Attack the block

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Los fans de Misfits evocarán de inmediato esta serie desde los primeros compases de Attack the block. Comparten como premisa el situar a un grupo de chavales descarriados en una situación que les supera, al menos de inicio, pero que acaban dominando a base de echarle rostro y sin temblarles el pulso a la hora de tomar medidas drásticas. Ambos son también productos venidos de UK, donde se atreven con ideas más transgresoras que en USA. Allí sería casi impensable que parieran esta traslación de Super 8 a un barrio del sur de Londres, cambiando a un puñado de críos cinéfilos e inocentes por otro de gamberros que fuman hierba y atacan a chicas.

Así, con un asalto a una joven enfermera, arranca esta cinta que al estilo de Vigalondo con su inminente Extraterrestre apuesta por un entorno reducido como forma de contar algo de proporciones enormes: una invasión alienígena. Aquí ese entorno es el barrio, y más específicamente, el bloque de viviendas donde viven los protagonistas. Las cosas empiezan a torcerse cuando la pandilla, sin demasiados miramientos, mata a uno de los bichos que están cayendo sin más del cielo. Otras criaturas, mucho más grandes y feroces, inician una vendetta que obliga a los chavales a recurrir a katanas, bates y cualquier objeto a modo de arma para salvar el pellejo.

Attack the block es cachonda y adrenalínica. Su director y guionista, Joe Cornish, demuestra un pulso impecable a la hora de rodar las escenas de persecución y enfrentamiento con los aliens, al tiempo que sabe encontrar la pausa para que los chavales den rienda suelta a sus bocazas (aquí la V. O. se vuelve indispensable). Cornish no es un cualquiera: su nombre figura en los créditos del guión de la primera entrega de Las aventuras de Tintín. Dará que hablar a buen seguro. Esta su cinta de debut arrancó aplausos y premios en el Festival de Sitges y es una estupenda tarjeta de presentación.

De paso, le hinca el diente de forma nada sesuda a lo que ocurre con los chavales que viven en la periferia de la gran ciudad solo unos meses después de los tristemente famosos disturbios del pasado verano en Londres. Sí, les vemos nada más comenzar la cinta robando a una chica sola e indefensa, pero ya entonces advertimos que el trago, para ellos, no es mucho más agradable. No es que Attack the block sea indulgente o quiera suavizar estos comportamientos, pero sí deja a modo de carga de profundidad una petición: que vayamos más allá a la hora de emitir juicios de valor. En medio del caos es fácil recurrir al análisis precipitado y superficial.

La chavalada está muy bien, en especial el líder del grupo, interpretado por el prometedor John Boyega, un Mike Tyson de pocas palabras y convicciones férreas, valiente y decidido. Los arropa Nick Frost, archi-conocido en las Islas, aquí en un papel más bien testimonial, que no opaca al resto. Attack the block proporciona hora y media de entretenimiento desenfadado con cierto mensaje. La dirección es impecable, y la factura, de alto nivel. Una de las sorpresas gratas del año.

Veredicto: 7,5

Lo mejor: su espíritu transgresor.

Lo peor: que aquí no se sepa o pueda rodar algo parecido.

La cosa

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Puestos ante La cosa (The thing, 2011), la duda es legítima: ¿era necesaria esta película? ¿Valía la pena acercarse por tercera vez al mismo material? La incógnita tarda unos minutos en despejarse, pero la buena noticia es que la balanza se inclina del lado positivo. Ayuda, de forma considerable, que nos situemos en el antes y no en el durante. Me explico: a diferencia de la mítica cinta de 1982, no se trata exactamente de un remake, sino de una precuela; la cosa acaba donde arrancaban tanto el filme de Carpenter como su antecesor. Una buena forma de evitar comparaciones odiosas.

