20th Feb2012

Malvados Goyas

by Pablo

Enrique Urbizu es tan buen director como selectivo. Es una lástima que no se prodigue más. Que no nos brinde más a menudo películas como La vida mancha, La caja 507 y No habrá paz para los malvados, que con 6 premios fue la ganadora sin discusión de la última edición de los Goya. La dimensión de su triunfo solo se comprende plenamente teniendo en cuenta que hablamos de una cinta de género, negro en este caso, precisamente lo que más sarpullidos provoca en una industria que prefiere presumir de cine social cuando no se acuesta con la comedia más zafia. Y también, por haberle ganado el pulso a todo un Pedro Almodóvar.

Con Almodóvar parece que no hay medias tintas. Que solo es posible masajearle el ego o agraviarle. Ayer debía de olerse el triunfo inapelable de su colega bilbaíno, porque el manchego prodigó pocas sonrisas y no se despegó de sus gafas de sol, como un jugador de póquer que no quiere revelar sus emociones, sabedor de que no llevaba la mano ganadora con La piel que habito. Colocado en primera fila como exige su prestigio, y como agasajo por haber acudido a la gala, que siempre se interpreta como una dádiva hacia el vulgo, se le vio roer incómodo la ceremonia de 3 horas que solo podía desembocar en un final: mejor actor, mejor director, mejor película… todos para la cinta de Urbizu.

Con José Coronado se hizo justicia y su magnífico Santos Trinidad, policía corrupto y canalla, le reportó un galardón que nunca había catado; Antonio Banderas, rival anoche, deberá seguir esperando; su cirujano hierático tenía poco que hacer por más que él también aportara ese glamour hollywoodiense, como su mujer, Melanie Griffith, o Salma Hayek, que algunos en la Academia parecen necesitar como el oxígeno. Uno de los escasos consuelos para la bancada de La piel que habito vino de la mano de Elena Anaya, mejor actriz, uno de esos premios cantados, como el de actriz revelación para María León por La voz dormida. Lluis Homar y Ana Wagener fueron elegidos como mejores secundarios.

Por lo demás, el enésimo y merecido reconocimiento para Alberto Iglesias por su partitura para Almodóvar; la pedrea técnica para el western Blackthorn y la futurista Eva, ambas fustigadas por la taquilla; y el reconocimiento a Arrugas, adaptación del cómic de Paco Roca sobre el Alzheimer, con premios en animación y guión adaptado.

De la gala, lo esperado. Cierta vergüenza ajena con momentos tan bajos como Antonio Resines rapeando y olvidando la letra, o forzados, como ese paseo de Eva Hache por las tribunas para que Almodóvar y otros le siguieran la coña al numerito musical que abrió el acto, una pálida copia del arranque de los Tony con Neil Patrick Harris. Lo que más abundó, sin embargo, fue el tedio, por culpa de los habituales discursos eternos, y la incomodidad por los tics de Marisa Paredes o los nervios que mataban a Marta Etura. El discurso soporífero del presidente de la Academia, González Macho, solo sirvió para romper con el aperturismo de Álex De la Iglesia y volver a aquello de “Internet no es para el cine”. Así les va…

Lo mejor, sin duda, la aparición estelar de Santiago Segura, riéndose de sí mimo, de todos y de todo; no dejó títere sin cabeza y arrancó las únicas risas genuinas de la noche. Tal fue el nivel del tinglado que Eva Hache, conductora de la gala, mereció un notable alto. Se la vio muy suelta y tirando de su mejor recurso, que no es otro que el desparpajo. Durante largos tramos hasta se la echó en falta.

La cosa acabó a la una de la mañana, lo cual merece un aplauso hacia la Academia en su propósito de que la audiencia televisiva de los Goya no acabe de levantar cabeza. Terrible. Para Urbizu, Coronado y compañía empezaba una noche de juerga. Almodóvar no debía de estar, en cambio, para demasiados saraos. No hubo paz para él.

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One Response to “Malvados Goyas”

  • Ane

    Aunque lo que más me interesa de los goya es la alfombra roja (hubo grandes aciertos de las habituales como María Valverde de Dior y Elena Anaya de Lanvin, y de una deschonizada Verónica Echegui de Gucci), al final me quedé a ver la gala. Y, efectivamente, lo mejor fue Eva Hache y lo más memorable, el monólogo rickygervaisiano de Santiago Segura… más caña podría haberle metido a la industria del cine español que lloriquea porque no llena las salas. No será porque las películas, salvo contadas excepciones, son una braga?

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