Supersonic Man

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Ni Mortadelo, ni Torrente, ni Superlópez… el superhéroe español por excelencia es Supersonic Man. Un héroe creado de la (seguramente febril) mente del director Juan Piquer Simón.

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Pero, ¿quién es este misterioso enmascarado? Ni más ni menos que el protagonista de la película que lleva su nombre, Supersonic Man (1979), una mezcla entre Superman, Star Wars, los Bee Gees, Alfredo Landa y el coche fantástico. Un film 100% español protagonizado por Antonio Cantafora (alias Michael Coby), el gran Cameron Mitchell (en franca decadencia) y algunos secundarios de toda la vida como Frank Braña o Tito García.

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Supersonic-Man nació a rebufo del éxito del Superman (1978) de Richard Donner. Al igual que el kriptoniano, Supersonic Man era un extraterrestre llegado a la tierra para hacer prevalecer la justicia y la paz. La superfuerza y la capacidad de volar eran sus señas de identidad. Hasta aquí los parecidos. Sin embargo, las diferencias son tales que la historia parece sacada de un comic de Superman escrito por Pedro Almodovar. Para empezar, Supersonic Man tiene bigote. ¿Qué superhéroe que se precie tiene bigote? Uno español, sin duda. Cantafora no tiene, ni mucho menos, la imagen idílica de Cristopher Reeve, sino más bien parece un macho ibérico de los que acostumbraban a aparecer en la época del destape. Si ya tenía esa pinta con traje setentero de calle, con mallas podía ser perfectamente un miembro de los Village People. Por eso los guionistas decidieron (sabiamente) que en su versión heróica el bigote debía desaparecer (como las gafas de Clark Kent, igualito), por lo que el problema se traslado directamente… al propio traje. El disfraz de Supersonic Man parece sacado de la lucha libre americana, sobre todo las mascara, que debieron robar a algún aficionado al sado-maso. Para más hiralidad, la manera que tiene de cambiar de una personalidad a otra es tocar un reloj (ya sabía yo que aquellos Casio con calculadora escondían algo) y decir: “que la fuerza de las galaxias sea conmigo” (¿les suena?). Y a volar al son de una música disco que dice algo así como “Supersonic Men / I wanna be”.

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Lo dicho: irrepetible. Imprescindible su visionado si se quiere recobrar la esperanza sobre la ingenuidad humana (abténganse los pesimistas: verán en ella un signo irrefutable de la decadencia de la humanidad). Qué triste sería la vida sin este tipo de películas…

Ah, y tiene efectos especiales. Pero especiales, especiales…

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Aterriza como puedas

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El de las parodias de películas es uno de los subgéneros más ricos de la comedia. Cualquiera lo diría hoy en día, cuando entran náuseas sólo de pensar que se prepara la quinta entrega de Scary Movie. Pero hubo una época en que valían la pena, y esa época se abrió con Aterriza como puedas (Airplane!, 1980), basada en una cinta de 1957, Zero Hour!, que aquí llevó por título Suspense… hora cero; aunque, en realidad, era un compendio de chascarrillos a costa del aluvión de filmes sobre desastres a bordo de aviones, subespecie dentre del subgénero del cine de catástrofes, tan prolífico en los 70; especialmente, de Aeropuerto 1975.

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Cualquiera de esas películas, sin pretenderlo, contenía tantos elementos cómicos que no era difícil reunirlos en una parodia, pero hay que atribuir el mérito que se merecen a sus creadores, Jim Abrahams y David Zucker. La premisa argumental no puede ser más sencilla: un vuelo que se complica por una intoxicación alimentaria; el avión que no responde; un aterrizaje forzoso a cargo de un tipo atormentado por su pasado; un final feliz… a su cachonda manera. Todo ello entreverado de una sucesión de gags verbales y visuales, unos más afortunados que otros, algunos memorables (especialmente el diálogo del piloto con el niño, al que pregunta si ha visto a algún hombre desnudo o ha estado en una cárcel turca).

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También tiene el honor la película de haber dado su primer papel cómico a Leslie Nielsen, al que hoy cuesta imaginar en una cinta dramática, pero que era todo un novato en aquellas lides. Junto a él, improbables actores como la leyenda del básket Kareem Abdul-Jabbar, que pidió 35.000 dólares, 5.000 más de los que le ofrecían, porque era el precio de una alfombra que se quería comprar (!).

Aterriza como puedas abrió senda, una senda tan trillada hoy que conviene separar la paja del trigo y colocar a esta cinta en el lugar que se merece, muy por encima tanto de su secuela como de vehículos supuestamente cómicos de parecida factura. Garantiza risas, exige poco más que una actitud cómplice y entretiene de principio a fin. Por cierto: Woody Allen es uno de sus fans. Ahí es nada.