En la práctica, la diferencia no es demasiado grande. La estación en la Antártida es la misma. El pérfido alien que vuelve locos a los científicos es el mismo cabronazo al que tanto le gusta adoptar formas humanas. La secuencia (uno a uno van cayendo todos como moscas) aporta pocas novedades. Lo cual nos lleva a la pregunta inicial. ¿Era necesaria? Como ya hemos respondido afirmativamente, toca ofrecer algún argumento que sustente la tesis. Por no aburrir, aquí va el principal: esta revisión de La cosa entretiene, mantiene el interés durante todo el metraje, pega tres o cuatro sustos en condiciones, está rodada de forma efectiva y ofrece exactamente lo que uno espera.

¿A qué me refiero con esto último? A que no se pasa ni por arriba ni por abajo. Por arriba, porque no pretende ser lo que no es, y esto se traduce en una bien dosificada mezcla de acción y suspense. Por abajo, porque los diálogos huyen de lo facilón (sin ser Shakespeare), y el guión no insulta la inteligencia del espectador. Dicho de forma llana, no es una americanada, y el factor espumoso de cintas como, pongamos, Independence Day, queda excluido. Es posible (entrando en el juego, claro) creerse todo lo que ocurre sin enarcar una ceja o soltar una carcajada. Y no es poco, oiga.

Abundando en las alabanzas, el director no es Carpenter, sino el debutante Matthijs van Heijningen Jr., de nombre imposible y correctas maneras, un hombre que hace bien su trabajo. En el reparto, clase media, con Mary Elizabeth Winstead, vista en Scott Pilgrim, a la cabeza; una suerte de teniente Ripley con menos carisma y rasgos más aniñados, pero bien en lo suyo, correcta. La secundan un puñado de actores que se ajustan a sus roles, como Joel Edgerton, integrante de la estupenda cinta australiana Animal Kingdom; o el más veterano Ulrich Thomsen. Nadie esperaba de ellos otra cosa que ofrecer veracidad en un filme de ciencia ficción, y lo logran.

Casi 30 años después del lanzamiento de la película de Carpenter, sin su mística, Universal ofrece una digna continuación que, como ya se ha explicado, es en realidad un viaje atrás en el tiempo. 90 minutos de cine de entretenimiento de buena factura que deja un poso ciertamente agradable.

La cosa se estrena el 21 de octubre en España

Veredicto: 7

Lo mejor: Sabe mantener la tensión.

Lo peor: La (alargada) sombra de Carpenter.

Intruders

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De entre la nueva camada de directores españoles que han encontrado en el género fantástico un altavoz para hacerse oír, incluso, y sobre todo, fuera de nuestras fronteras, Juan Carlos Fresnadillo demostró muy pronto tener una voz propia y ser muy valiente. No queda otra para atreverse con una cinta como Intacto, absoluta rara avis en nuestra cinematografía, brutalmente original y audaz en su exploración de las fronteras del ser humano.

Diez años después, con Intruders, se zambulle en las oscuras aguas de las pesadillas en un trabajo que, como se encarga de subrayar el tinerfeño, escapa al arquetipo de película de terror para abrazar el suspense. No hay sustos fáciles, sino hora y media de tensión en la que van progresando dos historias llamadas a cruzarse: la de una familia inglesa, padres e hija, sacudidos por el terror que les inyecta un misterioso asaltante; y la de una familia española, madre sola e hijo, socavados por las abominables visitas de un ser igualmente tétrico, cuyo único e infatigable propósito es el de robar el rostro del que carece.

A ese equilibrio de fuerzas entre ambas historias vuelca buena parte de sus esfuerzos Fresnadillo, apoyándose en el trabajo siempre sólido de una estrella internacional como Clive Owen, de un lado, y de la presencia eficaz de Pilar López de Ayala, por el otro, más la grata sorpresa del buen desempeño de los dos intérpretes más jóvenes: Ella Purnell e Izan Corchero. Una historia angustiosa a dos bandas y a caballo entre dos países que requiere de un pulso firme, una planificación milimétrica y un trabajo arduo en la sala de montaje.

