
Los paralelismos son inevitables. Mismo canal (HBO). Actores que aparecen en ambas series. Episodios largos (en torno a la hora). Tramas duras, sin concesiones, que no ahorran detalles a la hora de hurgar en vidas violentas, al límite. Preocupación por el trasfondo social, por indagar en las motivaciones de los personajes. Repartos corales, donde todos los elementos tienen su importancia, mayor o menor, y el tempo suficiente para desarrollarse, darse a conocer. Resonancias shakesperianas. Ver Oz después de The Wire produce ese efecto.
Aunque hijas de distintos padres (Tom Fontana vs Ed Simon), la comparación surge sola, de forma natural. Es complicado no encontrar en Oz un precedente de The Wire, por más que la primera utilice un escenario mucho más reducido (la cárcel) y la segunda persiga horizontes más amplios y ambiciosos (todos los estratos de la sociedad, todos los rincones del Sistema). Más allá de que Simon utilizara después numerosos actores fogueados en Oz, esta abrió camino en varios sentidos. Fue la primera producción de HBO en hincarle el diente a capítulos con un metraje tan largo, y se atrevió a romper tabúes que hoy pueden parecer superados (o no), pero que eran más vigentes en 1997, año en que Oz echa a andar. Desnudos integrales, lenguaje grueso, xenofobia, homofobia: Oz pone toda la carne en el asador como solo una serie al abrigo de un canal de pago podía soñar con hacer.
La serie, ya se ha apuntado, se ambienta en una cárcel de máxima seguridad, ficticia, Oswald State, una referencia a otra prisión, esta real, Attica, en Nueva York, famosa por un motín en 1971 que dejó 39 muertos. Todos se refieren a la cárcel con un diminutivo, Oz, que se inspira, por supuesto, en el famoso relato de El mago de Oz, cuyas resonancias se amplían en una unidad especial, Emmerald City, donde se lleva a cabo algo así como un programa piloto que persigue mejorar la integración de los presos y sus opciones de reinserción, para aquellos no condenados a perpetua o pena de muerte. Lo peor de cada casa en un torno casi experimental, con los grupos raciales y religosos sometidos a un intento de equilibrio en número y poder. Todo, bajo el auspicio del idealista Tim McManus, un tipo que cree que otra cárcel es posible, pero que debe cuentas al más cínico Leo Glynn, el alcaide, a su vez sometido a las veleidades del megalómano gobernador Devlin. Los esfuerzos de McManus se entrelazan y colisionan con la labor del resto de la plantilla, desde los guardias a los médicos, pasando por una monja-psicóloga y el cura de la prisión.
El experimento de McManus no tarda en revelarse de imposible cumplimiento. Los grupos raciales/religiosos no son compartimentos estancos, y a menudo se forjan alianzas que no entienden de credos o colores de piel. Para muchos presos la vida terminará entre los muros de Emmerald City; no hay razón para no dar rienda suelta a su crueldad y ansia de poder y sí pocos alicientes para convertirse en “mejores personas”. Arios, latinos, negros, mafiosos… conforman un conglomerado explosivo, en el que basta con la más pequeña chispa para que prenda la mecha y todo salte por los aires.
Las bondades de Oz son tan diáfanas como difíciles de encontrar en otras series: guiones realistas e incisivos; tramas adultas; personajes a los que se da tiempo para crecer; interpretaciones potentes; planteamientos arriesgados, huida de lo convencional. Os suena a algo, ¿verdad? Oz no es The Wire pero es de lo más parecido que se puede encontrar. Ah, y ambas comparten algo más: no les dieron un triste premio. Razón de más para idolatrarlas.







