Archive for the ‘Celuloide Bizarro’ Category

El Equipo Aahhgg!!


30 May

1989, cuatro actores españoles pasados de rosca fueron partícipes de una película que, seguro, nunca querrían que recordásemos. Cuando todavía existía industria cinematográfica en España, hasta tal punto que surgían productos de serie Z como éste, y en plena moda de revisión patria de éxitos ochenteros (vease Yo hice a Roque III), Ozores y sus amigos deciden crear su propia versión de El Equipo A (sí, ya saben, aquella serie patrocinada por la Dirección General de Tráfico en la que cuatro veteranos del Vietnam deshacian entuertos y salvaban a damiselas y a Ana García Obregón). Se hacían llamar El Equipo Aahhgg!! (o El Equipo Agg, aún no está muy claro).

El título da pie a falsas interpretaciones. De primeras, suena a una parodia bizarra de los hermanos Zucker. Pero no, es mucho peor. Es una bizarra desvergüenza de la dupla Antonio Ozores y José Truchado, guionistas (por decir algo) de este sinsentido, protagonista el primero y director (también por decir algo), el segundo. El inicio es demoledor. En un bosque, que un cartel identifica como “Vietnan 1986″ (así como lo estáis leyendo), seis soldados norteamericanos se abren paso en la espesura. A los pocos minutos ya se están identificando: Anibal (Ozores), Mauriño (Juanito Navarro), Mulligan (Freda Llorente), Félix (Máximo Valverde), Murdok (José Álvarez) y M-30 (Kimbo). Los primeros gags anuncian que la película no es para corazones delicados. Otros pocos chistes más, y aparecen unos chinos diciendo que la guerra ha terminado, así que todos para casa dando saltos de alegría (y en un avión de la aerolínea nacional de Colombia, Avianca, todo hay que decirlo).

Un momento de reflexión. Con sólo cinco minutos, que al espectador se le hacen horas, ya podemos percibir claramente algunas de las características que marcarán el resto del metraje: total ausencia de planificación, con Truchado rodando tomas larguísimas con un encuadre general, y a vivir que son dos días; una puesta en escena atroz, que se basa, sencillamente, en que cada actor se mueva por donde le dé la gana; y un sonido pésimo que hace que los diálogos a veces sean totalmente ininteligibles (y no lo digo sólo por Ozores).

Sigamos. Estamos en los United States (aunque hay carteles en español por todos lados y hasta repostan en una gasolinera Cepsa). Unos hombres a caballo, acompañados con una música a lo spaghetti western, entran en el rancho del bueno del ex soldado Mauriño. Quieren una yegua (¿?) pero Juanito Navarro… digo Mauriño… se niega, y los malhechores violan a su hja para extorsionarle, algo que a su hija no parece incomodarle demasiado (ni a su padre tampoco, para que engañarnos). Ante semejante extorsión, Mauriño pide ayuda a Anibal, y este empieza a reunir a sus antiguos subordinados. A Murdok le encuentra en un manicomio en el que las enfermeras retozan, juguetonas, con los pacientes (“pues para ser un manicomio de la Seguridad Social, está muy bien”, sólo puede decir el bueno de Ozores); Félix se prostituye en un burdel masculino y M-30 fabrica matrículas falsas. Juntos de nuevo, ya sólo queda montarse en la furgoneta (una Ford Transit blanca, nada que ver con GMC G15 negra con una franja roja de la serie original) y directos a dar caña a los malos.

Lo que sigue es un no parar de situaciones sin sentido alguno, con los disfraces de Anibal (a lo Mortadelo, aquí le vemos de pavo real, de mujer, de caballo, de general del 7º de caballería, ninja…) como común denominador. Todavía es un misterio cómo Ozores y Truchado pudieron engañar a Films Europa y Visa Films para producir semejante desvarío, aunque viendo el resultado salta a la vista que mucho dinero no arriesgaron. Y eso que lo mejor de la película es el propio Ozores, que de cuando en cuando te hace esbozar una sonrisa con su humor surrealista.