Resulta complicado extenderse sin meter la pata y desvelar detalles de una trama de la que solo avanzaremos que crece exponencialmente al llegar al final, cuando es posible el ejercicio de retroceder en el metraje e ir recogiendo las piedrecitas sembradas por Fresnadillo a lo largo de un camino tortuoso pero coherente. El resultado es una reflexión sobre nuestros miedos y sus orígenes; la familia y la necesidad de sentir el apoyo y el cariño de las personas más cercanas; la facilidad con la que podemos caer en un pozo para nunca volver a asomar la cabeza.

Como en el caso de Intacto, una apuesta valiente, teniendo en cuenta la hoja de ruta del cine español, y digna por tanto de aplauso.

Intruders se estrena el 7 de octubre en España.

Veredicto: 6,5

Lo mejor: el placer de atar cabos al final

Lo peor: que Héctor Alterio tenga un papel tan breve.

No habrá paz para los malvados

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Es una lástima que Enrique Urbizu no se prodigue más. O quizás no. Si la espera garantiza películas tan estupendas como No habrá paz para los malvados, bienvenida sea. Algo parecido se podría aplicar al conjunto del cine español: tal vez resultaría saludable abrir un debate sobre la conveniencia de estrenar menos y mejor; seguramente todos, ellos y nosotros, saldríamos ganando.

Urbizu es de esos que estrenan poco pero bien. Ahí estaban ya, como antecedentes, La caja 507 y La vida mancha. Es, además, un tío valiente. Porque requiere arrestos lanzarse en este país  a servir un thriller, con todas sus consecuencias. Un thriller, por encima, auténtico, no una fotocopia pálida del modelo industrial norteamericano. Lejos del protagonista guapo que al final del día salva a la ciudad, al alcalde, a su mujer / novia y un colegio lleno de críos, Urbizu apuesta a lo grande con un tipejo salido del sumidero más cochambroso. Santos Trinidad, encarnado por un José Coronado que acojona, es tan turbio que cuesta un mundo empatizar con él, aunque su desapego absoluto por todo, persona o norma, le hace ganar no pocos puntos.

Urbizu lo reboza de toda la porquería imaginable, física y moral, y lo despacha en una historia dura, sin concesiones, que arranca en un putiferio regentado por unos colombianos y lo arrastra al barrio de Lavapiés y a una trama que huele cada vez menos a coca y cada vez más a terrorismo islamista. Sí, también para esto es valiente el bilbaíno, al que no le tiembla el pulso a la hora de meter el dedo en la llaga de la inmigración, el crimen organizado y los errores burocráticos, y, toma ya, con un aroma a 11-M que haría torcer el gesto a los más remilgados.

No habrá paz para los malvados seduce desde el título y lo confirma con su veracidad, con eso que habréis leído, pero es cierto, de que tiene atmósfera. La ves y te la crees. Aceptas que los policías son policías y los narcos, narcos; y los yihadistas, yihadistas. Te zambulles en la historia y estás ansioso por que ese fulano llamado Santos Trinidad vaya desenredando la madeja al tiempo que asistes a una vuelta de tuerca más en su proceso de degradación. Al final, nada tiene de Jack Ryan y sí mucho de héroe de Sergio Leone, alegal pero decidido a hacer justicia, aunque sea por su cuenta, sucio pero determinado, dispuesto a dar su vida por la causa, si es necesario, a llegar a las últimas consecuencias pasando por encima de todo y todos.

Veredicto: 8

Lo mejor: José Coronado

Lo peor: Algún cabo suelto en la trama.

Super 8

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Si estuviéramos únicamente ante un ejercicio de nostalgia y homenaje a Steven Spielberg, padre del entretenimiento en los últimos treinta años, Super 8 no habría sido recibida como la mejor noticia en muchos meses y objeto de elogios unánimes. Más allá de aunar lo mejor de Encuentros en la tercera fase y Los Goonies, raspando el barniz naif para hacerla menos ingenua, el mérito de J. J. Abrams reside en haber sabido articular un producto tan espectacular como entrañable, donde las escenas de efectos especiales no se imponen a las historias personales.

