuras sobre cuatro ruedas. ¿Coches antropomórficos? Demasiado para mí. Animales parlantes: ahí está mi límite. Ahora que lo pienso, no llegué siquiera a la mitad de metraje. Qué demonios, me bajé antes de su visita al pueblo de mala muerte. Todo este rodeo para deciros que ni pienso ver la secuela ni, mucho menos, recomendarla. Porque no todo el monte de Píxar es orégano y también lanzan malas (o no tan buenas) películas.

-Bad teacher: Vaya por Dios. Cameron Díaz se pone tetas (en la ficción) y va de profesora calentona que provoca al personal lavando coches a mano y con blusas atadas por encima del ombligo. Cameron, esperábamos más de ti. No, en realidad, no.

-El amor de Tony: ¿Por qué se estrenan tantas películas francesas? ¿A quién le gustan? He ahí un asunto para el debate.

-Amigos: Española. De unos amigos que cruzan una apuesta millonaria y acaban en Gran Hermano. Salen Ernesto Alterio y Diego Martín (uno de los actores patrios que mejor me cae).

La noche que no acaba


09 Jul

Estrenada el año pasado en la sección ZABALTEGI del festival de cine de San Sebastián, La noche que no acaba llega ahora a los cines para repasar el lado más tormentoso, sensual, divertido y dramático de Ava Gardner en su paso por la España de los años 50.

En un momento del documental, una Ava Gardner envejecida y ajada, con la mirada cansada y el gesto atormentado, entabla una conversación con su yo joven, de rostro perfecto y sonrisa cautivadora, cuando aún era el animal más bello del mundo, mientras una voz en off recita un poema de Robert Graves dedicado a ella:

(..) aunque yo más quisiera volar por la ventana

y posarme en la rama más erguida en el cielo,

ser posible aliado de las aves alertas

que agrupadas murmuran no sé qué dulcemente.

Ava vino a España por primera vez en 1950 para rodar Pandora y el holandes errante en un pequeñísimo pueblo pesquero de Girona, Tossa de Mar. Allí se enamoró de su primer torero, Mario Cabré, hasta allí fue a buscarla Frank Sinatra para casarse con ella, y ahí se inicia este documental de Isaki Lacuesta. Ava se enamoró de España, y en cuanto se divorció de Sinatra volvió a Madrid, para alimentar la rumorología de un país deprimido. Hemingway, Luis Miguel Dominguín, 55 días en Pekín, el Chicote… como bien apunta Lacuesta, aquella chica de Carolina del Norte se convirtió en la imagen de la mujer española, de la Carmen de Bizet de amor rebelde y destino fatal. Ava vivió y bebió en España de manera tan apasionada como trágica (“Triste, triste dama”, dijo Charlton Heston cuando una noche vio a Ava torear al tráfico en la glorieta de Atocha totalmente borracha), y La noche que no acaba es una colección de esos momentos a través de sus propias películas, espejo funesto de su propia vida. Un homenaje sincero que presiona con humor en el contraste entre el glamour salvaje de la actriz y la pobreza viril de la España franquista.

Una preciosidad. Ava y este documental.

Veredicto: 8

Lo mejor: Ava.

Lo peor: Ava.

Celuloides en su jugo

Recetas sencillas para degustar buen cine, sabroso y bajo en calorías.