
Ante todo, un valor seguro: Glenn Close. Con una mujer 5 veces candidata al Oscar al frente de una serie, crecen exponencialmente las garantías de que el producto será bueno.
A priori, un recelo: otra serie de abogados. Médicos, polícas y abogados, la Santísima Trinidad de la pequeña pantalla. Los mismos reparos que podía despestar The good wife, por citar otro ejemplo actual y de calidad, desaparecen muy pronto, tanto como en el mismísimo piloto. Sí, hay abogados, pero aunque uno es fan de la (buena) temática judicial, entiende que para algunos resulte cansina la sobredosis de escenas en tribunales y similares. No es el caso en Damages, donde la inmensa mayoría de la trama ocurre fuera de los solemnes templos de la Ley.
Un toque original: flashbacks y flashforwards, jugar a enseñar, dar pistas que pueden aclarar o no las cosas, quizás engañarnos, una forma ingeniosa de captar la atención desde el primer minuto, de avisarnos de que vienen curvas. En un primer momento da la impresión de que acaban con el factor sorpresa. Pronto se revela como un acierto. Es un sistema que funciona especialmente bien en la primera temporada, donde más que a una serie de abogados se diría que nos enfrentamos a una historia policíaca.
Damages (Daños y perjuicios) va de gente que miente, mata y recurre a lo que sea, lo que sea, con tal de salirse con la suya. Gente muy oscura. Todo el mundo tiene secretos y cadáveres en el armario. Ninguna acción es inocente. Bajo la superficie, rascando un poco, aparecen las segundas intenciones. La reina de las artimañanas es Patty Hewes, el personaje de la grandiosa Glenn Close, una auténtica mantis religiosa que devora a todo el que se le acerca. Una araña peligrosa en cuyas redes cae la cándida Ellen Parsons, interpretada por Rose Byrne (vista, por ejemplo, en Troya), a partir de ese momento convertida en “la otra”, en el frontón de Patty, en su contrapartida. Su relación, sus tiras y aflojas, sus constantes mentiras, dan pie a uno de los mejores dúos de los últimos años en televisión. Una tan dura, otra tan frágil. Al menos, en apariencia.
Cada temporada, un caso. Cada temporada, un “villano”. Secundarios potentes como Ted Danson y John Goodman. Un territorio a explorar cada nuevo año al tiempo que Patty Hewes va engordando su fama y su lista de víctimas, su vida familiar resquebrajda, casi podrida, mientras Ellen Parsons lucha por salir de su sombra y asomarse fuera, jugando al gato y al ratón, madurando, jugando a un juego muy peligroso del que pocos pueden salir indemnes. Seres humanos en su máxima expresión: viles, mezquinos, mentirosos, dañinos, corruptos, cegados por la fama, la codicia, el poder. Un mundo fascinante en el que Glenn Close borda un papel a la altura de esos que, en el cine, le han granjeado reconocimiento a la espera de un premio que le haga justicia.