Los precedentes no eran los mejores. Abrams venía de demostrar con Lost y Cloverfield su capacidad para armar artefactos tan vistosos como vacíos. Por otra parte, la alargada sombra de Spielberg parecía prometer los retoques necesarios para garantizar que el resultado final se adecuara a lo que él entiende por cinta familiar. Algo parecido, cuentan, está haciendo con la serie Terra Nova, de la que también es productor. Y, sin embargo, no tardan en disiparse los temores. Ni Abrams despacha una película tramposa como lo fueron las aventuras en la isla más famosa de la televisión, ni el factor Spielberg se convierte en un magma ñoño que derrite una cinta con posibilidades adultas.

Pongamos que el argumento no es lo más novedoso del mundo: un grupo de chiquillos, como en Los Goonies, se ven enredados en un lío monumental a partir de una de sus infantiles e ingenuas aventurillas; en este caso, rodar una cinta casera, un combo noir/zombie, en formato Super 8. Aquí no hay búsqueda del tesoro que precipite los acontecimientos, sino que más bien estos vienen a ellos en forma de intrigante accidente de tren que parece esconder algo muy gordo, algo que parece confirmar la inmediata aparición de un grupo de militares con pocas ganas de hablar. Ni siquiera con la autoridad local, representada por el ayudante del sheriff (y padre del protagonista) cuando su jefe desaparece de forma no menos misteriosa. Como cabe esperar, los chavales demuestran ser mucho más avispados que los mayores, y no solo resuelven las incógnitas, sino que responden al desafío que se plantea al pueblo desde una postura mucho más sensata e inteligente.

De acuerdo, nada novedoso, pero ¿quién lo necesita cuando el tratamiento de personajes es tan cuidadoso, los diálogos están trabajados de forma tan cuidadosa que resultan tremendamente veraces y se toman las molestias necesarias para que las historias de los niños, sus padres y el resto vayan creciendo de forma individual y se vayan tejiendo sabiamente relaciones entre ellos? Esto, no podía ser de otra forma, perfectamente ensamblado en secuencias digitales que llegan, como es el caso del accidente del tren, a cortar la respiración. Todo ello inteligentemente agitado en la coctelera produce una cinta vibrante y emotiva, con tanta adrenalina como endorfinas. Culpa de Abrams, de Spielberg y de unos niños que actúan sorprendentemente bien, con Joel Courtney y Elle Fanning, los protagonistas masculino y femenino, por encima de los demás.

Por supuesto, están el homenaje y el recuerdo, de tal forma que para el espectador con un mínimo de edad está ese plus que va directo a la fibra y deja un poso aún más satisfactorio. Una cierta sonrisa entre nostálgica y agradecida. Ante todo, Super 8 desprende amor por el cine. Y de ahí no puede salir una mala película.

Veredicto: 8,5

Lo mejor: Que rezuma cinefilia.

Lo peor: Que haya quien huya de una inexistente sensiblería.

La boda de mi mejor amiga

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Kristen Wiig (suspiro). Estoy enamorado de Kristen Wiig. Es, divertida, guapa, espontánea y con un don especial para generar situaciones desternillantes. De las pocas actrices que podrían liderar una película como Bridesmaids, aquí traducida fatalmente como La boda de mi mejor amiga.

Pero que el título no eche para atrás a nadie. Bridesmaids (damas de honor) es una comedia inteligente, aunque de previsible happy end, con todos los ingredientes para no parar de reír. Para empezar. Kristen Wiig (suspiro), una cómica curtida en el famoso programa Saturday Night Live y que ya disfrutamos en Paul. Ella es el alma de la película, además de coguionista y coproductora. Suyos son los mejores gags, a excepción de uno muy embarazoso en donde la comitiva de damas de honor tienen un problema gastrointestinal de considerables proporciones. Porque de eso va la película, de damas de honor ayudando a una novia a tener la boda perfecta. Y la cuadrilla se completa con una superagente del gobierno con aspecto de leñadora, una pija con un matrimonio destrozado, una recién casada con un hervor de menos y una madre asqueada en busca de sexo fácil. Lo mejor de cada casa, vamos. Y además, el elemento masculino, secundario pero importante, representado por un chulo playas (Jon Hamm, en famoso Draper de Mad Men) y un recto policía que se enamora perdidamente de Wiig (suspiro).

