Archive for the ‘Críticas’ Category

Moneyball


04 Feb

No cabe duda: el mayor mérito de esta película consiste en haber conseguido que Jonah Hill, producto Apatow, se olvide por una vez de hacer el indio y se marque una interpretación sobria, merecedora de una candidatura al Oscar. Pero agarrar por esa arista una cinta como Moneyball es excesivo incluso para un blog que no se juega nada, como este.

De lo que toca hablar es de que Brad Pitt está muy bien como el manager de un equipo de béisbol, un tipo que existe en la vida real y que cogió a un grupo modesto, los Oakland Ahtletics, para llevarlos a lo más alto tras un inicio nefasto. Un personaje-caramelo que jamás ve un partido de su equipo, que negocia como un león y que es capaz de dar con la puerta en los narices a una pléyade de ojeadores oxidados para revelarles el nuevo Dios: la estadística. De la mano de un joven cerebrito (Hill), acaba armando una escuadra ganadora con unos mimbres, a priori, cualquier cosa menos prometedores.

Con guión de dos valores segurísimos, Sorkin y Zaillian, dos pesos pesados que jamás paren un mal relato, Moneyball despacha una historia ambientada en el mundo del deporte pero que podría haber encontrado refugio en cualquier otro ámbito. Cierto que el deporte, aunque nos resulte tan ajeno aquí esa cosa llamada béisbol, siempre aporta esas gotas de épica y emoción que tan bien le sienta a películas de este corte. Pero el personaje de Pitt podía haber sido cualquier otra cosa. Al final, de lo que se trata es de contar cómo se hace eso de desafiar al establishment y superar las limitaciones a base de ingenio. Cómo dos tipos singulares son capaces de competir con primeras potencias a base de retales y desechos.

Moneyball cuenta con las bazas suficientes para gustar y hacer comprensible que la Academia la haya considerado en un total de 6 categorías para los Oscar. Debería ser suficiente, en otro contexto, para que Brad Pitt se llevara el gato al agua en forma de estatuilla. Pero anda por ahí un tal Jean Dujardin que se come la pantalla (en blanco y negro) en The Artist. Más sangrante sería que su buen amigo George Clooney volviera a adelantarle por la derecha, como ya hizo en los Globos de Oro, gracias a un papel de lo más normal.

Veredicto: 8

Lo mejor: Esas escenas de Brad Pitt negociando como un tiburón de Wall Street.

Lo peor: Que haya quien dice que la jerga beisbolera dificulta la comprensión.

Los descendientes


31 Jan

Simplemente, este año, le ha tocado a Los descendientes. Dudo que le vayan a dar el Oscar a la Mejor Película, pero si por mi fuera ya le habrían entregado hace tiempo el de Más Sobrevalorada. De rebote, el señor George Clooney agarra una candidatura poco menos que impepinable a Mejor Actor y no son pocos los que le cuelgan el cartel de favorito… ¡por un papel de lo más normal! Efecto arrastre, diría yo. Si le das la vuelta a Los descendientes aparece Drive. Son las caras opuestas en el favor de los académicos. Donde la primera ha encontrado loas infladas, la segunda ha recibido sopapos de indiferencia.

Y ojo, no digo que Los descendientes sea una mala película. Pero, por no ser, no es ni siquiera la mejor de Alexander Payne. Dadme un Entre copas, con ese tándem estupendo que forman Paul Giamatti y Thomas Haden Church, y quedaos vuestra Los descendientes. Tal vez si el metraje no me hubiera resultado excesivo. Tal vez si las expectativas no fueran tan altas. Tal vez si hubiera conseguido empatizar más con este hombre al que la inminente muerte de su mujer y la venta no menos inminente de un pedazo (físico) de su herencia familiar sitúan en una devastadora encrucijada humana y moral… Demasiados tal vez para no sentir cierta indiferencia.

Sí, agradezco encontrar una historia adulta de esas que, parece mentira, hay pocos, Payne entre ellos, que se atreven a servir en esta era de guiones infantiles e idiotas, diseñados en los laboratorios de Hollywood para no espantar a las hordas de adolescentes con cráneos rellenos de serrín. Pero no me vendan Los descendientes como una de las mejores películas del año cuando no pasa de ser correcta. Y, sobre todo, no me asusten con el augurio de que George Clooney puede embolsarse su segundo Oscar y codearse con tíos como Robert De Niro por un papel en el que se limita a estar bien, acorde con el personaje, en la piel de un tío normal, sin repartir sonrisas Profident a diestro y siniestro y sin ser tan Clooney, que imagino debe de cansar incluso al propio señor Clooney. No me digan que se va a llevar el premio gordo cuando en los últimos meses hemos asistido a las lecciones de gente como Dujardin, Gosling o Fassbender.