Asalto a la comisaría del distrito 13

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John Howard Carpenter tenía 28 años cuando escribió y rodó Asalto a la comisaría del distrito 13 (Assault on Precinct 13, 1976). Carpenter era uno de esos directores acostumbrados a dirigir en las condiciones económicas más pésimas títulos de género que, en condiciones normales, necesitarían un presupuesto algo más holgado. Baste decir que, con 20 años, ya había realizado 4 cortos en 8 milímetros con títulos tan sugerentes como: Revenge of the Colossal Beast , Gorgo vs. Godzilla , Terror from Space y Sorcerers from Outer Space. Algo parecido a los experimientos de aficionado de Steven Spielberg (con 14 años ganó un premio por una película bélica de 40 minutos) con una única diferencia: Carpenter no es Spielberg. Si Carpenter tuviera ahora 16 años, estaría realizando fan films y colgándolos en youtube. Pero en esa época se podía hacer serie B (o Z) de casi cualquier cosa y tener tu público. Suerte para Carpenter, porque Asalto a la comisaría del distrito 13 no es mucho mejor que alguna de las películas de aficionados que circulan por la Red.

El argumento es sencillo e “inspirado” en westerns como Río Bravo. A un policía le encargan dirigir durante unas horas una comisaría (la del distrito 13) medio vacia por su traslado inminente. Justo ahí va a parar un furgón de polícia con tres peligrosos presos al mismo tiempo que un hombre entra huyendo de una peligrosa banda de criminales. Banda que, por cierto, no tiene ningún tipo de motivación aparente, y que parece moverse al estilo de las maras centroamericanas que surgieron en Los Ángeles (ciudad donde se ambienta la historia) en los años 80. La banda, una masa informe de gente armada hasta los dientes, decide asaltar la comisaría y el policía se ve obligado a defenderse con la ayuda de un preso (el más peligroso, of course) y una decidida secretaria.

La historia en sí es interesante pero nada del otro mundo. El desarrollo del guión es, en cambio, pésimo. Los diálogos parecen sacados de una redacción de preescolar y los personajes tienen menos vida que una mosca doméstica. No ayuda nada el que los actores tengan bastante cara de palo y la luzcan con total naturalidad. Los efectos especiales no tienen nada de especial, y habría que llamarlos sólo “efectos” de lo cutres que son. Vamos, toda una “joya” que no hay que perderse si se ve con el espíritu de pasar un buen rato (absténganse los que quieran sentir las siguientes sensaciones: intriga, tensión, terror, pánico, excitación y/o exaltación).

Avisados quedan.

Basket Music

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Años 70. El black power. La blaxplotation. La música disco. Gloria Gaynor. Donna Summer. La revolución sexual. Pantalones de campana. La ABA. Julius Erving. Las drogas. Todo ello agitado y mezclado en Basket Music (The Fish That Saved Pittsburg, 1979). No sabemos cómo afectó a la carrera del director Gilbert Moses (1942-1995) la realización de esta película, pero lo cierto es que fue su única incursión en el cine. Para qué más, disponiendo de un argumento tan “fantástico”.

Los Pittsburgh Python son el peor equipo de la liga. No sólo juegan fatal al baloncesto, sino que su jugador estrella, Moses, el hombre del millón de dólares, está sumergido en una apatía total. Sólo su consejero personal, un chico de 14 años (interpretado, atención al nombre, por James Bond III), que además le conduce el Rolls Royce, conoce la solución. Ya que Moses es piscis, hay que rodear a todo el equipo de jugadores piscis, y así convertirlos en un equipo “astrológicamente compatible”. Ya lo dice bien claro en un momento del film: “la astrología puede ser para el basket lo que la iluminación para el fútbol nocturno”. Estremecedor. Lógicamente todo el mundo le hace caso, y comienzan a reclutar a nuevos jugadores. El equipo se renueva con toda la fauna de los 70: un Dj, un reverendo, un musulmán, un indio apache, dos gemelos algo afeminados, un ex veterano del Vietnam medio chiflado… Personajes que parecen sacados de un videoclip de los Village People. Por supuesto, la fórmula funciona, y comienzan a ganar partidos de manera espectacular. Hasta se cambian el nombre por Pittsburgh Piscis. Hay algún traspiés entre medias pero el equipo llega a la final, con tan mala suerte que esa noche se produce una configuración astral que sólo se da cada 20 años, y en cuyo influjo Piscis queda inactivo. Es difícil imaginar cómo un guionista puede complicarse más la vida. El desenlace hay que verlo para comprenderlo.

¿Qué clase de droga pudo conseguir que se rodara esta película? Es difícil decirlo, pero bendita ella ya que, tras este guión se encuentra una colección de imágenes memorables en el que jugadores como Julius Erving, que interpreta a Moses, Meadowlark Lemon (líder de los Harlem Globetrotters) o Kareem Abdul-Jabbar ( que se enfrenta a los Piscis en la final con el equipo de Los Ángeles), hacen maravillas con el balón mientras los espectadores bailan al son de una maravillosa banda sonora y las luces más psicodélicas convierten el pabellón en una gran discoteca. Cinematográficamente hablando sólo se pueden salvar las escenas de baloncesto, rodadas con un estilo de videoclip y con un uso muy acertado de la cámara lenta. El resto es tan increíblemente inverosímil, que no puedes evitar acabar totalmente enganchado. Y no, no sale John “Tony Manero” Travolta, pero sí Stockard Channing, la Betty Rizzo de Grease (1978), como la astróloga del equipo. Y la pregunta es… ¿cómo la convencieron?

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