Archive for the ‘Delicatessen’ Category

Exit through the gift shop


18 Sep

Al final, puede que todo sea una gran broma, una estupenda tomadura de pelo, pero eso no le resta valor. Al contrario: es el ingrediente definitivo y especial, la guinda a un pastel que aterriza en pleno rostro y te deja sin palabras. ¿Un documental sobre el arte callejero? Sí, y no. Acotar con esas seis palabras el contenido de Exit through the gift shop (traducido libremente al español, Salida por la tienda de regalos; candidato al Oscar al mejor documental en 2010) es quedarse solo con la punta del iceberg.

Con Banksy, el rey del grafitti y el amo de la provocación inteligente a los mandos, cabe esperar cualquier cosa. Por eso no sorprende que, ya en el arranque, alguien pegue un manotazo a la cámara y en lugar de apuntar al anónimo inglés perturbador de conciencias pacatas y rígidas, el objetivo se centre en un francés peculiar, un tipejo con fisonomía de Mario Bros, un tal Thierry Guetta que va a todas partes, como un moscardón insaciable, armado con su cámara de vídeo. Creíamos estar ante una oda al arte callejero a mayor gloria de Banksy y nos encontramos con esta vuelta de tuerca que nos coge con el pie cambiado. Se supone que al bueno de Thierry le pica el gusanillo del arte callejero a través de su primo, el tan famoso como igualmente anónimo Space Invader, un chalado que ha llenado las calles de medio planeta de curiosos mosaicos que evocan al videojuego vintage. ¿Es realmente su primo?

El caso es que ese supuesto contacto se convierte en la puerta de entrada a un mundo fascinante, el de unos chavales que hacen mucho más que salir de noche a las calles para utilizar cualquier muro, elemento del paisaje urbano, para dejar su pintada o creación en papel. Son gente inquieta que buscan despertar a las mentes adormecidas, llamar su atención sobre lo retorcido de este mundo capitalista en el que el individuo ha quedado reducido al mero papel de consumidor. A Thierry Guetta, su persecución de esta forma de concebir el arte como arma socio-política le lleva, en último término, a ansiar el encuentro con su máximo exponente, el escurridizo Banksy. El cara a cara se produce de una forma tan sencilla que no hace más que alimentar la sospecha. El estrafalario francés experimenta algo parecido a lo que viviría una groupie cuando es admitida en el séquito de la banda de rock del momento. Banksy le abre su mundo, le anima después a montar un documental con sus horas y horas de vídeo y, por último, le empuja a mostrar sus propias creaciones. El resultado es un éxito brutal, inesperado… O no. O un fabuloso montaje.

De cualquier forma, analizando Exit through the gift shop simplemente como producto audiovisual, más allá del debate sobre si es o no un mockumentary (falso documental), uno no puede hacer otra cosa que aplaudir. Más de hora y media de arte callejero puede convertise en una montaña difícil de escalar para el no iniciado. El mérito reside en contarlo de tal manera que el metraje se devora y la historia de estos tíos geniales atrapa y fascina. Son grafittis y montajes callejeros cuando podría ser cualquier otra cosa mientras esté contada con tal inteligencia, brío y ritmo. ¿Es la historia de Guetta demasiado buena para ser cierta? Tal vez. Pero haga usted lo que Banksy, mezcle con tanta sabiduría testimonios y grabaciones caseras, distribuya los momentos de tal forma que la transición entre lo underground y lo cómico resulte tan suave como el cambio de marchas de un vehículo de lujo.

Y, sobre todo, absorbamos el mensaje. De la calle a las galerías de arte. De burlar a los agentes de la ley a succionar los millones de los más ricos, de demoler iconos y alertar sobre desigualdades a acabar colgado en una mansión junto a un Picasso. Los contrastes son bestiales. La ironía llega a su máxima expresión con el supuesto y fulgurante éxito de Guetta: un tipo salido de la nada que se harta a vender gracias al Photoshop y un pudor muy escaso. ¿Cómo es posible? ¿Se puede triunfar así, justo al contrario que Banksy, que como tantos otros fue puliendo su estilo a base de años, llamando la atención con arriesgadas performances? ¿Debemos concluir que el arte es una broma, como puede serlo este documental? Si lo es, pero nos lo venden tipos tan geniales como este señor, no nos queda más remedio que quitarnos el sombrero. Bravo.