No quiero ser injusto y no reconocer las bondades de esta cinta, que las tiene. Insisto, Clooney está bien, Shaileene Woodley, que interpreta a su hija mayor, está realmente bien, en la historia hay momentos tiernos, hay personajes muy bien trazados, creíbles a pesar de sus peculiaridades, y es tremendamente original situar en un lugar idílico como Hawai una historia eminentemente triste. Pero al final de la película mi temperatura corporal era más bien fría, y sin animo de soltar spoilers, esa doble redención final del protagonista me produce más rechazo que simpatía.

Sin más, no dejo de preguntarme dónde estaría Los descendientes a efectos de repercusión si no fuera por Clooney. Ante el cual, ojo, me descubro el sombrero, porque ha conseguido que ganen todos: él y la película; y eso, pocos pueden hacerlo.

Veredicto: 7

Lo mejor: Que haya gente como Payne, contadores de historias adultas.

Lo peor: Que le den el Oscar a Clooney por esto.

Los hombres que no amaban a las mujeres


25 Jan

Si Hollywood fuese un banco, jamás debería negarle un crédito a David Fincher. Si Fincher fuese un mesías, habría que seguirle allá donde fuera. A pesar de las dudas. A pesar de que, después de su estupenda disección del creador de Facebook en La red social, nos cogiera con el pie cambiado al convertir en su siguiente proyecto la adaptación de la primera entrega de la trilogía Millennium, el fenómeno literario sueco que gozó de mayor repercusión, si cabe, por haber muerto su autor, Stieg Larsson, sin saborear el éxito.

A priori, suspicacia. Olía a la eterna y testaruda decisión de Hollywood de pasar por su filtro un producto ya convertido en celuloide. Cierto que las adaptaciones suecas a cargo de Daniel Alfredson no le hacían justicia al material literario; si acaso, la primera cinta, ganadora de un premio BAFTA y que dio a conocer a Noomi Rapace en el papel de Lisbeth Salander, tenía cierto mérito; pero todo el conjunto desprendía un cierto aroma a telefilm.

En el primer capítulo de Millennium, de largo el mejor de los tres, Fincher ha encontrado el material adecuado para volver a servir un thriller duro, sin concesiones, magnético, de ritmo intenso sin caer jamás en el atropello. No es Seven y tampoco Zodiac; ni falta que hace. Transita sobre un camino de sobras conocido, pero lo hace con un pulso y una maestría que dejan la versión sueca a la altura del betún y mejoran el original de Larsson. Entre las claves, quizás la sustancial, el guión de Steven Zaillian, ganador de un Oscar por La lista de Schindler, que acierta en esa fase tan delicada que es desplumar un libro, como si fuera un pollo, para quedarse solo con lo sustancial, y da toda una lección de cómo se narra una historia de suspense sin saltos, sin huecos, con transiciones que encajan con suave perfección.

El resto lo ponen el ojo y mano de Fincher y el buen hacer de los intérpretes, especialmente la joven Rooney Mara, vista en el excelente arranque de La red social, que se ha beneficiado de la decisión de Rapace de no reinterpretar a un personaje que es un caramelo: la hacker brillante pero arisca y asocial, de turbio pasado, a la que uno acaba cogiendo cariño por esa dureza que oculta su frágil armadura, su habilidad fuera de lo común y su entrega a la causa. Mara pone toda la carne en el asador, se somete a escenas durísimas (todas las que protagoniza con su nuevo consejero) y es acreedora de una merecida candidatura al Oscar. Una mocosa de 26 años que da perfecta réplica a un sobrio Daniel Craig, nada Bond y muy humano.

¿Más alicientes? Fincher decidió, acertadamente, rodar en Suecia y respetar todo: localizaciones, apellidos, etc. Bravo. Porque seguramente habría sido tentador trasladar la historia a Kentucky o Arkansas y mutar los Blomqvist y Salander en Bloomberg y Summers.