Como colofón, a alguien se le ocurrió incluir, al finalizar la película, una especie de videoclip del tema principal de la ¿banda sonora? con los propios protagonistas realizando una especie de danza de apareamiento de la gallina clueca a modo de baile. Un tema que empieza así:

El Equipo A, el Equipo A
siempre para delante, nunca para atrás.
El Equipo A, el Equipo A
llámalos con fuerza y a su lado los tendrás.

En fin, una película tan delirante no puede sino estar en lo más alto de nuestra dvdteca bizarra. Y para muestra, un trailer (suponemos que moderno), colgado en YouTube. Claro, visto así, hasta dan ganas de verla.

Serpientes en el avión


11 Apr

Juntar Anaconda, Aterriza como puedas y Pasajero 57 no es el resultado de la siesta desenfrenada de un cinéfilo con 40 grados de fiebre: desgraciadamente, existe como película y responde al absurdo título de Serpientes en el avión (Snakes on a plane, 2006). De Anaconda toma no a una, sino a unas cuantas especies de serpiente como puñeteras protagonistas; de Aterriza como puedas, el humor (aquí de trazo mucho más grueso, sin pizca de ingenio) con un avión como escenario; y de Pasajero 57, el recurrir a ese escenario, un avión en pleno vuelo, como vehículo narrativo para un thriller que implica a unos tíos malos (asesinos despiadados) y un tío bueno (negro y del FBI).

Aquí, en lugar de Wesley Snipes, encabeza la función Samuel L. Jackson, que a lo largo de hora y media constata dos cosas: una, que está viejo, calvo y tripón; y dos, que jamás, por muy desesperado que pudiera estar, debería haberse embarcado, y nunca mejor dicho, en semejante chapuza. El argumento, por llamarlo de alguna manera, es el siguiente: un chico, después de protagonizar lo que se parece mucho a un videoclip a bordo de una moto de cross en Hawai (también es surfero), presencia el asesinato de un fiscal a manos de un facineroso oriental muy despiadado. Huye pero, de alguna manera, le localizan en seguida; suerte para él que, por arte de magia, aparece (!?) en su casa el agente Flynn, del FBI, es decir, Samuel L. Jackson, quien le saca del atolladero y le convence para que declare contra el mafioso. El juicio se celebrará en Los Ángeles, por lo que ambos toman un avión; el malo vuelve a anticiparse a sus planes y, entre golpe y golpe de karate, urde un plan que a él le parecerá genial, pero al espectador le resulta tan absurdo que acaba por ser demencial: infestar el aparato de serpientes, a las que previamente se rocía con feromonas para que ataquen a todo lo que se mueva y, de paso, se carguen cables y demás artilugios haciendo que se estrelle el avión. Sí, un plan de lo más lógico.

Establecida la premisa, lo que sigue, a partir de la media hora inicial de presentación topiquera de personajes, es el desparrame, dicho en el peor sentido del término: los ofidios, que se mueven por el avión como Pedro por su casa, empleando una especie de visión nocturna con ecos de Matrix, o eso se desprende de los peores planos subjetivos de la historia del cine, empiezan liquidando a los tontos de rigor: la pareja que se enrolla en el baño, el descuidado que se mira en el espejo mientras mea, los torpes que no consiguen sacarse el cinturón de seguridad a tiempo… En fin; llegados a este punto, lo único que hace uno es preguntarse: ¿qué va a ocurrir a lo largo de la próxima y eterna hora de metraje? Pues lo que ocurre es una sucesión de situaciones límite, salpicadas de momentos de humor grueso, que nuestro héroe, con la ayuda de una azafata (Julianna Margulies, vista en Emergencias y, ahora, en The good wife) y el chaval surfero, va solventando entre tacos, sudor e improvisadas armas con las que ir cargándose a los reptiles, que no obstante liquidan a buena parte del pasaje, con una curiosa debilidad por zonas como los genitales, el culo o los ojos de la gente.

Para hacerlo todo aún más ¿pintoresco?, ese pasaje incluye: un rapero que se hace llamar 3 Ges y que no soporta que le toquen; un trasunto de Paris Hilton, chucho incluido; la azafata rubia, buenorra y más simple que una farola; y una mujer de aire hispano, con bebé en brazos, a la que da “vida” nuestra Elsa Pataky, que tiene, en total, unas cinco líneas de diálogo que van del “¡mi bebé, mi bebé!” al “cuando salíamos al campo, siempre llevábamos aceite de oliva por si nos mordía una serpiente” (!)