Half Nelson


10 Sep

2011 es el Año de Ryan Gosling, seguramente el mejor actor de su generación. No lo decimos nosotros: lo dice el puñado de estupendas películas en las que se ha enrolado: Drive; Crazy, stupid, love; y, sobre todo, The ides of march. Descubierto en 2001 gracias a la potente El creyente, y con la satisfactoria reválida en 2003 de El mundo de Leland, Gosling ha ido forjando una carrera más que interesante, alternando cintas indies con otras más comerciales (El diario de Noa, Fracture), pero dejando siempre su huella. Dos eran sus papeles más sólidos hasta la fecha. En Delicatessen ya dimos cuenta de su buen hacer en la peculiar Lars y una chica de verdad. Un año antes se puso al frente del filme que ahora nos ocupa: Half Nelson.

Que este trabajo modesto e independiente le granjeara su primera (y hasta el momento única) candidatura al Oscar, dice mucho de lo que consigue con su rol de Dan Dunne, un joven profesor de instituto que trata de inculcar a sus alumnos de Historia algo más que el encorsetado programa que ordena enseñar la dirección, labor que alterna con la de entrenador del equipo femenino de baloncesto. Su principal caballo de batalla, sin embargo, son él mismo y sus adicciones. El solitario Dan se mete sus tiros antes de tratar a sus pupilos como si estuviera en la facultad y fuma lo que le vende su camello de confianza en los desiertos vestuarios, al acabar los partidos. Lo habitual es que llegue al trabajo con las gafas de sol puestas, un termo que rellena con el café de la sala de los profesores y el aspecto, a grandes rasgos, de que un camión le ha pasado por encima.

Sin el menor atisbo de pretender aparcar las drogas y encauzar el rumbo, su vida da un vuelco de consecuencias que no puede predecir cuando entabla una relación que va más allá de la convencional con una de sus alumnas. Drey es una callada chica negra que vive en un hogar roto: padres divorciados, madre deslomada por interminables horas de trabajo y hermano en la cárcel. El vacío lo llena de forma creciente Frank, amigo de su hermano y la razón por la que ha terminado en el trullo; Frank se dedica a actividades poco lícitas. A Drey le repele y atrae en la misma medida, y algo parecido le ocurre con su profesor, a cuyo talón se pega como un cachorrillo receloso, eso sí, de que llegue la patada.

Half Nelson es en un porcentaje muy alto Ryan Gosling, cuyo mérito, para empezar, reside en dar una dimensión al filme mucho mayor de la que cabe esperar de una historia que no excede en exceso lo convencional. Es brutal cómo Gosling, con solo 26 años, consigue transmitir a su personaje la sensación de que lleva sobre sus hombros unas viente toneladas de peso que le abruman y empujan a drogarse. Sus ojeras, su rostro melancólico y su cuerpo flaco tienen más fuerza que mil líneas de diálogo. Gosling es un actor joven pero que ya ha vivido mucho desde sus tiempos en la factoría Disney, y de su madurez antes de tiempo se beneficia sobremanera su Dan Dunne. Más allá de esto, la película se limita a ser creíble y honesta, que no es poco. El instituto y el barrio parecen un instituto y un barrio reales, algo que escasea en el celuloide. Por cada cien productos artificiales y acartonados como Mentes peligrosas, con una irreal Michelle Pfeiffer, surge cada muchos años algo veraz como Half Nelson.

Sobre Ryan Gosling, poco más se puede decir. Que apuntéis su nombre, porque, sin hacer demasiado ruido, solo a base de talento, este canadiense está llamado a llegar muy lejos en Hollywood.

Sin nombre


30 Jul

El ying y el yang. Un poco de luz en medio de la oscuridad. Una flor que crece en medio del desierto. Algo puro que consigue abrirse paso entre la mierda. He ahí la esencia de Sin nombre, el estupendo debut del californiano Cary Fukunaga en una cinta de producción mejicana y gringa. Fenomenal cinta per se, descubrir que se trata de una opera prima multiplica aún más su valor.