Veredicto: 8,5

Lo mejor: La capacidad para superar las expectativas.

Lo peor: Que se la desdeñe por beber de fuentes demasiado conocidas.

Drive


29 Dec

Hay que ser muy bueno para conseguir una película tan buena partiendo de una premisa, a priori, tan magreada. En otras manos, sin Ryan Gosling encarnando a Driver y sin Nicolas Winding Refn a los mandos, Drive podría haber quedado reducida, con suerte, al enésimo vehículo de acción; y aún más probablemente, a una chabacana producción de serie B sobre un malote que conduce muy rápido y no tiene piedad de nadie, salvo de la chica de turno, que nos permite ver su lado más sensible, la fisura en el bloque de hormigón.

Por suerte, Drive no la protagoniza Vin Diesel ni está dirigida por el mercenario videoclipero de turno. Desde el prólogo, esa escena inicial hasta los títulos de crédito, uno advierte sin dificultad que lidia con algo diferente, especial. Contar con Gosling ya es, en sí mismo, una garantía. A sus 31 años es el mejor actor de su generación, y me importa un bledo lo que digan los premios. No solo por sus dotes interpretativas, que no admiten discusión, sino también, y quizás más aún, por el diseño de su filmografía y la elección de sus papeles. Desde que rompió amarras con Disney, si exceptuamos su escarceo con el almíbar en El diario de Noah, este canadiense no ha dejado de arriesgar: su judío nazi de El creyente; su adolescente tarado de El mundo según Leland; su entrañable cuasi autista de Lars y una chica de verdad; su profe yonqui de Half Nelson; su conformista encantador de Blue Valentine… Hasta llegar a un 2011 en el que se ha atrevido con el drama político (Los idus de marzo), la comedia inteligente (Crayz stupid love) y la joya de la trilogía, Drive.

Arriesgado era también contar con un tipo especial como Nicolas Winding Refn, danés poco conocido para el gran público, como hombre al cargo. El resultado prueba su acierto. El ojo de NWR es excepcional para captar un Los Ángeles nocturno como pocas veces lo hemos visto, y el mejor aliado para que Gosling desarrolle su personaje, uno de esos héroes callados, un samurái, un tío que ha hecho de su código una forma de existir, que nunca se sale de los márgenes para que su vida (mecánico de día, conductor de ladrones de noche) no descarrile de forma inevitable. La horterísima cazadora con escorpión bordado a la espalda es la armadura del guerrero silencioso. Gosling apabulla y corta la respiración con esa mirada profunda y ese apretar de puños; con esa promesa hierática de que es capaz de todo llegado el momento de la verdad.

El detonante, la palanca del cambio, lo marca la aparición de la vecina, interpretada por Carey Mulligan, una madre joven que cuida sola de su hijo mientras el padre cumple condena en prisión. Driver cuida del pequeño y se enamora de la madre, en una ceremonia con más miradas que palabras, más gestos que sonidos, que confirma, de forma definitiva, la sensibilidad tan especial de esta película. El regreso del marido y padre, y sus problemas con la gente equivocada, acaban por precipitar los acontecimientos y transformar lo que podía ser una historia de amor en un cuento de muerte implacable y sucia, sin concesiones, apoyado en un magnífico elenco de secundarios (Bryan Cranston, Albert Brooks, Christina Hendricks, Ron Perlman).

Acunada por una estupenda banda sonora, Drive puede ser tachada de pretenciosa, o de sintetizar demasiados elementos ajenos (el polar francés, Tarantino, Taxi Driver), pero resulta complicado escapar a su magnetismo y no rendirse a su propuesta. Cuando alguien, como Gosling y NWR aquí, demuestra que se puede ofrecer algo distinto, que al mismo tiempo bebe de fuentes tantas veces utilizadas, y lo hace con buen gusto, o la venda es tupida, o a uno no le queda más remedio que quitarse el sombrero y aplaudir.

Veredicto: 9

Lo mejor: Ryan Gosling

Lo peor: El menosprecio de los grandes premios.

The artist


28 Dec

Con The Artist sobran las palabras.

