Carta abierta a la Academia

Estimados señores de la Academia:
A la vista de la última ceremonia de entrega de los Oscar, que de ceremonia tuvo poco, y de trámite administrativo prácticamente todo, desde aquí proponemos con humildad pero con firmeza que se planteen muy seriamente la conveniencia de seguir organizando todos los años un tinglado que ha perdido cualquier atisbo de interés.
Cuando hasta el menos ducho sabía, con los ojos cerrados, que The Artist pasaría el rodillo por los grandes premios, uno se pregunta si no pierde toda razón de ser una masticación absurda de tres horas que solo sirve para constatar lo que todos aguardaban. El día que se anunciaron las candidaturas habría sido más útil que saliera un señor diciendo: este año nuestra favorita es la película francesa, muda y en blanco y negro; vayan a verla.
Cómo estará el patio para que apenas haya sorprendido a nadie que un francés le haya levantado el Oscar a todo un George Clooney. Cómo de fría era la temperatura que Woody Allen se llevó su tercer Oscar (no acudió como en él es costumbre) y la cosa alcanzó el rango de anécdota. Señores, que hablamos de Woody Allen, por más que su carrera haya menguado con el tiempo y haya firmado guiones muy superiores al de Midnight in Paris. Sí hubo cierta alegría al subir Christopher Plummer a recoger la estatuilla y marcarse un genial speech; o cuando Meryl Streep alzó su tercer trofeo, ella, la intérprete, sin distinción de sexo, con más candidaturas de la Historia. Pero, en general, las pulsaciones apenas marcaron picos en la gráfica de la noche.
No ayudó, desde luego, que Billy Cristal, repescado a última hora, al caerse del show Eddie Murphy, se limitara a aparecer por ahí y dejar el inevitable poso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Como no hubo pugna no hubo tensión, y al faltar tensión se escurrió la emoción. Vino a ser como un partido amistoso, donde no se compite y reina una cierta sensación de complacencia.
En definitiva, señores de la Academia, háganselo mirar, y de paso compartan sus reflexiones con sus colegas franceses, ingleses y españoles. Hubo una época en que estas galas tuvieron sentido, en que una vez al año un grupo de elegidos sentaba cátedra y nos indicaba quiénes habían sido los mejores. Hoy tenemos acceso a todo el cine, comercial e independiente, grandes producciones y cintas casi amateurs. No necesitamos que The Artist se lleve 5 Oscar para constatar que ha sido una de las mejores películas de 2011. Al tiempo, que Drive o Shame hayan sido ninguneadas no les resta mérito a nuestros ojos. Los Oscar han dejado de ser un oráculo a base de elegir mal y premiar peor.
O vamos cambiando el formato, como mejor se les ocurra, o es preferible bajar la persiana. Porque, seamos sinceros, más allá de la espuma de la alfombra roja y los chascarrillos, ¿a quién le interesan los Oscar?
[Nota: En la quiniela previa se acertaron todos los premios gordos, salvo el de guión original, que fue, como también temimos, para Midnight in Paris; sorprende el altísimo acierto en cortos y documentales, toda una ruleta rusa; y toca admitir el fracaso de las categorías técnicas, donde no supimos prever el factor consolación para Hugo.]