Ese brochazo de color que rompe la negrura pasa por la relación que surge en un entorno hostil entre Willy, alias El Casper, y Saira. Él vive en el sur de Méjico, en Chiapas, entregado a una existencia cuyo contenido y límites nos lo define él, sino la banda a la que pertenece, una célula de la mara Salvatrucha. Las maras, pandillas surgidas en Estados Unidos, han echado raíces en Centroamérica. Raíces profundas, que llevan a sus miembros a brindar lealtad ciega a los líderes cambio de obtener algo más que un techo: un clan, casi una familia. Grupos violentos en los que críos sin un pelo en la cara ya ejecutan a sangre fría. Muy distinta ha sido la vida de Saira, aunque su existencia en Honduras tampoco es idílica: por eso emprende un largo y peligroso viaje junto a su padre reencontrado y su tío, rumbo a Estados Unidos, a Nueva Jersey.

Si el futuro de Saira es incierto, tanto como viajar en el techo de un tren, burlar a la ley y alcanzar un país en el que puede ser deportada a la mínima ocasión, el de Casper se presenta aún peor cuando lleva su enfrentamiento a los rígidos códigos de la mara a un punto sin retorno. Su desafío entraña, al mismo tiempo, salvar la vida de la chica, que de inmediato siente por él algo tan poderoso que decide que sus vidas han quedado selladas y sus caminos, unidos para siempre. Sin importarle que el otro tenga el futuro más que hipotecado, que sobre él penda una amenaza imperecedera; incluso, que el fantasma de una ex novia le mantenga un punto distante.

Cuidado y meticuloso retrato de una sociedad brutal y desamparada, no chirría en absoluto cuando evoluciona desde la presentación de los personajes a la introducción del conflicto, que actúa de resorte para activar una historia de huida que no por acoplarse a las esquemas imaginables pierde un ápice de frescura. Como cabe esperar, el viaje de Casper y Saira es físico y geográfico, pero ante todo, vital y sentimental. Dos personas, todavía sin llegar a la edad adulta, que se conocen en medio de una pesadilla y que desarrollan unos vínculos tan fuertes como solo una situación extrema, de vida o muerte, puede generar.

Sin nombre es de una dureza alta pero de una sensibilidad extrema. Una película que nos abre los ojos a una realidad violenta, en unos casos, y desesperada, en otros, en la que la vida vale poco, apenas nada, y en la que es más que posible que el tren a la libertad pase una sola vez; si pasa. Es, al mismo tiempo, el recordatorio de que el cine mainstream, el cine USA, el de lo establecido, nos lleva a menudo a recordar que son necesarios filmes como este. No solo por su carga de denuncia, sino por ser más fieles a las esencias. Al final, el único objetivo es contar una historia. Sin artificios, sin parafernalias. Con actores sin apenas experiencia, pero que resultan naturales; con un guión veraz y bien documentado; y con un director con el registro necesario para no confundir ñoño con sensible.

Elephant


13 Jul

Hay algo inquietante en esos chavales que recorren interminables pasillos de un instituto que parece cualquier cosa menos un lugar donde se estudia. También pretencioso, porque es exigirle mucho al espectador que aguante esas largas escenas en las que la cámara se limita a seguir a los adolescentes del campo de entrenamiento al encuentro con la novia, o de la calle al laboratorio de fotografía, o del vestuario a la biblioteca. Y, sin embargo, uno acaba perdonándole estos periplos a Gus Van Sant porque, al final, comprende que son el cordón umbilical de Elephant (2003).

Van Sant, dado a conocer con Mi Idaho privado y confirmado con El indomable Will Hunting, otra que tampoco es para cualquier estómago, se despoja aquí de prácticamente cualquier adorno formal y contenido narrativo, en un ejercicio minimalista que volvió locas a sus señorías en Cannes: tres premios para el amigo GVS, responsable también de ese aborto disfrazado de remake plano a plano de Psicosis. Hay poca chicha en Elepahant; más bien, ninguna. La aparente vacuidad en el día a día de unos estudiantes, solo rota en el último tramo de metraje, en el que la violencia estalla como un grano purulento que nadie ha reventado a tiempo.