Nadie queda ya que pueda decir cómo era la experiencia del cine mudo allá por los años 20. Que nos explique a los contemporáneos la fascinación de los espectadores por películas con letreros y altas dosis de gesticulación que ahora se nos antojan imposibles. O la adoración de las primeras estrellas del celuloide que paseaban sus palidísimos rostros llenos de maquillaje por pantallas rentangulares a 16 fotográmas por segundo, mientras en la vida real se exhibían como verdaderos dioses por las calles de Hollywoodland y Palm Springs. Lo cierto es que la aparición del sonido acabó no sólo con una forma de ver el cine, sino también con todos sus protagonistas, como bien reflejó el maestro Wilder en la imprescindible El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950). Buster Keaton, Harold Lloyd, Gloria Swanson o Rodolfo Valentino son algunos de los nombres de esta edad de plata del cine que no sobrevivieron al nuevo modelo de industria que ha llegado hasta hoy, y al que sólo el gran Charlie Chaplin pudo saltar y salvar su legado.

The artist habla justamente de este cambio, pero homenajeando a los perdedores. Es una película muda, con ciertas licencias de sonido y una banda sonora espectacular, a semejanza de aquellas que se interpretaban en directo en los grandes teatros acompañando a las películas. El director Michel Hazanavicius demuestra un dominio apabullante de la planificación y el tempo de la película que hace innecesaria realmente la aparición de cualquier diálogo, y que, si hay justicia en este mundo, va a dejar a la altura de film casero a cualquier competidor sonoro para los Oscar.

Sobran las palabras, una vez más, para ver el amor que hay cada fotograma, en cada plano, en cada gesto y movimiento de los actores. Amor por el cine. Y amor por el amor. Porque nunca un argumento tan complejo, el de dos personas que se quieren a pesar de la distancia, de lo que les separa, de la incomunicación y del orgullo, fue tan sencillo de explicar en una gran pantalla y sin diálogos de por medio. Una amplia sonrisa, una mirada profunda, un mensaje en el espejo, un pequeño baile… así se hacía magia en la época muda y así es la magia en la vida real. Sólo cuando llegan las palabras, corremos el peligro de estropearlo todo.

Veredicto: 9,5

Lo mejor: no es una película muda, es una gran película.

Lo peor: que te obligue a reconsiderar lo que perdimos con la llegada del cine sonoro, sobre todo cuando miras la cartelera actual.

Attack the block


20 Dec

Los fans de Misfits evocarán de inmediato esta serie desde los primeros compases de Attack the block. Comparten como premisa el situar a un grupo de chavales descarriados en una situación que les supera, al menos de inicio, pero que acaban dominando a base de echarle rostro y sin temblarles el pulso a la hora de tomar medidas drásticas. Ambos son también productos venidos de UK, donde se atreven con ideas más transgresoras que en USA. Allí sería casi impensable que parieran esta traslación de Super 8 a un barrio del sur de Londres, cambiando a un puñado de críos cinéfilos e inocentes por otro de gamberros que fuman hierba y atacan a chicas.

Así, con un asalto a una joven enfermera, arranca esta cinta que al estilo de Vigalondo con su inminente Extraterrestre apuesta por un entorno reducido como forma de contar algo de proporciones enormes: una invasión alienígena. Aquí ese entorno es el barrio, y más específicamente, el bloque de viviendas donde viven los protagonistas. Las cosas empiezan a torcerse cuando la pandilla, sin demasiados miramientos, mata a uno de los bichos que están cayendo sin más del cielo. Otras criaturas, mucho más grandes y feroces, inician una vendetta que obliga a los chavales a recurrir a katanas, bates y cualquier objeto a modo de arma para salvar el pellejo.

Attack the block es cachonda y adrenalínica. Su director y guionista, Joe Cornish, demuestra un pulso impecable a la hora de rodar las escenas de persecución y enfrentamiento con los aliens, al tiempo que sabe encontrar la pausa para que los chavales den rienda suelta a sus bocazas (aquí la V. O. se vuelve indispensable). Cornish no es un cualquiera: su nombre figura en los créditos del guión de la primera entrega de Las aventuras de Tintín. Dará que hablar a buen seguro. Esta su cinta de debut arrancó aplausos y premios en el Festival de Sitges y es una estupenda tarjeta de presentación.