El lío está servido, con la misma facilidad y brillantez que las comedias de Spencer Tracy y Katherine Herburn o Rock Hudson y Doris Day, pero con el género femenino aún más soliviantado. Son nuevos tiempos, pero la fórmula sigue siendo la misma: llegar al espectador con situaciones en las que se pueda reconocer, con sentimientos en los que pueda identificarse, y luego ridiculizar su importancia. Así se llega a la risa. Y hacer reír con la que está cayendo en el mundo, tiene todo nuestro reconocimiento.

Veredicto: 7,5

Lo mejor: (suspiro) (suspiro) (suspiro)

Lo peor: El final podía ser más atrevido.

La boda de mi mejor amiga se estrena el 12 de agosto en España.

El origen del planeta de los simios

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Acabemos con el misterio. Destruyamos la imaginación. Demos rienda suelta a lo obvio. Porque, en el fondo, ¿qué más da? ¿No se trata solo de dinero, de beneficios, del negocio puro y duro? Pues eso. Si nuestra franquicia ya no admite más secuelas y el último remake fue un truño de proporciones épicas, solo nos queda una salida: ir hacia atrás. Expliquemos el antes. Pasemos por alto que más de un fan de la saga, e incluso espectadores nada extremistas, preferirían que nadie rodara una aclaración y le diera mascaditas las respuestas. Hagamos, en definitiva, El origen del planeta de los simios.

Dicho esto, una película que no debería existir (como concepto), acaba resultando una película más que aceptable. Argumentalmente, tampoco ofrece nada del otro mundo. Los tiempos transcurren según los cánones. Un preámbulo en el que vemos al joven protagonista entregado a unos fines tan altruistas (erradicar el Alzheimer, empezando por su padre) que justifican el ir demasiado lejos (probar un fármaco experimental en seres humanos, sin prever las consecuencias). Un nudo en el que el mono hiper-inteligente resultante de una prueba que acaba mal emprende, a través del camino más duro, su propio camino. Y un desenlace en el que ambas razas (humanos y simios) acaban colisionando de forma inevitable. Forzar los límites de la ciencia, cometer graves errores a cambio de objetivos nobles. Son ideas con las que juega la película.

La gracia, lo diferencial, reside en los monos generados por ordenador. En el caso del cabecilla más listo de lo normal, a base de capturar los rasgos por ordenador de Andy Serkis, uno que se ha abierto su propia franquicia a raíz del papel que inventó Peter Jackson para él en El señor de los anillos: el de Gollum. Los monos, perdón, simios, todo sea dicho, están muy logrados, especialmente a la hora de transmitir emociones, pero no menos en escenas de acción en las que se acumulan gigas y gigas de información virtual. En lo tocante a gráficos, el filme echa el resto en la traca final, la más adrenalínica con diferencia. Los dos primeros tercios, más pausados, más cerebrales, no aburren, y esto es seguramente lo más meritorio.

James Franco está correcto, en uno de esos papeles que requieren poco esfuerzo, una de esas interpretaciones puestas al servicio de la maquinaria de la cinta. John Lightgow, como su padre, pulsa registros más hondos y, por consiguiente, más agradecidos. En el lado contrario, Freida Pinto, descubierta en Slumdog Millionaire, desempeña un rol meramente decorativo. Los fans de la saga Potter tardarán unos minutos en asimilar la presencia de Tom Felton como gañán descerebrado, una vez colgado el traje de Draco Malfoy. Todos, en definitiva, cumplen, y otro tanto se puede decir del director, cuya mano apenas se nota en un producto diseñado para lo opuesto.