De los 80 minutos de metraje, casi uno hora se evapora sin grandes avances. Y, sin embargo, no hay sopor ni hartazgo. Van Sant persigue a los chicos, ninguno de ellos con experiencia ante la cámara y la mayoría entregados a diálogos improvisados, y nos convierte en mirones asomados, sin pudor, a unas vidas que solo empiezan a desarrollarse. Algunas, prometedoras; otras, taradas por padres disfuncionales o mermas de carácter; otras, decididamente truncadas por una adolescencia confundida y mediatizada por el rechazo ajeno. La sensación resultante es la observar a unos seres inmersos en una burbuja en la que el aire se vuelve cada vez más irrespirable.

Y sí, me vais a perdonar, pero es necesario ponerse así de pedante a la hora de hincarle el diente a una cinta que tiene de todo menos de convencional. Van Sant y su minimalismo. Van Sant y sus cuatro palos para sostener todo el chiringuito. Lo más parecido a un riesgo es el que toma cuando un mismo diálogo es relatado en varias ocasiones desde distintos puntos de vista por diferentes personajes, como para subrayar que todos los chicos están, en último término, conectados. Van Sant y la dura adolescencia. Van Sant y la violencia. Estados Unidos y las armas.

¿Fueron demasiados tres premios en Cannes? ¿Es Van Sant un cansino que se toma a sí mismo demasiado en serio? ¿Es Elephant poco más que un ejercicio de estilo frente a películas hechas y derechas como Mi nombre es Harvey Milk o El indomable Will Hunting? Juzgar por vosotros mismos.

When you’re strange


03 Jul

Bajo la premisa juguetona de que, quizás, Jim Morrison no murió en aquella bañera de París, se vertebra When you’re strange, documental sobre The Doors que fue candidato al Gran Premio del Jurado en el Festival de Sundance. Un repaso y un tributo (nunca amable, nunca condescendiente) a la figura legendaria de Jim Morrison, cantante y alma de un grupo que sigue vendiendo millones de discos 40 años después de la muerte de su líder.

Apoyándose en el material de archivo y en la inmortal música de The Doors, Tom DiCillo no se vuelve loco y va trazando un retrato más bien cronológico en el que acierta a la hora de dejar que sean los protagonistas los que hablen por sí mismos a través de sus palabras, sus actos y, por encima de todo, sus canciones. DiCillo, responsable de un puñado de películas y unas cuantas incursiones en la televisión, no quiere en ningún momento el protagonismo, y se agradece. Lo más parecido al intervencionismo por su parte es esa voz en off, que en la versión original corresponde a Johnny Depp, que va engarzando los episodios que componen la historia de ascensión y caída de Morrison. Hay un poco de contexto, pero no es abusivo, si bien puede pecar, para algunos, de superficial. Pero tampoco pretende este documental ser una pieza sesuda que analice exhaustivamente el impacto de The Doors en la cultura y la sociedad americanas.

Lo mejor, lo más conveniente, es zambullirse en la loca peripecia vital de ese chico nacido para la fama que escapó del corsé de su hogar, de un padre militar involucrado en la guerra de Vietnam (qué ironía), para dar rienda suelta a un instinto artístico tan desatado que ni siquiera la falta de formación supuso una traba. Uno asiste atónito a la formación de un grupo tan mítico a partir de gente sin apenas experiencia, que se lanzó a la piscina sin saber nada del negocio. Pero The Doors estaban hechos para triunfar porque Morrison estaba predestinado al estrellato. Obviamente, era un arma de doble filo: su genialidad convivía con sus múltiples adicciones, y el cóctel era tan inestable como la nitroglicerina.