De paso, le hinca el diente de forma nada sesuda a lo que ocurre con los chavales que viven en la periferia de la gran ciudad solo unos meses después de los tristemente famosos disturbios del pasado verano en Londres. Sí, les vemos nada más comenzar la cinta robando a una chica sola e indefensa, pero ya entonces advertimos que el trago, para ellos, no es mucho más agradable. No es que Attack the block sea indulgente o quiera suavizar estos comportamientos, pero sí deja a modo de carga de profundidad una petición: que vayamos más allá a la hora de emitir juicios de valor. En medio del caos es fácil recurrir al análisis precipitado y superficial.

La chavalada está muy bien, en especial el líder del grupo, interpretado por el prometedor John Boyega, un Mike Tyson de pocas palabras y convicciones férreas, valiente y decidido. Los arropa Nick Frost, archi-conocido en las Islas, aquí en un papel más bien testimonial, que no opaca al resto. Attack the block proporciona hora y media de entretenimiento desenfadado con cierto mensaje. La dirección es impecable, y la factura, de alto nivel. Una de las sorpresas gratas del año.

Veredicto: 7,5

Lo mejor: su espíritu transgresor.

Lo peor: que aquí no se sepa o pueda rodar algo parecido.

La cosa


18 Oct

Puestos ante La cosa (The thing, 2011), la duda es legítima: ¿era necesaria esta película? ¿Valía la pena acercarse por tercera vez al mismo material? La incógnita tarda unos minutos en despejarse, pero la buena noticia es que la balanza se inclina del lado positivo. Ayuda, de forma considerable, que nos situemos en el antes y no en el durante. Me explico: a diferencia de la mítica cinta de 1982, no se trata exactamente de un remake, sino de una precuela; la cosa acaba donde arrancaban tanto el filme de Carpenter como su antecesor. Una buena forma de evitar comparaciones odiosas.

En la práctica, la diferencia no es demasiado grande. La estación en la Antártida es la misma. El pérfido alien que vuelve locos a los científicos es el mismo cabronazo al que tanto le gusta adoptar formas humanas. La secuencia (uno a uno van cayendo todos como moscas) aporta pocas novedades. Lo cual nos lleva a la pregunta inicial. ¿Era necesaria? Como ya hemos respondido afirmativamente, toca ofrecer algún argumento que sustente la tesis. Por no aburrir, aquí va el principal: esta revisión de La cosa entretiene, mantiene el interés durante todo el metraje, pega tres o cuatro sustos en condiciones, está rodada de forma efectiva y ofrece exactamente lo que uno espera.

¿A qué me refiero con esto último? A que no se pasa ni por arriba ni por abajo. Por arriba, porque no pretende ser lo que no es, y esto se traduce en una bien dosificada mezcla de acción y suspense. Por abajo, porque los diálogos huyen de lo facilón (sin ser Shakespeare), y el guión no insulta la inteligencia del espectador. Dicho de forma llana, no es una americanada, y el factor espumoso de cintas como, pongamos, Independence Day, queda excluido. Es posible (entrando en el juego, claro) creerse todo lo que ocurre sin enarcar una ceja o soltar una carcajada. Y no es poco, oiga.

Abundando en las alabanzas, el director no es Carpenter, sino el debutante Matthijs van Heijningen Jr., de nombre imposible y correctas maneras, un hombre que hace bien su trabajo. En el reparto, clase media, con Mary Elizabeth Winstead, vista en Scott Pilgrim, a la cabeza; una suerte de teniente Ripley con menos carisma y rasgos más aniñados, pero bien en lo suyo, correcta. La secundan un puñado de actores que se ajustan a sus roles, como Joel Edgerton, integrante de la estupenda cinta australiana Animal Kingdom; o el más veterano Ulrich Thomsen. Nadie esperaba de ellos otra cosa que ofrecer veracidad en un filme de ciencia ficción, y lo logran.

Casi 30 años después del lanzamiento de la película de Carpenter, sin su mística, Universal ofrece una digna continuación que, como ya se ha explicado, es en realidad un viaje atrás en el tiempo. 90 minutos de cine de entretenimiento de buena factura que deja un poso ciertamente agradable.

La cosa se estrena el 21 de octubre en España

Veredicto: 7

Lo mejor: Sabe mantener la tensión.

Lo peor: La (alargada) sombra de Carpenter.

