Harry Potter y las reliquias de la muerte parte II

He aquí una crítica muerta antes de nacer. Una crítica cuya existencia desafía a la lógica. Porque si has llegado a este punto, si has aguantado siete entregas, que se dice pronto, de las peripecias de Harry Potter, no necesitas leer esto para a) animarte a verla; o b) pensarlo mejor e invertir el dinero de la entrada en algo diferente. El espectador de Harry Potter y las reliquias de la muerte parte II, o Harry Potter 8, o Harry Potter 7/2, acude más bien a la sala con la sensación de cumplir un trámite, de reclamar el sello que acredite que durante unas veinte horas ha presenciado el paso del mago de la niñez a la adolescencia, en un proceso aún más traumático de lo habitual (por razones obvias).
Habrá quien me contradiga y asegure que la 8ª película le ha despertado la misma ilusión que la primera. Enhorabuena. No es fácil. Por la acumulación de episodios y el consiguiente desgaste. Y por la deliberada elección, presente en los libros de J. K. Rowling, de ir haciendo las películas cada vez un poco más oscurosas, angustiosas y deprimentes. Como si la autora quisiera reflejar que dejar atrás la infancia y asomar la cabeza a la edad adulta es una enorme putada, seas o no mago. En el caso de Potter, a los granos y los primeros escarceos amorosos se suma la necesidad de poner fin a un enemigo terrible, Voldemort, que amenaza con matar a él y a sus amigos e instaurar una dictadura de terror.
La cosa arranca sin más, en el punto exacto en que los dueños de la franquicia soltaron un hachazo para partir en dos el último libro de Rowling y exprimir un poco más el limón. ¿Por qué hacer 7 películas pudiendo recaudar con 8? ¿El último tomo es muy largo? Ya tenemos la excusa perfecta. Poco nos importa que la penúltima cinta sea un ejercicio palmario de futilidad, un absurdo que, cerrada la saga, se confirma como vacío y superfluo. Menos aún que la octava entrega eche a rodar como si del capítulo de una serie se tratara, aunque sin la cortesía del “Previously” que se ha puesto de moda en la televisión. Se presupone que el espectador ha visto, masticado y triturado las 7 películas anteriores y está listo para aguantar lo que le echen. Pero no nos engañemos: el resultado es pésimo. Cualquiera se da cuenta de que lo coherente habría sido reunir el tomo final en una sola película. Algo más larga, sí, tal vez de 3 horas, pero sin esos tramos totalmente accesorios e inflados que lastran el doble cierre.
Y eso que HP8 es notoriamente mejor que HP7 (lo cual tiene el mérito justo). En lugar del deambular por inhóspitos parajes, de mosqueo en mosqueo, Potter y sus amigos se enfrentan finalmente a su destino en una batalla que pone Hogwarts patas arriba pero proporciona esa acción tan necesaria cuando el armazón dramático no es precisamente para tirar cohetes. Este es precisamen el talón de Aquiles de esta entrega: todos los momentos que deberían marcar un pico en la gráfica emocional se resuelven de forma más bien endeble, ya sea la muerte de tal personaje, la redención de tal otro o el amor finalmente fraguado de dos retoños magos. Nada que ver, de todas formas, con el doblaje deplorable al español de Voldemort, que intenta resultar inquietante y lo que produce es mucha risa. De las dotes interpretativas del trío de protagonistas, mejor no hablamos; han tenido 8 películas para demostrar cierta mejoría, pero duele comprobar que Daniel Radcliffe, especialmente, sigue siendo igual de limitado que el primer día.
Un servidor siempre ha sido mucho más partidario de las primeras entregas de Harry Potter, tanto en papel como en celuloide. Aventura pura e inocente, con el clásico enfrentamiento al mal, en forma de villano de turno. El clímax, en cuanto a filmes, llegó con el tercero, el de Cuarón, el mejor y más personal de largo. En el cuarto empezó a morir gente y a Harry se le fue torciendo el gesto. La cosa se fue agriando hasta terminar con el tristón doble final. Al espectador, en definitiva, le cuesta no acabar la saga con el mismo gesto que sus protagonistas, que a sus 17 años parecen tener 71, como si el peso del mundo descansara sobre sus espaldas. Tanta angustia permanente, tanto huir, tanto ver morir a tus amigos… Normal que se te ponga esa cara de amargado y apenas celebres los éxitos. En lugar de subidón final, tenemos un poso denso y depresivo.
Se acabó lo que se daba y uno no tiene ganas de más. Al contrario, cree que ya iba siendo hora de que el niño mago colgara la varita. Y eso no puede ser una buena señal.
Veredicto: 6,5
Lo mejor: colorín, colorado…
Lo peor: el doblaje al español de Voldemort; lamentable.
