Hard candy

El cuento de Caperucita llevado al siglo XXI. Sin abuelita pero con lobo: un pederasta que atrae a sus víctimas con el señuelo de la fotografía de moda. Un cabronazo de suaves modales y buena planta que habita una mazmorra de apariencia impoluta. Un tío al que le gustan las niñas púberes, a las que captura a través de la red, chateando. Así es cómo Jeff conoce a Hayley, una cría de 14 años aunque con un cerebro de 24, muy madura para su edad pero incapaz de no sentirse halagada por las atenciones del varón adulto. Jeff la convence para ir a su casa. Y aquí es donde el cuento entra en una dimensión radicalmente diferente a la tradicional.
Esto es Hard Candy (2005), una estupenda cinta indie basada en un 99 por ciento en el intercambio dialéctico entre sus dos personajes principales, el cazador y la víctima, el fuerte y la débil, el depredador y su alimento… La gracia está en que no aburre. No es una obra de teatro filmada, por más que el envoltorio sea el mínimo, el imprescindible. De hecho, no hace falta nada más que ellos dos. Ellos dos y su peculiar, extraña relación. Las cosas que ocurren en esa casa y que una crítica honesta no puede desvelar. ¿Cómo triunfa una película así? Pues con guión. Guión, guión y guión. En esta época en la que prima la pirotecnia por encima del verbo, paladeemos una rara avis que se disfruta con la sensación de asistir a un espectáculo en estado puro, el de dos intérpretes midiendo sus fuerzas ante un objetivo, sin mayores adornos, sin efectos digitales ni ángulos de cámara arriesgados.
Un buen guión y unos buenos actores. Él es Patrick Wilson, visto más tarde en la infravalorada Watchmen. Y ella, sobre todo ella, es Ellen Page, esa actriz superdotada que saltó definitivamente al estrellato gracias a otra película independiente que gozó de mayor repercusión, Juno. Si en esta última lo bordaba (aunque irritaba) como sabiondilla, en Hard Candy ya anticipaba esa habilidad innata para interpretar a crías cuyo cerebro funciona a mayor velocidad y con mayor experiencia de lo que sugiere su carnet de identidad. Claro que a Ellen Page la ayuda su físico: aquí se hace pasar por una niña de 14 años cuando ella tenía ya 18. Su aspecto frágil y aniñado es perfecto porque contrasta con unos ademanes y una seguridad impropios de su edad. Cuando la película despega lo hace gracias a ella y a su portentosa actuación.
Del director, David Slade, sorprende rastrear el currículum y descubrir que su buen hacer en Hard Candy le ha llevado después a rodar la última entrega de la saga Crepúsculo, Eclipse. Todos tenemos que comer, pero esperábamos más del señor Slade. También decepciona averiguar que el guionista, Brian Nelson, se ha pasado últimamente al género del terror. En 2005, cuando eran jóvenes e inocentes y deseaban hacer algo bueno y rompedor, nos regalaron esta película imprescindible.
Hard Candy es lo que parece, una cinta indie con guión sólido y actores muy competentes, pero al mismo tiempo es mucho más. No conviene fiarse de las apariencias. Nadie rueda un trasunto de Caperucita en 2005 para ofrecer más de lo mismo. Las apariencias conducen a caminos engañosos. Bien pudiera ser que ni el lobo fuera tan feroz ni Caperucita tan indefensa. Hard Candy es territorio abonado a las sorpresas. Conviene verla con los ojos bien abiertos.