No debe causar sorpresa el saber que en When you’re strange estamos ante un retrato (el enésimo, aquí no hay novedad) del inevitable descenso a los infiernos de alguien que quisó volar demasiado alto y acabó quemando sus alas. La metáfora de la cerilla que utiliza DiCillo es acertada. Como una vela fue apagándose Morrison. Hoy se cumplen 40 años de su triste muerte. Él se olía el final. Temía ser el tercero en discordia junto a Hendrix y Joplin. Y acertó. Nos queda su estupenda música. Y documentales como este para que no se borre el recuerdo de The Doors y su irrepetible líder.

Akira


28 Mar

En pleno shock por esa pesadilla en la que vive instalado Japón, y a la que no se atisba final, con esa bomba atómica de relojería que es la central de Fukushima, pone aún más los pelos de punta y encoge el corazón esa película de por sí descorazonadora que es Akira, la brillante cinta de animación que Katsuhiro Otomo… más que parir, arrojó al mundo en 1988.

Akira es el relato de cómo el ser humano se equivoca terriblemente, no una vez, sino dos, y queda la sensación de que cuantas haga falta. Está ambientada en un futuro para nosotros cercano, 2019, en la imaginaria ciudad de Nuevo Tokio, lo que viene a ser la capital japonesa después de una ardua reconstrucción tras una hipotética Tercera Guerra Mundial acaecida unos treinta años antes. Nuevo Tokio es cualquier cosa menos una ciudad idílica; más bien, es pasto de bandas callejeras que dirimen sus luchas a bordo de motos de gran cilindrada, al tiempo que un grupo de terroristas de organización más bien precaria se dedican a algo más que colocar bombas en centros comerciales. Al parecer, tienen gran interés por desmontar una serie de experimentos con niños a los que han desarrollado poderes o habilidades hasta límites insospechados, convirtiéndolos en algo así como pequeños monstruos de feria tremendamente peligrosos en manos equivocadas.

Uno de los pandilleros, Tetsuo, choca accidentalmente con uno de esos niños, convirtiendo en literal la colisión entre ambas realidades. Tetsuo acaba convertido en un conejillo de indias de militares y científicos, que se topan (en la parte más endeble de la trama) con que posee un potencial muy superior al de cualquier otro sujeto de los experimentos. Su responsable máximo, un trasunto de Einstein, desoye las dudas sobre su capacidad para poner freno al chico si la cosa se descontrola. Y esto es exactamente lo que sucede.

Dotada de un guión que poco tiene que envidiar a una cinta convencial de ciencia-ficción de corte apocalíptico, Akira suma a esto una estupenda animación que apenas ha envejecido más de 20 años después, prueba de que en su momento fue un producto visionario y rompedor. Casi dos horas desasosegantes en las que, mientras nos preguntamos quién es el legendario Akira y si realmente existe, vamos asistiendo a la progresiva degradación de una sociedad podrida en su raíz, más allá de su espectacular fachada. Un mundo que parece necesitar una catarsis brutal, reventar para poner fin a la escalada de ira irracional.

Akira asusta porque es muy dudoso que a través de la manipulación científica un ser humano pueda desarrollar una energía tal que ponga en riesgo el futuro de la sociedad. Pero no lo es tanto imaginar que la estupidez, combinada con la obsesión por ir demasiado lejos, pueden acabar borrándonos de la faz de la Tierra.

Bad lieutenant


09 Feb

En 1992 Harvey Keitel estaba en plena forma y lo demostró con el exigente papel protagonista de Bad lieutenant (Teniente corrupto), cinta independiente y de bajo presupuesto que se rodó en dos semanas y media y en la que soporta todo el exigente peso de la función. Se ruega no confundir, por cierto, con el posterior remake a cargo del señor Nicolas Cage, que traslada la acción de Nueva York a Nueva Orleans y que poco tiene que ver.

A Harvey Keitel le vemos en Bad lieutenant metiéndose coca después de dejar a sus hijos en el colegio; perdiendo ingentes cantidades de dinero en las apuestas por culpa de unas series finales de beisbol en las que se empeña en no dar crédito a la remontada de los Mets frente a los Dodgers; tratando de hurtar pruebas en plena escena del crimen; fumando crack; compartiendo aguja con una yonki; abusando de un par de chicas que han cogido sin permiso el coche de papá. Una joya, vaya.