Volviendo al inicio, apuntadme entre los contrarios a rodar una precuela con el único objetivo de seguir dándole al botón de fabricar dinero. Mantengo que algunas cosas están mejor si las dejamos en el terreno de lo imaginario. ¿Qué decís, por ejemplo, a la secuela que planean rodar para contarnos qué ocurrió después de Blade Runner? Yo no quiero saberlo. Como tampoco quiero noventa minutos que me aclaren con todo lujo de detalles qué ocurrió con Rick y con Ilsa antes de los acontecimientos que narra Casablanca. Llamadme talibán. Reprochadme que, al mismo tiempo, alabe el resultado de El origen del planeta de los simios.

Veredicto: 7

Lo mejor: Que, pese a ser innecesaria, resulte una película notable.

Lo peor: Que se haya rodado.

El hombre de al lado

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La pausa. Eso es lo que distingue al cine americano del resto. En el cine americano, el protagonista, el héroe, tiene unos 90 minutos para salvar al mundo, matar a los malos, rescatar a la chica y marcharse con ella sonriente. No hay tiempo para la pausa. Todo ocurre a mil kilómetros por hora. La acción se salpica con unos cuantos diálogos. Mal menor. Con prisa y sin pausa. Planos muy cortos, montaje acelerado, sin tiempo para que el espectador respire.

La pausa. La pausa es lo que distingue, sin exagerar, al buen cine del mal cine (y a las buenas series de tv de las malas series de tv). Que los personajes vayan madurando. Que los diálogos se tomen su tiempo. La vida no es un videoclip; cuando el cine quiere ser un reflejo de la vida, debe imitar su pausa. Debe ser Marlo Brando atusando el lomo de su gato. Debe ser Jack Lemmon preparando unos spaghetti con una raqueta. La pausa bien entendida, sin caer en el muermo, en la demora porque sí.

La pausa ha caracterizado habitualmente al cine sudamericano, del que el argentino es exponente por derecho propio. En El hombre de al lado las cosas ocurren con cierta parsimonia, sin prisas. El drama se va cociendo a fuego lento. El drama comienza con una ventana, la que construye Víctor en su casa y solivianta a Leonardo, que ve vulnerada su intimidad. Víctor es grosero, burdo, cutre. Leonardo, todo lo contrario: un diseñador cool, gafas de pasta incluidas, que vive en una casa, ahí es nada, diseñada por el mismísimo Le Corbusier. La ventana se convierte en fuente de conflicto y órgano de fricción. Leonardo, azuzado por su mujer, pide a Víctor de mil maneras que abandone el proyecto de la ventana. Lo intenta todo: rehuir el contacto físico, entar en el juego del otro, pedírselo por las buenas, recurrir al juego sucio. Todo en vano.

La ventana se convierte en metáfora del progresivo desgaste de Leonardo. Cada vez más lento en su trabajo. Cada vez más distanciado de su mujer, con la que siente que ha perdido la afinidad. Al menos ella le habla, a diferencia de su hija adolescente y ausente. Leonardo va perdiendo los nervios, no duerme, se resarce mortificando a sus alumnos, cuyos proyectos despelleja sin piedad. La gota que colma el vaso es la irrupción de Víctor en su fantástica casa de la forma más insospechada. Víctor, que de amenaza bruta va mutando en coñazo insufrible, una lapa que se adhiere a Leonardo y va succionando su vida como una sanguijuela. Cuando Leonardo se da cuenta, Víctor se ha colado en su organismo.

El hombre de al lado es una película de actores. Los directores, que son dos, Mariano Cohn y Gastón Duprat, ocupan un segundo plano. A menudo, no les importa demasiado dónde dejar la cámara. Amigos, aquí no hay montajes espídicos. A menudo, el objetivo se queda de cualquier manera, la meramente necesaria para que observemos el desenlace de la disputa. Pelicula de actores, actores soberbios: lo están Rafael Spregelburd como el desesperado Leonardo y Daniel Aráoz como el astuto Víctor. Ambos entran en sus papeles como si fueran guantes de seda. Les ayuda que estén tan bien trazados, sin duda, porque a Leonardo le acaba asomando un perfil mezquino y a Víctor, un lado humano. Ellos ponen el resto con sendas interpretaciones naturales, fluidas, en las que unos diálogos creíbles que sugieren poco corsé van brotando como si de la vida se tratara. Con pausa.