Como todo es susceptible de empeorar, los productores decidieron hacer caso a la opinión de los fans, que opinaron largo y tendido en Internet sobre el proyecto incluso antes de que se estrenara. El resultado inmediato fueron un puñado de cambios, incluida la frase más conocida y pronunciada por S. L. Jackson, pero que pierde su posible gracia con la traducción. El resultado final (el primer director, por cierto, se quitó de en medio) es una de las películas de guión más improbable y mediocre de los últimos tiempos.

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La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos


18 Mar

Para empezar, a modo de declaración de intenciones, una cita de John Wayne: “hay dos razones para matar: supervivencia y carne”. Frase que, en cierto modo, por el uso de los términos “matar” y “carne” da una pista de por dónde irán los tiros. Eso sí: que nadie se espere ningún otro homenaje a El Duque, ni la aparición de mecanismos propios del western, y mucho menos, una película digna de ser calificada como tal. Realizada por la Escuela de Imagen y Sonido de A Coruña, a modo de segunda declaración de intenciones, un rótulo nos desvela que el objetivo del largometraje es “hacernos reflexionar sobre las trágicas consecuencias del consumo de drogas y del uso de la violencia, así como la problemática situación del rural gallego cuya supervivencia depende de la solidaridad de todos”. Semejante declaración sí que mete miedo… y no lo que viene después.

Lo que viene después tiene cierta gracia pero no deja de ser un despropósito del primer minuto al último. Con una falta de medios más brutal que las atrocidades que cometen los protagonistas, se nos narra una historia más que trillada, aunque no es originalidad lo que persiguen los perpetradores de La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos (Antonio Blanco y Ricardo Llovo, 1993): un grupo de chicos que regresan de un concierto de rock pinchan en medio del monte; para su desgracia, en las inmediaciones vive una familia de caníbales que se dedica a cazar a incautos, como ellos, bien para comérselos, bien para vender su carne. A algunas chicas las mantienen con vida, las inseminan y esperan a que den a luz para merendarse igualmente a las criaturas. Sí, todo muy desagradable.

¿Dónde está entonces la gracia de La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos? Obviamente, en su ambientación en el rural gallego. Colocarle a los caníbales una boina, unos aperos de labranza y, sobre todo, ese acento, convierte lo que podría ser una película de terror mal hecha en una suerte de comedia costumbrista con ribetes de humor negrísimo. Advertido ya que los medios brillan por su ausencia, uno tiende a poner mayor énfasis en el seguimiento del guión, para descubrir que no es, por completo, un mal guión. No tanto en lo que se refiere a la estructura de la historia, más bien básica, sino en lo que a los diálogos se refiere: aunque burdos, desbordan espontaneidad, tal vez por existir un alto componente de improvisación.

Al frente de la función, el impagable Manuel Manquiña, en aquel 93 todavía un desconocido. Manquiña está espléndido como Martín Seijas Machado, el patriarca del clan, que entre tajo y tajo a los miembros de los desprevenidos jovenzuelos se marca unos discursos que no tienen desperdicio, como ese en que que despotrica de la Unión Europea por su normativa agrícola y acaba despachándose con un “protestantes invertidos”. Sólo cuatro años después dibujaba Manquiña un personaje sensacional: el Pazos de Airbag.

Pero esa es otra historia. La de La matanza caníbal de los garrulos lisérgicos no va más allá de la de una cinta hecha con cuatro duros y conocida por un número incluso inferior de personas. Puro celuloide bizarro que no merece la pena tomar demasiado en serio; que por momentos hace reír y, por otros, resulta ciertamente desagradable. Los estómagos delicados encontrarán difícil su digestión.

Un servidor, de no ser porque se trataba de atender la petición de un lector… jamás le habría hincado el diente.

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Bésame monstruo


15 Jan

- Otra vez ese dichoso sello rojo, otra vez un cuchillo en la espalada, otra vez un hombre que muere queriendo decir algo.