El teniente, como conocemos al personaje, sin más, es un poli sin escrúpulos, un ser “débil”, llega a definirse a sí mismo en uno de sus momentos bajos, en los que ya va buscando una redención que no podrá encontrar. Un tipo que si para algo utiliza su placa y su pistola es para su propio provecho. Sus adicciones crecen a un ritmo vertiginoso y directamente proporcional al de su deuda con un tipo al que solo llegamos a conocer de oídas pero del que se ofrecen las peores referencias posibles; un sujeto que no dudará en quitarle de en medio. El teniente se va hundiendo, él solito, y de forma irremisible, cada vez más en la mierda, hasta que llega un punto en que es complicado vislumbrar una escapatoria. Siempre con esa irónica obstinación de no creer en la resurreción de los Mets, con la que precisamente arranca el filme.

Un filme sin grandes alardes artísticos, rodado con crudeza por uno de los niños malos del aparato indie, Abel Ferrara, que no escatima en mostrar con todo lujo de detalles la violación de una monja o la sesión de aguja del teniente y cierta amiguita. En Bad lieutenant se regodea en el descenso a los infiernos de un tipo deleznable, sin código ético, el paradigma de la falta de moral (es un pecador irredento cuando, por su trabajo, debería dedicarse a practicar el bien).

Y lo dicho: Harvey Keitel se marca un papelón. Tremendamente intenso y físico, en el que refleja a la perfección la degradación gradual del teniente y sale airoso de no pocas escenas en las que debe aparecer drogado, borracho, ido o arrastrado por su bajeza compulsiva. Una perita en dulce para quien pudiera sacarle todo el jugo… Una patata caliente para quien no estuviera a la altura. Keitel, que en ese 92 rueda también Reservoir dogs, y un años después El piano, demostró que estaba a la altura del reto.

Persiguiendo a Amy


27 Aug

El cine de Kevin Smith podrá gustar más o menos, pero hasta no hace demasiado, al de Nueva Jersey había que reconocerle, al menos, su afán por imprimir un sello personal a todas sus películas. Cuando todavía no se había entregado a los productos alimenticios y convertido en un mero ejecutor, Smith encadenó tres películas de lo más interesantes: Clerks, Mallrats y Persiguiendo a Amy. La primera pecaba de fundacional, por más que resultara meritoria ante la escasez de medios y lo precario de la ambientación. La segunda rozaba lo cutre en muchos momentos, como demasiado hecha por, entre y para colegas. La tercera, en cambio, supuso la cima de aquel estallido inicial de creatividad.

Persiguiendo a Amy (Chasing Amy, 1997) sitúa a Smith en un terreno doblemente familiar: el de Nueva Jersey frente a Nueva York y el de los dibujantes de cómics. Aunque meros marcos para la acción, sitúan el tono de una historia que arranca como colisión de mundos: de un lado, el tradicional de Holden y Banky, pareja profesional que últimamente ha experimentado cierto reconocimiento gracias al éxito de su serie de tebeos; de otro, el underground y anómalo de Hooper y Alyssa, ambos en el gremio pero con propuestas alejadas de los gustos del gran públicos. Holden se enamora pérdidamente de Aylssa cuando Hooper los presenta, pero sólo para llevarse un chasco de proporciones bíblicas al descubrir que ella es lesbiana y que cualquier intento de relación está llamado al fracaso. Para sorpresa de Holden, Alyssa le propone entablar una amistad, y el dibujante se entrega a ella con la esperanza, nunca admitida, de lograr atraer su atención en último término. Su colega Banky actúa a modo de palanca entre ellos: trata de hacerle ver a Holden que se engaña a sí mismo alimentando una relación sin futuro, pero sus celos son tan obvios que el otro se siente atacado y rehúye sus advertencias.

