El ying y el yang. Un poco de luz en medio de la oscuridad. Una flor que crece en medio del desierto. Algo puro que consigue abrirse paso entre la mierda. He ahí la esencia de Sin nombre, el estupendo debut del californiano Cary Fukunaga en una cinta de producción mejicana y gringa. Fenomenal cinta per se, descubrir que se trata de una opera prima multiplica aún más su valor.
Ese brochazo de color que rompe la negrura pasa por la relación que surge en un entorno hostil entre Willy, alias El Casper, y Saira. Él vive en el sur de Méjico, en Chiapas, entregado a una existencia cuyo contenido y límites nos lo define él, sino la banda a la que pertenece, una célula de la mara Salvatrucha. Las maras, pandillas surgidas en Estados Unidos, han echado raíces en Centroamérica. Raíces profundas, que llevan a sus miembros a brindar lealtad ciega a los líderes cambio de obtener algo más que un techo: un clan, casi una familia. Grupos violentos en los que críos sin un pelo en la cara ya ejecutan a sangre fría. Muy distinta ha sido la vida de Saira, aunque su existencia en Honduras tampoco es idílica: por eso emprende un largo y peligroso viaje junto a su padre reencontrado y su tío, rumbo a Estados Unidos, a Nueva Jersey.
Si el futuro de Saira es incierto, tanto como viajar en el techo de un tren, burlar a la ley y alcanzar un país en el que puede ser deportada a la mínima ocasión, el de Casper se presenta aún peor cuando lleva su enfrentamiento a los rígidos códigos de la mara a un punto sin retorno. Su desafío entraña, al mismo tiempo, salvar la vida de la chica, que de inmediato siente por él algo tan poderoso que decide que sus vidas han quedado selladas y sus caminos, unidos para siempre. Sin importarle que el otro tenga el futuro más que hipotecado, que sobre él penda una amenaza imperecedera; incluso, que el fantasma de una ex novia le mantenga un punto distante.
Cuidado y meticuloso retrato de una sociedad brutal y desamparada, no chirría en absoluto cuando evoluciona desde la presentación de los personajes a la introducción del conflicto, que actúa de resorte para activar una historia de huida que no por acoplarse a las esquemas imaginables pierde un ápice de frescura. Como cabe esperar, el viaje de Casper y Saira es físico y geográfico, pero ante todo, vital y sentimental. Dos personas, todavía sin llegar a la edad adulta, que se conocen en medio de una pesadilla y que desarrollan unos vínculos tan fuertes como solo una situación extrema, de vida o muerte, puede generar.
Sin nombre es de una dureza alta pero de una sensibilidad extrema. Una película que nos abre los ojos a una realidad violenta, en unos casos, y desesperada, en otros, en la que la vida vale poco, apenas nada, y en la que es más que posible que el tren a la libertad pase una sola vez; si pasa. Es, al mismo tiempo, el recordatorio de que el cine mainstream, el cine USA, el de lo establecido, nos lleva a menudo a recordar que son necesarios filmes como este. No solo por su carga de denuncia, sino por ser más fieles a las esencias. Al final, el único objetivo es contar una historia. Sin artificios, sin parafernalias. Con actores sin apenas experiencia, pero que resultan naturales; con un guión veraz y bien documentado; y con un director con el registro necesario para no confundir ñoño con sensible.