- No vas a preocuparte ahora por un asunto en el que  no se ve el dinero por ningún sitio.

- Seguro que lo hay. No se mata a dos tipos si no hay pasta de por medio.

Desde luego. Ni se hace Bésame monstruo (1968) si no es con un fin meramente recaudatorio. Porque la ligereza, o la incapacidad, con la que Jesús (o Jess) Franco, a la sazón director y guionista del film, perpetra este delirio pop de seudoespías es tan alta, que no es de extrañar que rodara al mismo tiempo y con el mismo equipo su continuación: El caso de las dos bellezas (1969).

Diana (Janine Reynaud) y Regina (Rosanna Yanni), las protagonistas del citado diálogo, forman el dúo de variedades “Labios Rojos”. Por eso duermen con pistolas debajo de la almohada, tiran cadáveres por barrancos y se dejan llevar por una misteriosa asociación secreta de capuchinos llamada “secta de los avilenos”. ¿Qué buscan? Ni ellas mismas lo saben, pero mientras sigan enseñando muslo a lo largo de la Manga del Mar Menor a nadie parece importar que la historia no tenga ni pies ni cabeza.

No nos vamos a ensañar: Bésame Monstruo se toma con humor el género de espías, y quizás donde mejor se refleja es en los diálogos, tan disparatados que parecen sacados de un cómic de Anacleto Agente Secreto. Muy acorde con la estética kitsch y la banda sonora psicodélica que suena, gracias a Dios, casi permanentemente. Al menos alivia la ausencia total de ritmo, una planificación desconcertante (por decir algo) y, en resumidas cuentas, una falta absoluta de vergüenza.

Será eso, la desvergüenza total de esta película, la que la hace especial. La frivolidad de Jess Franco ante el espectador y hacia su propio trabajo es tan insultante, que hasta hace gracia. Y desde luego tiene mérito rellenar 80 minutos con algo tan vacuo. Por algo hay gente que le considera un genio. Nosotros, desde luego, no.

Terror en el abismo


03 Sep

 sharkattack3

¿Quién es David Worth? ¿Qué tipo de persona es? ¿Es alguien capaz de mirarse en el espejo sin bajar la vista avergonzado? ¿De llegar a casa, besar a su esposa e hijos y relatar cómo ha sido su día? ¿Incluso si ese día ha formado parte del rodaje de Terror en el abismo? No son preguntas banales; son obligadas después de sufrir el visionado de una de las peores películas que hayan podido filmarse sobre tiburones asesinos a rebufo del clásico moderno de Spielberg (está en dura pugna con Sharks in Venice, con el abominable Stephen Baldwin). De hecho, el título patrio es demasiado poético; mucho mejor el original, más conciso y cutre: Shark Attack 3: Megalodon.

Título que, además, aporta dos informaciones valiosas. Primera: ha habido dos abortos de película previos. Segunda: el tiburón en cuestión, y aquí reside la supuesta gracia del tinglado, es prehistórico. ¿Para qué sirve esto? Para poder decir que mide 20 metros y derriba yates… y quedarnos tan anchos. El animalejo, en realidad, no aparece hasta la hora de metraje. Antes pulula por las paradisíacas playas donde patrulla el protagonista una cría de sólo 4 metros, lo cual no es óbice para que se zampe a unos cuantos incautos.

Pero la auténtica juerga viene de la mano del escualo gigante. Hasta el momento hemos padecido diálogos infumables (“los peores tiburones son mis abogados”, viene a soltar el empresario sin escrúpulos), actuaciones indignas de una representación escolar y un pastiche de planos de tiburones pirateados de National Geographic que no pegan nada con la estética telefilmera del resto. Hasta el momento, repito, en que aparece el bicho padre, el depredador definitivo, y entonces la locura se apodera de la pantalla. Lo que venía siendo un churro difícil de tragar pasa a ser una descacharrante sucesión de efectos… sí, muy especiales. Sin el menor sonrojo, los responsables de esta chapuza sobreimpresionan un bote ante la boca de un tiburón al que han ampliado para que parezca que mide no 20, sino 200 metros, y adiós bote. Le llega el turno más tarde a una moto acuática… engullida por el mismo tiburón ampliado, ahora puesto de canto para darle variedad a la cosa. De drama malo hemos pasado a comedia surrealista sin solución de continuidad y sin que, probablemente, nuestros corazones estén preparados para asumir transición tan brutal.