Película de personajes, Smith les hace hablar largo y tendido para mostrar cómo el conservador mundo de Holden va sufriendo un shock constante a medida que Aylssa le hace ver que existe otro mundo ahí fuera, el de personas que se salen del carril trazado y se dedican a experimentar. Claro que, mientras Alyssa se esfuerza por quitarle la venda a Holden, este va tejiendo la estrategia contraria, la de llevarla a su terreno, aunque sea de forma indirecta, simplemente dispensándola las atenciones que brindaría a cualquier otra chica. El rol de Banky es el del palurdo homófobo, rayano en el estereotipo, siempre presto a criticar duramente lo que se desarrolla ante sus narices. Todo esto, bajo las premisas del humor socarrón y la sobreabundancia de tacos y expresiones malsonantes, marca de fábrica del orondo director.

El mérito está sin duda en los diálogos, el punto fuerte, de largo, del señor Smith. Diálogos inteligentes y certeros que van tejiendo el conflicto entre los protagonistas. No es menor el de conseguir que Ben Affleck, que interpreta a Holden, ofrezca un trabajo digno, aunque por aquel entonces no era todavía el actor afectado y plagado de tics que ha convertido en estomagantes casi todas sus películas posteriores. Sorprende el buen hacer de Joey Lauren Adams como Alyssa: la que fue pareja del propio Smith se revela una actriz con los registros necesarios para encarnar un personaje de alto voltaje, tremendamente emocional, en un rol de considerable desgaste; llama la atención lo discreto de su posterior andadura. Completa el trío Jason Lee, otro de los actores fetiches de Smith, impecable en su papel, por más que sus aptitudes dieran para algo más que un mero secundario.

Obviando la pega del resorte que desencadena el drama al final del metraje, que no acaba de resultar del todo convincente, Persiguiendo a Amy es el mejor Kevin Smith porque brinda el más sólido de sus guiones y la más profunda de sus historias. A lo largo de toda su carrera le ha traicionado su tendencia a lo escatológico y lo chapucero. Aquí sale triunfante con una propuesta arriesgada, la historia de un amor en apariencia imposible, trufado de prejuicios y barreras, que nunca cae en lo ñoño y trata al espectador como a un adulto.

Brick


16 Aug

Sonará a sacrilegio, pero… ¿y si Humphrey Bogart fuera al instituto? ¿Y si las aventuras de Sam Spade y otros detectives duros y cínicos del cine en blanco y negro fueran carne de high school y lidiaran con el acné y otras torturas hormonales? La pregunta se la hizo en 2005 Rian Johnson y la respuesta fue la estupenda Brick.

Brendan, el protagonista, un tipo solitario, de pocas palabras, engañoso en su aparente fragilidad, debe investigar la desaparición de su ex novia. Lo hace asistido por un chavalito tímido y con cara de empollón, al que se refiere como The Brain (El Cerebro), mientras elude las artimañas de Laura, que vierte sobre él miradas seductoras, y las de Tug, que no duda en pasarle un coche por encima o molerle a palos. Tenaz e implacable, Brendan acaba llegando hasta The Pin, el capo de una organización criminal que se dedica a la distribución de drogas. ¿Podría colar como el argumento de una película de Bogart?

Y, sin embargo, todo lo anteriormente descrito ocurre en un instituto y con adolescentes como protagonistas. Ahí reside la gracia del asunto. Brendan se salta clases para averiguar qué ha ocurrido con su antes adorada Emily. Sus problemas con la autoridad no consisten en burlar a la Policía, sino a la dirección del instituto. Si se cuela en una fiesta es una fiesta de y para niñatos, aprovechando la ausencia de los papás. E incluso los malos tienen apenas cuatro pelos en la cara. Sí, Bogart con hormonas.

El principal acierto de Johnson nace en el guión, perfectamente transplantable a una película de mayores, de adultos, pero que sigue sonando perfectamente creíble y veraz en boca de unos mocosos. Al rol del protagonista, obcecado e individualista, lo arropa con una lograda atmósfera que tiende a lo minimalista y lo austero. Los elementos son los mínimos, como se aprecia a la perfección en la escueta banda sonora.