Intruders


04 Oct

De entre la nueva camada de directores españoles que han encontrado en el género fantástico un altavoz para hacerse oír, incluso, y sobre todo, fuera de nuestras fronteras, Juan Carlos Fresnadillo demostró muy pronto tener una voz propia y ser muy valiente. No queda otra para atreverse con una cinta como Intacto, absoluta rara avis en nuestra cinematografía, brutalmente original y audaz en su exploración de las fronteras del ser humano.

Diez años después, con Intruders, se zambulle en las oscuras aguas de las pesadillas en un trabajo que, como se encarga de subrayar el tinerfeño, escapa al arquetipo de película de terror para abrazar el suspense. No hay sustos fáciles, sino hora y media de tensión en la que van progresando dos historias llamadas a cruzarse: la de una familia inglesa, padres e hija, sacudidos por el terror que les inyecta un misterioso asaltante; y la de una familia española, madre sola e hijo, socavados por las abominables visitas de un ser igualmente tétrico, cuyo único e infatigable propósito es el de robar el rostro del que carece.

A ese equilibrio de fuerzas entre ambas historias vuelca buena parte de sus esfuerzos Fresnadillo, apoyándose en el trabajo siempre sólido de una estrella internacional como Clive Owen, de un lado, y de la presencia eficaz de Pilar López de Ayala, por el otro, más la grata sorpresa del buen desempeño de los dos intérpretes más jóvenes: Ella Purnell e Izan Corchero. Una historia angustiosa a dos bandas y a caballo entre dos países que requiere de un pulso firme, una planificación milimétrica y un trabajo arduo en la sala de montaje.

Resulta complicado extenderse sin meter la pata y desvelar detalles de una trama de la que solo avanzaremos que crece exponencialmente al llegar al final, cuando es posible el ejercicio de retroceder en el metraje e ir recogiendo las piedrecitas sembradas por Fresnadillo a lo largo de un camino tortuoso pero coherente. El resultado es una reflexión sobre nuestros miedos y sus orígenes; la familia y la necesidad de sentir el apoyo y el cariño de las personas más cercanas; la facilidad con la que podemos caer en un pozo para nunca volver a asomar la cabeza.

Como en el caso de Intacto, una apuesta valiente, teniendo en cuenta la hoja de ruta del cine español, y digna por tanto de aplauso.

Intruders se estrena el 7 de octubre en España.

Veredicto: 6,5

Lo mejor: el placer de atar cabos al final

Lo peor: que Héctor Alterio tenga un papel tan breve.

No habrá paz para los malvados


03 Oct

Es una lástima que Enrique Urbizu no se prodigue más. O quizás no. Si la espera garantiza películas tan estupendas como No habrá paz para los malvados, bienvenida sea. Algo parecido se podría aplicar al conjunto del cine español: tal vez resultaría saludable abrir un debate sobre la conveniencia de estrenar menos y mejor; seguramente todos, ellos y nosotros, saldríamos ganando.

Urbizu es de esos que estrenan poco pero bien. Ahí estaban ya, como antecedentes, La caja 507 y La vida mancha. Es, además, un tío valiente. Porque requiere arrestos lanzarse en este país  a servir un thriller, con todas sus consecuencias. Un thriller, por encima, auténtico, no una fotocopia pálida del modelo industrial norteamericano. Lejos del protagonista guapo que al final del día salva a la ciudad, al alcalde, a su mujer / novia y un colegio lleno de críos, Urbizu apuesta a lo grande con un tipejo salido del sumidero más cochambroso. Santos Trinidad, encarnado por un José Coronado que acojona, es tan turbio que cuesta un mundo empatizar con él, aunque su desapego absoluto por todo, persona o norma, le hace ganar no pocos puntos.

Urbizu lo reboza de toda la porquería imaginable, física y moral, y lo despacha en una historia dura, sin concesiones, que arranca en un putiferio regentado por unos colombianos y lo arrastra al barrio de Lavapiés y a una trama que huele cada vez menos a coca y cada vez más a terrorismo islamista. Sí, también para esto es valiente el bilbaíno, al que no le tiembla el pulso a la hora de meter el dedo en la llaga de la inmigración, el crimen organizado y los errores burocráticos, y, toma ya, con un aroma a 11-M que haría torcer el gesto a los más remilgados.