De ahí la pregunta de quién es David Worth y cómo puede tener las agallas de reconocer qué ha dirigido semejante basura. Aunque no menos inquietante es descubrir que el protagonista, el vigilante posturitas, lo interpreta un tal John Barrowman que en las Islas (Británicas) está muy bien considerado como actor teatral y de televisión, actualmente enrolado en la serie de culto Doctor Who. Vivir para ver.

Cinco para el infierno


09 Jul

Mucho antes de que Brad Pitt pidiera cabelleras nazis en la tarantoniana Inglourious Basterds, un grupo de soldados americanos (con un sospechoso acento italiano) ya había llevado el terror a las filas ratzis en una misión suicida llena de peligros.

Cinco para el infierno (5 per l´inferno, 1969), como tantas otras, no es mas que un film bélico que copia la fórmula creada por Robert Aldrich en Doce del patíbulo (Dirty Dozen, 1967), que a su vez bebía del western de John Sturges Los siete magníficos (The Magnificent Seven, 1960). Desde entonces, son incontables los films basados en la reunión de una serie de tipejos (el número varía según el presupuesto) que se reunen para hacer frente a una misión imposible en la que no todos vivirán para contarlo. Sturges creo la gallina de los huevos de oro, ya que, bajo esa premisa, los productores podían unir a múltiples actores de primera fila en películas en las que ninguno sobresalía por encima del otro y cuyas historias, aderezadas con la violencia más cruel, eran entretenimiento puro y duro. Yul Brynner, Steve McQueen, Charles Bronson y James Coburn formaron parte de los 7 magníficos, enfrentados a un genial Eli Wallach, y Lee Marvin, Ernest Borgnine, Telly Savalas, Donald Sutherland, Jim Brown y (otra vez) Charles Bronson eran la mitad de los Dirty Dozen. En clave de western, la formula se repitió en numerosas películas en los dos lados del charco (James Coburn repitió  en 1972 en la notable Una razón para vivir y una para morir, de Tonino Valerii, junto a Telly Savalas), y otro tanto le paso al género bélico.

En la película que nos ocupa, de producción italiana y estrenada dos años después que Dirty Dozen, es evidente que no sólo se alimenta de una fórmula en boga en aquella época, sino que además pretende arrastrar hacia sí el éxito del film de Aldrich sin ningún asomo de originalidad por su parte. La dirección de Gianfranco Parolini, escudado en el seudónimo de Frank Kramer, es tan funcional como molesta en algunos casos. El guión, firmado por él junto Renato Izzo sobre una historia de Sergio Garrone, es tan superficial como se espera de una película titulada Cinco para el infierno, y ni siquiera se preocupa en situar al espectador en un contexto histórico específico más allá de que se está produciendo la IIGM (algo que intuimos, ya que en la película las esvásticas se cuentan con los dedos de una mano). Un comando americano debe robar de una caja fuerte los papeles del Plan K, una operación nazi de gran envergadura. ¿Qué hace, pues, digna de ver a esta película?

En realidad, nada, si tienes una vida social digna de llamarse a sí. Y si no la tienes, tampoco, pues seguro que hay drogas menos nocivas para la salud. Pero si eres aficionado al cine de género europeo, lo cual lamentamos desde ya, reconocerás en su reparto grandes nombres del cine del viejo continente, como Gianni Garko, Klaus Kinski, Sal Borgese, Aldo Canti y Margaret Lee. Todos ellos sobresalieron en coproducciones europeas de serie B entre la década de los 60 y los 80, aprovechando las modas que se iban produciendo: peplum, spaghetti-western, giallo, erótico… No crean, es un gran reparto, sobre todo por sus protagonistas: Garko es uno de los actores más desconocidos y con mayor talento que dio el eurowestern; Kinski es un mito del cine alemán, famoso tanto por sus actuaciones y su hipnótica presencia en pantalla (Aguirre, la cólera de Dios o Nosferatu, por ejemplo) como por su truculenta vida y sus enfrentamientos con los directores. Garko es el oficial Glenn Hoffmann, encargado del grupo, y Kinski es el malvado coronel de las SS Hans Mueller, obsesionado con llevarse a la cama a Margaret Lee, una obsesión que le acerca al espectador, a pesar de ser nazi.

