
Al final, puede que todo sea una gran broma, una estupenda tomadura de pelo, pero eso no le resta valor. Al contrario: es el ingrediente definitivo y especial, la guinda a un pastel que aterriza en pleno rostro y te deja sin palabras. ¿Un documental sobre el arte callejero? Sí, y no. Acotar con esas seis palabras el contenido de Exit through the gift shop (traducido libremente al español, Salida por la tienda de regalos; candidato al Oscar al mejor documental en 2010) es quedarse solo con la punta del iceberg.
Con Banksy, el rey del grafitti y el amo de la provocación inteligente a los mandos, cabe esperar cualquier cosa. Por eso no sorprende que, ya en el arranque, alguien pegue un manotazo a la cámara y en lugar de apuntar al anónimo inglés perturbador de conciencias pacatas y rígidas, el objetivo se centre en un francés peculiar, un tipejo con fisonomía de Mario Bros, un tal Thierry Guetta que va a todas partes, como un moscardón insaciable, armado con su cámara de vídeo. Creíamos estar ante una oda al arte callejero a mayor gloria de Banksy y nos encontramos con esta vuelta de tuerca que nos coge con el pie cambiado. Se supone que al bueno de Thierry le pica el gusanillo del arte callejero a través de su primo, el tan famoso como igualmente anónimo Space Invader, un chalado que ha llenado las calles de medio planeta de curiosos mosaicos que evocan al videojuego vintage. ¿Es realmente su primo?
El caso es que ese supuesto contacto se convierte en la puerta de entrada a un mundo fascinante, el de unos chavales que hacen mucho más que salir de noche a las calles para utilizar cualquier muro, elemento del paisaje urbano, para dejar su pintada o creación en papel. Son gente inquieta que buscan despertar a las mentes adormecidas, llamar su atención sobre lo retorcido de este mundo capitalista en el que el individuo ha quedado reducido al mero papel de consumidor. A Thierry Guetta, su persecución de esta forma de concebir el arte como arma socio-política le lleva, en último término, a ansiar el encuentro con su máximo exponente, el escurridizo Banksy. El cara a cara se produce de una forma tan sencilla que no hace más que alimentar la sospecha. El estrafalario francés experimenta algo parecido a lo que viviría una groupie cuando es admitida en el séquito de la banda de rock del momento. Banksy le abre su mundo, le anima después a montar un documental con sus horas y horas de vídeo y, por último, le empuja a mostrar sus propias creaciones. El resultado es un éxito brutal, inesperado… O no. O un fabuloso montaje.
De cualquier forma, analizando Exit through the gift shop simplemente como producto audiovisual, más allá del debate sobre si es o no un mockumentary (falso documental), uno no puede hacer otra cosa que aplaudir. Más de hora y media de arte callejero puede convertise en una montaña difícil de escalar para el no iniciado. El mérito reside en contarlo de tal manera que el metraje se devora y la historia de estos tíos geniales atrapa y fascina. Son grafittis y montajes callejeros cuando podría ser cualquier otra cosa mientras esté contada con tal inteligencia, brío y ritmo. ¿Es la historia de Guetta demasiado buena para ser cierta? Tal vez. Pero haga usted lo que Banksy, mezcle con tanta sabiduría testimonios y grabaciones caseras, distribuya los momentos de tal forma que la transición entre lo underground y lo cómico resulte tan suave como el cambio de marchas de un vehículo de lujo.
Y, sobre todo, absorbamos el mensaje. De la calle a las galerías de arte. De burlar a los agentes de la ley a succionar los millones de los más ricos, de demoler iconos y alertar sobre desigualdades a acabar colgado en una mansión junto a un Picasso. Los contrastes son bestiales. La ironía llega a su máxima expresión con el supuesto y fulgurante éxito de Guetta: un tipo salido de la nada que se harta a vender gracias al Photoshop y un pudor muy escaso. ¿Cómo es posible? ¿Se puede triunfar así, justo al contrario que Banksy, que como tantos otros fue puliendo su estilo a base de años, llamando la atención con arriesgadas performances? ¿Debemos concluir que el arte es una broma, como puede serlo este documental? Si lo es, pero nos lo venden tipos tan geniales como este señor, no nos queda más remedio que quitarnos el sombrero. Bravo.