No habrá paz para los malvados seduce desde el título y lo confirma con su veracidad, con eso que habréis leído, pero es cierto, de que tiene atmósfera. La ves y te la crees. Aceptas que los policías son policías y los narcos, narcos; y los yihadistas, yihadistas. Te zambulles en la historia y estás ansioso por que ese fulano llamado Santos Trinidad vaya desenredando la madeja al tiempo que asistes a una vuelta de tuerca más en su proceso de degradación. Al final, nada tiene de Jack Ryan y sí mucho de héroe de Sergio Leone, alegal pero decidido a hacer justicia, aunque sea por su cuenta, sucio pero determinado, dispuesto a dar su vida por la causa, si es necesario, a llegar a las últimas consecuencias pasando por encima de todo y todos.

Veredicto: 8

Lo mejor: José Coronado

Lo peor: Algún cabo suelto en la trama.

Super 8


22 Aug

Si estuviéramos únicamente ante un ejercicio de nostalgia y homenaje a Steven Spielberg, padre del entretenimiento en los últimos treinta años, Super 8 no habría sido recibida como la mejor noticia en muchos meses y objeto de elogios unánimes. Más allá de aunar lo mejor de Encuentros en la tercera fase y Los Goonies, raspando el barniz naif para hacerla menos ingenua, el mérito de J. J. Abrams reside en haber sabido articular un producto tan espectacular como entrañable, donde las escenas de efectos especiales no se imponen a las historias personales.

Los precedentes no eran los mejores. Abrams venía de demostrar con Lost y Cloverfield su capacidad para armar artefactos tan vistosos como vacíos. Por otra parte, la alargada sombra de Spielberg parecía prometer los retoques necesarios para garantizar que el resultado final se adecuara a lo que él entiende por cinta familiar. Algo parecido, cuentan, está haciendo con la serie Terra Nova, de la que también es productor. Y, sin embargo, no tardan en disiparse los temores. Ni Abrams despacha una película tramposa como lo fueron las aventuras en la isla más famosa de la televisión, ni el factor Spielberg se convierte en un magma ñoño que derrite una cinta con posibilidades adultas.

Pongamos que el argumento no es lo más novedoso del mundo: un grupo de chiquillos, como en Los Goonies, se ven enredados en un lío monumental a partir de una de sus infantiles e ingenuas aventurillas; en este caso, rodar una cinta casera, un combo noir/zombie, en formato Super 8. Aquí no hay búsqueda del tesoro que precipite los acontecimientos, sino que más bien estos vienen a ellos en forma de intrigante accidente de tren que parece esconder algo muy gordo, algo que parece confirmar la inmediata aparición de un grupo de militares con pocas ganas de hablar. Ni siquiera con la autoridad local, representada por el ayudante del sheriff (y padre del protagonista) cuando su jefe desaparece de forma no menos misteriosa. Como cabe esperar, los chavales demuestran ser mucho más avispados que los mayores, y no solo resuelven las incógnitas, sino que responden al desafío que se plantea al pueblo desde una postura mucho más sensata e inteligente.

De acuerdo, nada novedoso, pero ¿quién lo necesita cuando el tratamiento de personajes es tan cuidadoso, los diálogos están trabajados de forma tan cuidadosa que resultan tremendamente veraces y se toman las molestias necesarias para que las historias de los niños, sus padres y el resto vayan creciendo de forma individual y se vayan tejiendo sabiamente relaciones entre ellos? Esto, no podía ser de otra forma, perfectamente ensamblado en secuencias digitales que llegan, como es el caso del accidente del tren, a cortar la respiración. Todo ello inteligentemente agitado en la coctelera produce una cinta vibrante y emotiva, con tanta adrenalina como endorfinas. Culpa de Abrams, de Spielberg y de unos niños que actúan sorprendentemente bien, con Joel Courtney y Elle Fanning, los protagonistas masculino y femenino, por encima de los demás.

Por supuesto, están el homenaje y el recuerdo, de tal forma que para el espectador con un mínimo de edad está ese plus que va directo a la fibra y deja un poso aún más satisfactorio. Una cierta sonrisa entre nostálgica y agradecida. Ante todo, Super 8 desprende amor por el cine. Y de ahí no puede salir una mala película.

Veredicto: 8,5

Lo mejor: Que rezuma cinefilia.

Lo peor: Que haya quien huya de una inexistente sensiblería.

Celuloides en su jugo

Recetas sencillas para degustar buen cine, sabroso y bajo en calorías.