A este reparto hay que sumarle la aficióncon los gadgets del director. Parolini, había obtenido un tremendo éxito con el western Sábata (Ehi amico… c’è Sabata, hai chiuso!, 1969), protagonizado por un Lee Van Cleef que usaba los más extraños y mortiferos inventos para cargarse a sus enemigos. Su gran acogida propició la repetición de la jugada (y no sería la última vez). La afición por los gadgets, una moda que propició la saga Bond, la cumple con dos extravagantes artilugios: una bola de beisbol hueca para introducir en ella un proyectil, y con la cual Garko, a modo de pitcher, se carga a los nazis a base de balonazos; y una cama elástica que uno de los personajes usa para realizar toda serie de piruetas.

Desde luego, si algún mérito hay que darle a Parolini es el haber convertido la guerra en lo más parecido a una pista de circo.No se la pierdan.

Terrorífica luna de miel


18 Jul

El nombre de Gene Wilder (a no ser que nos sorprenda en un futuro inmediato, con 75 años ya cumplidos) quedará para siempre asociado a un título mítico: El Jovencito Frankenstein (Young Frankenstein, 1974), pequeña joya que escribió junto al director, Mel Brooks (ambos nominados al Oscar), en la que es sin duda la mejor parodia de las cintas clásicas de terror jamás parida. Cierto: ya en 1968 había rozado la estatuilla dorada con su papel de Leo Bloom en Los productores, también dirigida por Mel Brooks; pero es su “Dr. Frankenstein” su mejor creación, catapultada por una historia memorable con uno de los mejores finales del cine (casi a la altura del ”Nadie es perfecto” de Con faldas y a lo loco).

Sirva este preámbulo para situar Terrorífica luna de miel (Haunted Honeymoon, 1986), con Wilder al frente y detrás de la cámara, y poniendo dos manos a un guión “a cuatro”. La premisa es parecida: se revisa una historia de terror clásico, aquí orientada al sub-género de ”mansión encantada” y con leit motiv también importado: el del heredero al que todos quieren ver muertos. Wilder trata de enriquecer la trama convirtiendo al protagonista en actor radiofónico… de novelas de terror, al que un trauma infantil impide hacer satisfactoriamente su trabajo. Aparece aquí la figura de un tétrico pariente que impone una medida drástica: aprovechar el fin de semana que el protagonista pasará en la mansión familiar, donde se casará con su novia, compañera de trabajo, para llevar a cabo un montaje que dé tal susto al susodicho que se le quiten todos los miedos de golpe. Buscando rizar el enredo, al tiempo se producen asesinatos “reales” que se entreveran con los falsos golpes de terror.

El problema es que a este totum revolutum le faltan chispa, nervio y un hilo más fino para hilvanar personajes, tramas y situaciones. El punto de partida es bueno pero falla la ejecución. Hay hallazgos, como el sordo y borrachín mayordomo y su minúscula y chillona esposa (a la vez, ama de llaves), y se detecta un cierto buen gusto en la dirección de Wilder (que no estaba en su primera película, todo sea dicho), probablemente aprendido de su trabajo con Brooks y compañía, pero el conjunto adolece de un guión más pulido, más arriesgado y menos proclive al tópico.

Eso sí: funciona como parodia y se deja ver, rara vez aburre, aunque tampoco arranca carcajadas a cada minuto. (Recomendación: ver primero El jovencito Frankenstein; si ya se ha visto, volver a verla).

La hija de Drácula


17 Jun

Drácula, el personaje surgido de la pluma de Bram Stoker, ha sido objeto de mil y una adaptaciones a la gran pantalla. Sin duda, la mejor, la de Francis Ford Coppola. Pero este es un apartado dedicado al bizarrismo, y como tal, debemos detenernos en aquellas otras adaptaciones que, a diferencia de la aproximación al legendario vampiro que hizo el director de El Padrino, en lugar de enriquecer la saga… bien, digamos que le hicieron un flaco favor, por no cargar las tintas.

