Tranquilos: no hablamos de Concha Velasco y sus inquietantes anuncios de pérdidas de orina. Hablamos del Festival de cine de San Sebastián, que ayer, más que entregar, arrojó sus premios cual tarta sobre el rostro de los sorprendidos críticos, que mientras se iban anunciando los nombres de los agasajados, iban rompiendo en discreto y malhumorado silencio sus quinielas.
Y si no nos creéis, leed cómo vierte su bilis Carlos Boyero en El País.
Al final, ni Kore-eda, ni Urbizu, ni Davies. Isaki Lacuesta con Los pasos dobles, a la que cayeron más palos que caricias, se ha llevado el premio gordo gracias a su viaje humanístico-artístico a África de la mano de Miquel Barceló. El propio director, al valorar el galardón, pidió al público que no hiciera caso a lo que leyera y fuera a ver el filme. Revelador.
De vacío se marchó de San Sebastián, pues, No habrá paz para los malvados. Era más dudoso que la película mojara, pero era un clamor que José Coronado debía ser reconocido por su papel de Santos Trinidad. Tampoco. El hecho de que María León fuera designada mejor actriz parece que ya completó el cupo de galardones que podían quedarse en casa. El jurado, con Frances McDormand a la cabeza, terminó de cubrirse de gloria al dar dos premios gordos a la griega Mundo injusto: el de actor arrebatado a Coronado y el de director. Tremendo.
En fin. Nada nuevo bajo el sol. Simplemente, el refrendo de que estos saraos hay que tomarlos como lo que son: una semana de promoción y postureo en el que un puñado de señores acaban dando los premios a los candidatos más insospechados, se diría que en un ejercicio llamado a irritar a la crítica.
Y no ocurre solo en San Sebastián. El citado Carlos Boyero se puso aún más de los nervios con su memorable y demoledora disección del palmarés de Venecia. Mejor que él no lo vamos a resumir nosotros.