Veredicto: 7

Lo mejor: Los dos actores protagonistas.

Lo peor: Que pueda aburrir al espectador impaciente.

Harry Potter y las reliquias de la muerte parte II

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He aquí una crítica muerta antes de nacer. Una crítica cuya existencia desafía a la lógica. Porque si has llegado a este punto, si has aguantado siete entregas, que se dice pronto, de las peripecias de Harry Potter, no necesitas leer esto para a) animarte a verla; o b) pensarlo mejor e invertir el dinero de la entrada en algo diferente. El espectador de Harry Potter y las reliquias de la muerte parte II, o Harry Potter 8, o Harry Potter 7/2, acude más bien a la sala con la sensación de cumplir un trámite, de reclamar el sello que acredite que durante unas veinte horas ha presenciado el paso del mago de la niñez a la adolescencia, en un proceso aún más traumático de lo habitual (por razones obvias).

Habrá quien me contradiga y asegure que la 8ª película le ha despertado la misma ilusión que la primera. Enhorabuena. No es fácil. Por la acumulación de episodios y el consiguiente desgaste. Y por la deliberada elección, presente en los libros de J. K. Rowling, de ir haciendo las películas cada vez un poco más oscurosas, angustiosas y deprimentes. Como si la autora quisiera reflejar que dejar atrás la infancia y asomar la cabeza a la edad adulta es una enorme putada, seas o no mago. En el caso de Potter, a los granos y los primeros escarceos amorosos se suma la necesidad de poner fin a un enemigo terrible, Voldemort, que amenaza con matar a él y a sus amigos e instaurar una dictadura de terror.

La cosa arranca sin más, en el punto exacto en que los dueños de la franquicia soltaron un hachazo para partir en dos el último libro de Rowling y exprimir un poco más el limón. ¿Por qué hacer 7 películas pudiendo recaudar con 8? ¿El último tomo es muy largo? Ya tenemos la excusa perfecta. Poco nos importa que la penúltima cinta sea un ejercicio palmario de futilidad, un absurdo que, cerrada la saga, se confirma como vacío y superfluo. Menos aún que la octava entrega eche a rodar como si del capítulo de una serie se tratara, aunque sin la cortesía del “Previously” que se ha puesto de moda en la televisión. Se presupone que el espectador ha visto, masticado y triturado las 7 películas anteriores y está listo para aguantar lo que le echen. Pero no nos engañemos: el resultado es pésimo. Cualquiera se da cuenta de que lo coherente habría sido reunir el tomo final en una sola película. Algo más larga, sí, tal vez de 3 horas, pero sin esos tramos totalmente accesorios e inflados que lastran el doble cierre.

Y eso que HP8 es notoriamente mejor que HP7 (lo cual tiene el mérito justo). En lugar del deambular por inhóspitos parajes, de mosqueo en mosqueo, Potter y sus amigos se enfrentan finalmente a su destino en una batalla que pone Hogwarts patas arriba pero proporciona esa acción tan necesaria cuando el armazón dramático no es precisamente para tirar cohetes. Este es precisamen el talón de Aquiles de esta entrega: todos los momentos que deberían marcar un pico en la gráfica emocional se resuelven de forma más bien endeble, ya sea la muerte de tal personaje, la redención de tal otro o el amor finalmente fraguado de dos retoños magos. Nada que ver, de todas formas, con el doblaje deplorable al español de Voldemort, que intenta resultar inquietante y lo que produce es mucha risa. De las dotes interpretativas del trío de protagonistas, mejor no hablamos; han tenido 8 películas para demostrar cierta mejoría, pero duele comprobar que Daniel Radcliffe, especialmente, sigue siendo igual de limitado que el primer día.