La hija de Drácula (Dracula’s Daughter, 1936) no es, probablemente, la peor de cuantas películas se han hecho sobre el conde; tampoco la más bizarra, porque no recurre a extremos como el pastiche de monstruos (juntar al noble transilvano con el Hombre Lobo o La Momia o la criatura del dr. Frankenstein), pero es un buen/mal ejemplo de cómo echar a perder un buen material y un buen personaje. Y es que, a la vista del resultado final, no deja de sorprender que fuera una de las inversiones más importantes de la Universal en toda la década de los 30. A esto contribuyeron, sin duda, los múltiples retrasos, con un reguero de guionistas contratados y el producto terminando en las manos de un tal Lambert Hillyer que, hasta entonces, sólo había dirigido westerns de serie B…

Visto el panorama, poco se podía hacer con un guión que situaba la acción justo después del final de Drácula, con el profesor Van Helsing detenido por clavar una estaca en el corazón del conde, y un psicólogo, el doctor Garth (Otto Kruger) encargado de ayudar en su defensa en el inminente juicio. De otro lado, la condesa Marya Zaleska (Gloria Holden), aquejada de una curiosa apetencia por la sangre que, cómo es la vida, probablemente proceda de su condición de hija de Drácula. La condesa, harta de raptar jovencitas para beberse su sangre, decide desligarse de tan macabra herencia… recurriendo precisamente al doctor Garth, por aquello de sus habilidades hipnóticas. Como quiera que el galeno se muestra reticente, la condesa opta por atacar su punto más débil: Janet, su asistente y novieta.

Un argumento, en fin, bastante abigarrado, pero al que tampoco se le puede achacar, en realidad, el resultado final: actores mediocres, un director aún más mediocre trabajando sobre un guión inconsistente, sin ritmo, generoso, eso sí, en clichés vampíricos… reunido todo en la coctelera y agitado a conciencia se convierten en una película a no conservar, pero sí a ver, lógicamente con un espíritu bizarro, siempre con el ánimo abierto a una experiencia entre ridícula y patética, con ribetes de improvisación y poco buen hacer. ¿Qué más, perdón, menos se puede pedir?

Batman: The Movie


30 Dec

Antes de que Michael Keaton dignificara al caballero oscuro, Val Kilmer se aprovechara de él, George Clooney se equivocara de traje y Christian Bale nos recordara sus origenes, existió otro hombre que interpretó al cruzado de la capa. Adam West es, para muchos, el mejor Batman de la historia del cine.

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Remontémonos a 1966. Adam West es un actor sin demasiado futuro que, incluso, había tenido que emigrar a España para hacer un spaghetti-western (Los cuatro implacables, 1965). Batman, en esa época, era un personaje de comic popular creado en 1939 por Bob Kane que, a pesar de su siniestra apariencia, estaba lejos de ser, como lo es hoy en día, un oscuro y terrorífico superhéroe. De otra manera, West nunca hubiera sido contratado para interpretar al “mejor detective del mundo” en una serie de TV. No sólo por su dudosa condición física (su barriga cervecera nunca encajó bien con las mallas azules), sino porque West tenía planta de galán cómico. A West le acompañaría Burt Ward como el joven ayudante de Batman, Robin, cuyo traje parecía destinado a matar de risa a los villanos. Y precisamente eso es lo que se buscaba con la serie: hacer reir. Contra todo pronóstico, fue un éxito de proporciones inimaginables. Se emitieron 120 episodios y actores de la talla de Anne Baxter, Eli Wallach, Van Johnson o Bruce Lee realizaron pequeños papeles para alguno de los capítulos. ¿El secreto? Una estética kitch con enormes onomatopeyas saliendo del puño de los protagonistas y un sentido del humor bastante surrealista.