Si las películas de Bogart no hubieran sido posibles sin Bogart, tampoco Brick lo hubiera sido sin Joseph Gordon-Levitt, aupado al estrellato, aunque sea en un segundo plano, gracias a su reciente papel en Origen. Uno de los mejores de su generación, este chico con apellido de escritor y cara de pena brinda toda una lección de economía de recursos. Parco en palabras y gestos, está perfecto como el sabueso solitario. Le espera, sin duda, un gran futuro.

Lars and the Real Girl


25 Jul

Ryan Gosling cometió unos cuantos pecados de juventud. El más grueso, protagonizar El joven Hércules, una suerte de versión efeba de Xena, la princesa guerrera. Andando el tiempo volvió a coquetear con el lado oscuro con El diario de Noa, cinta más ñoña que lacrimógena que, para sus modestas pretensiones, resultó ser todo un pelotazo. Sin embargo, colocando toda su carrera en la balanza, es de justicia reconocer que la suya es una de las más interesantes de los intérpretes de su generación.

Gosling se dio a conocer en 2001 con una película dura, arriesgada y sorprendente en la que ofreció las primeras muestras de lo que es capaz de hacer frente a una cámara. El joven confundido, judío nazi de El creyente no era precisamente un hueso fácil de roer, pero lo encarnó con una veracidad y una intensidad que obligaban a estar muy pendientes de sus siguientes proyectos. Lo ratificó en 2006 con otra película pequeña, aparentemente sin grandes pretensiones: Half Nelson. Gosling estaba brillante como el profesor de instituto y obtuvo una merecida candidatura al Oscar. Un año más tarde volvía a brindar una excelente actuación en otra cinta de corte similar, Lars and the Real Girl (2007), aquí vendida como Lars y una chica de verdad.

El de Lars Lindstrom era otro rol complejo, el de un chico callado, solitario, que vive en un garaje junto a la casa familiar, que han ocupado su hermano y su cuñada, embarazada. La existencia de Lars transcurre de su casa al trabajo, y del trabajo a su casa, sin apenas interacción con otros seres humanos, hasta que una noche se presenta en compañía de una muñeca de plástico que ha comprado por internet. Lars actúa como si fuera real: habla con ella, la transporta, la sienta a la mesa. Más aún: da por sentado que los demás se comportarán de la misma forma. Pasada la sorpresa inicial, no sólo su familia, sino también el resto de habitantes del pueblo se vuelcan para, como recomienda la doctora, seguirle la corriente.

Gosling está impecable como el chico asocial, reacio al contacto y absorto en su fantástica relación con un objeto inanimado. Lo consigue aportando una credibilidad al alcance de muy pocos, con la aparente sencillez reservada únicamente a los mejores. En ocasiones le basta una mirada para transmitir un torrente de sensaciones; un gesto; una forma de caminar, de moverse. Su Lars oscila entre lo patético y lo tierno, siempre frágil, vulnerable, capaz de moverse en una línea muy fina que separa lo doloroso de lo risible. Es casi imposible no compartir el dolor que late bajo su tozudo empeño por demostrar al mundo que Bianca no es una muñeca. Detrás de cada mentira, de cada explicación a las carencias de la réplica de plástico, se adivinan un corazón roto y un alma torturada.

Craig Gillespie y Nancy Oliver, desde la dirección y el guión respectivamente, se apoyan en las fabulosas dotes de Gosling para contarnos la historia de Lars con una sensibilidad extrema y una impagable capacidad para hacernos creer lo increíble. Suele ocurrir que es con las películas pequeñas, modestas, con las que uno se reconcilia con el cine. Cintas despojadas de cualquier envoltorio, sólo guión y actores, una historia y unos personajes. Lars and the Real Girl lo consigue, incluso llevándonos al terreno de lo irreal, de las patologías de la mente.

Y buena parte de la culpa la tiene Ryan Gosling, un superdotado de la actuación, un tío intenso, profundo, creíble y valiente. Apetece verle más a menudo y que no se tome parones como el que siguió a esta película y que no ha roto hasta 2010. Por el medio quedó la espantada de The lovely bones. Tranquilos: volveremos a tener noticias suyas. Los buenos siempre acaban destacando.

Celuloides en su jugo

Recetas sencillas para degustar buen cine, sabroso y bajo en calorías.