Un servidor siempre ha sido mucho más partidario de las primeras entregas de Harry Potter, tanto en papel como en celuloide. Aventura pura e inocente, con el clásico enfrentamiento al mal, en forma de villano de turno. El clímax, en cuanto a filmes, llegó con el tercero, el de Cuarón, el mejor y más personal de largo. En el cuarto empezó a morir gente y a Harry se le fue torciendo el gesto. La cosa se fue agriando hasta terminar con el tristón doble final. Al espectador, en definitiva, le cuesta no acabar la saga con el mismo gesto que sus protagonistas, que a sus 17 años parecen tener 71, como si el peso del mundo descansara sobre sus espaldas. Tanta angustia permanente, tanto huir, tanto ver morir a tus amigos… Normal que se te ponga esa cara de amargado y apenas celebres los éxitos. En lugar de subidón final, tenemos un poso denso y depresivo.

Se acabó lo que se daba y uno no tiene ganas de más. Al contrario, cree que ya iba siendo hora de que el niño mago colgara la varita. Y eso no puede ser una buena señal.

Veredicto: 6,5

Lo mejor: colorín, colorado…

Lo peor: el doblaje al español de Voldemort; lamentable.

Paul

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A E.T. le ha salido un competidor. Se llama Paul, es verde, borrachuzo, malhablado y con tendencia a buscarse problemas. ¡Incluso está en twitter! Los federales lo buscan para encerrarlo en el Área 51, pero él antes ser iría con cualquier freak de la ComicCon.

La ufología, la literatura de ciencia ficción, el provincianismo estadounidense, el radicalismo religioso, las teorías de la conspiración… todo viaja en la caravana de Willy (Simon Pegg) y Clive (Nick Frost) por los tortuosos caminos de Nevada. Y así, como caído del cielo, se incorpora Paul, el secreto mejor guardado del mundo. Por supuesto, se quiere ir a casa, su casa, aunque con menos ñoñería que E.T. y con más energía que Alf. Digamos que Paul es el Men in Black visto desde el punto de vista alienígena, al que, como al resto de seres de este planeta en general, le hace muy poca gracia tanto control del gobierno. Y eso que él no paga impuestos. Así que Willy y Clive, que no son gays, llevan a Paul mientras secuestran a una fanática religiosa de la que Willy se enamora, porque ya he dicho que no son gays, mientras que un agente federal que da miedo les persigue, y otros dos agentes federales que dan risa persiguen al que da miedo, y el padre de la chica sigue a los agentes que dan risa y… bueno, lo normal en estos casos.

Paul es muy gamberro, pero seamos sinceros: es el más normal de todos. Con Pegg y Frost al frente del cotarro, una pareja bien conocida en el cine británico por las películas de Edgar Wright Zombies Party (2004) y Arma fatal (Hot Fuzz, 2007), nos esperamos unas buenas risas. Sobre todo porque son los guionistas y ya les valdría no ser capaces de escribir algo gracioso para ellos mismos. Y luego está Kristen Wiig (suspiro). Abro paréntesis.

A Kristen Wiig (suspiro) la descubrí recientemente en la película Bridesmaids (que se estrenará en España en agosto con el título La boda de mi mejor amiga). Es de una belleza más allá de lo físico y una comediante divertidísima, y vale la pena escucharla balbucear en versión original. Adorable. Así es Kristen Wiig (suspiro). Cierro paréntesis.

Pues si a esta road movie tan “espacial” le añadimos un breve pero intenso papel de Sigourney Weaver, musa de aliens más feroces, y el aliño lo pone Greg Mottola, director de la revelación de 2007, Supersalidos, pues queda una película muy graciosa, muy de buen rollo, con bastante más guión que efectos especiales, aunque pueda parecer lo contrario, y un final, eso sí, de lo más previsible. Para ver con los amigos y pasar un buen rato con algo de humor extraterrestre.

Veredicto: 6,5

Lo mejor: Kristen Wiig (suspiro).

Lo peor: que no salga nadie de Star Trek en la película. ¿En qué estarían pensando?

Paul se estrena el 22 de julio en España.

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