Semejante éxito produjo dos películas: Batman, the movie (1966) y Batgirl (1966, para la TV). En su primera aventura cinematográfica (si no contamos unos antecedentes muy remotos de los años 30), el caballero escarlata y el chico maravilla tienen que hacer frente a cuatro villanos míticos del personaje, que planean secuestrar al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, nada más y nada menos. El plantel de villanos, y de actores que los interpretan, es de altura: la bella Lee Meriwether es Catwoman, Burgess Meredith (Mickey en Rocky) es Pingüino, Cesar Romero es el Joker y Frank Gorshin es Enigma. Menos mal que el duo contará con toda clase de gadgets posibles, desde el bat-coche al bat-helicóptero, pasando por un bat-repelente de tiburones (animal que, por cierto, protagoniza una de las escenas más bizarras del film), para salir de cada entuerto en el que se metan.

La sucesión de gags de esta fantástica pareja es interminable y justifican, digan lo que digan, la imagen de iconos pop que aún perdura. La película es mala, sí, pero ellos son inolvidables.

El malvado Zaroff


08 Dec

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Es difícil entrar en contacto con la historia de Zodiac ( el asesino en serie cuyos crímenes trajeron en jaque a la policía y dieron lugar, entre otras, a una muy buena película de David Fincher) y que no surja la curiosidad por descubrir cuál es esa cinta que, de una forma u otra, parecía obsesionar a aquel serial killer.

La cinta en cuestión no es otra que el clásico de la RKO El malvado Zaroff (The most dangerous game, 1932). Lo primero que se advierte es que, para variar, en nuestro país se tradujo su título de una manera bastante libre, esto es, como les dio la santísima gana. El título correlativo sería El juego más peligroso, mucho más emparentado con el espíritu de la trama que ese otro demasiado genérico que aquí se sacaron de la manga. Y es que de juegos y peligros va la historia: la de un conde maníaco, Zaroff, que atrae a incautos navegantes a la isla en la que tiene montada su fortaleza para, después de mostrarse como el más acogedor anfitrión, convertirlos en víctimas de un macabro juego para su sádico disfrute.

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La película, cierto es, exige varios peajes. El primero, que el malo de la función tenga ascendencia rusa y se valga de sirvientes cosacos, pero debemos entender el contexto (período de entreguerras). El segundo, que ellos, los personjes masculinos lleven el pantalón como Julián Muñoz, vamos, por debajo de la nuez. Y tercero, que ella, la chica, sea tratada como un pedazo de carne (no tienen desperdicio los comentarios del conde acerca de la apetencia de las mujeres por los hombres violentos), se pase todo el metraje vestida con una especie de camisón que se va haciendo jirones y todo su cometido se reduzca a pegar gritos y entorpecer la labor del héroe…

Pero entendamos que estábamos a principios de los años 30, y esto no hará más que aumentar el mérito del conjunto. Un conjunto en el que, sin lugar a dudas, sobresale la actuación de Leslie Banks, actor británico, que encarna en el conde a un personaje fascinante; sí, es un loco y un asesino, pero también un tipo elegante, culto, que toca el piano de maravilla, un vividor que aprecia los placeres de la vida… y que desgraciadamente cuenta entre esos papeles el de las cacerías humanas. Banks eclipsa totalmente la actuación de Joel McCrea, el héroe, lo cual es una forma fina de decir que le levanta la tostada descaradamente. McCrea, un tío de 1,90 que trifunó en el western, cumple aquí el expediente. La tercera pata del banco es la canadiense Fay Wray, más conocida por ser “la chica” del King Kong original, que estrenó un año más tarde, en 1933, y a la que en el mundillo se la apodaba como “la reina del grito”, en su época, se entiende. Completa la función, en un papel algo testimonial pero bien interpretado, Robert Armstrong, como el estúpido y borrachín hermano de ella (con la que coincidió en la película sobre el mítico mono).

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El malvado Zaroff es, durante su poco más de una hora, una cinta a visionar, con el fetichismo que le concede el caso Zodiac, pero también como uno de los primeros exponentes del terror serio sin monstruos, por más que Zaroff, con su castillo y sus ayudantes, recuerde inevitablemente a otro conde más famoso: Drácula.

Más allá de esto no debe esperarse tampoco una joya del séptimo arte (eso sí, atesora grandes detalles, como aldabón con el centauro que lleva a la chica en brazos de los títulos de crédito).

Celuloides en su jugo

Recetas sencillas para degustar buen cine, sabroso y bajo en calorías.