Archive for the ‘Fast Cinema’ Category

El color del dinero


12 Apr

Las comparaciones son odiosas. Tanto como inevitables. Resulta, así, casi imposible visionar El color del dinero (The color of money, 1986), la continuación (25 años después) de El buscavidas y no trazar constantemente paralelismos; intentar determinar qué es mejor en una y peor en otra; sacar punta a las respectivas interpretaciones de Paul Newman; colocar en la balanza la dirección de Robert Rossen y Martin Scorsese. Las comparaciones son odiosas e injustas: El buscavidas es una cinta inmortal; El color del dinero, una digna y entretenida prolongación.

Scorsese se llevó finalmente el Oscar, largamente merecido, por Infiltrados, un remake. Años antes ya había puesto a prueba el aguante de los más puristas atreviéndose con una secuela (cierto que en una época en la que no eran epidemia). Newman, al que no le importaba retomar personajes (véase Harper) aceptó el reto y cantó bingo: también para él se acabaron los años de menosprecio y se llevó la estatuilla. Lo hizo con una película de mucho menos lustre que tantas y tantas de su privilegiada filmografía. Cosas de Hollywood.

Newman vuelve sobre los pasos y los trucos de salón de billar de Eddie Fast Felson, aquel legendario chulazo que manejaba los tacos mucho mejor que su propia existencia. El buscavidas nos regalaba aquella famosa escena final, la del canto del cisne de un chico al que todavía parecían quedarle muchas partidas para el recuerdo y aún más primos a los que timar. He aquí que reaparece un cuarto de siglo después, reciclado en próspero empresario etílico en cuya vida se cruza un mocoso, un chaval con cara de niñato que responde al nombre de Vincent Lauria y al que presta sus resgos un por entonces pipiolísimo Tom Cruise, con su tupé, su pendientito y esa sonrisita entre chuleta y buen chico que jamás ha roto un plato (y que, por desgracia, aún conserva).

Felson, al que el descubrimiento remueve de golpe las entrañas, se propone pastorear al crío, aunque lo suyo le cuesta, con la novia de este, Carmen, conformando un interesante triángulo. El veterano intenta meter en la mollera del novato la idea de que debe ir poco a poco, siguiendo al pie de la letra sus instrucciones, para llegar con piel de cordero a la gran cita de Atlantic City y, allí, mostrar todo su potencial y amasar muchísimo dinero. Vincent, algo así como el Cristiano Ronaldo de los billares, loco por demostrar siempre lo bueno que es, acaba poniéndolo tan complicado que Felson arroja la toalla… hasta que acaban reencontrándose en Atlantic City.

Aunque Scorsese regala planos mágicos y el guión líneas estupendas, amén de mantener el interés en todo el momento, la hora y tres cuartos de metraje no deja en ningún momento lugar a la duda: esto no es El buscavidas. Mucho menos profunda, mucho menos intensa y mucho menos preocupada por hurgar en la psique de los personajes, El color del dinero es, a cambio, una película más fácil de ver e igual de estética. Pero falta esa mística con la que Scorsese se acercó al boxeo en Toro salvaje. Desde luego, no ayuda esa banda sonora netamente ochentera que, para el gusto de un servidor, tiene demasiada presencia.

Que no quede la sensación de que esta es una resaña negativa. Simplemente se trataba de explicar por qué, en lugar de incluirla en nuestra sección Delicatessen, ha ido a parar a la muy digna pero menos sabrosa Fast Cinema.

Al caer el sol


05 Feb

Si de El Cid se decía que ganaba batallas después de muerto, no resulta exagerado afirmar que Paul Newman todavía encandilaba con más de setenta años, el pelo blanco y algo ralo y un asomo de tripa (nada escandaloso). Al caer el sol (Twilight, 1998), que rueda con 73 tacos, nos brinda uno de los mejores papeles en la recta final de su carrera; sin duda, un más que digno anticipo de su última gran interpretación, la del patriarca mafioso John Rooney de Camino a la perdición.

En Al caer el sol compone algo así como una prolongación encubierta de Lew Harper, el detective privado cínico y socarrón que ha pasado a la historia como uno de los papeles arquetípicos de Newman. Su trasunto en la tercera edad es Harry Ross, ex policía y ex detective, de vuelta de todo, con más pasado que presente y futuro. Ross mantiene una extraña relación con una pareja de actores ricachones, los Ames: enamorado de Katherine (Susan Sarandon), a la que divierte juguetear con él, no es extraño que se dedique a lavar los trapos sucios de Jack (Gene Hackman); por ejemplo, cierto viaje a Méjico para traer de la oreja a la pendona de la única hija (Reese Witherspoon), fugada con el noviete de turno. Ross vuelve con ella y con un disparo accidental, que genera cierta leyenda que no deja en buen lugar los atributos masculinos del investigador.

Años más tarde, Jack le pide que entregue un sobre lleno de dinero a una mujer, en lo que parece un turbio caso de chantaje que, sin perder un ápice de turbiedad, se va convirtiendo en cada vez más sangriento, a medida que una panoplia de personajillos, perdedores en su mayoría peleando por un hueso que roer, van cayendo como moscas a golpe de pistola. Con la poco estimable ayuda de un antiguo socio, Ross se dedica a esquivar las balas, los encantos zalameros de Katherine y los celos del moribundo Jack, al que han diagnosticado cáncer, mientras intenta mantener su culo lejos del alcance de la ley (y de cierta detective con la que tuvo una historia años atrás) e intenta desentrañar qué tiene que ver en todo este guirigay la muerte, dos décadas antes, del que era por entonces el marido de Katherine; una muerte nunca aclarada y cuyo secreto está a punto de ver la luz.

Newman está sobrio y comedido pero estupendo como el desencantado y fatigado Ross, tan harto de ser el títere de la pareja de ricos, de nadar entre dos aguas por su amor a Katherine y su respeto a Jack, como implacable a la hora de perseguir el caso hasta el final. Sarandon y Hackman completan el potente trío protagonista, aderezado por secundarios de la talla de James Garner y M. Emmet Walsh. Dirige Robert Benton, un hombre que se ha prodigado tan poco que solo ha rodado una docena de cintas en 40 años, aunque una de ellas es la indispensable Kramer contra Kramer; amén de escribir los guiones de Bonnie and Clyde y Superman.

Trama negra que no aspira a romper moldes y se atiene a las costuras del género, pero bien narrada y con un excelente reparto. Poco más se puede pedir.

El cabo del miedo


28 Sep

No, amigos: Infiltrados (The departed, 2006) no fue el primer remake de Martin Scorsese. 15 años antes, en 1991, el bueno de Marty decidió adaptar otra película, El cabo del miedo (Cape Fear), de la que respetó el título, los personajes y la esencia. Venía Scorsese de entregar la estupenda Uno de los nuestros cuando le llegó, rebotado de Spielberg, el guión que nos ocupa. El hombre tuvo sus dudas, hasta el punto de pasar un año hasta que aceptó ponerse a los mandos. Debía de pensar él que habiendo filmado maravillas como Taxi Driver o Toro salvaje, podía manchar su currículum algo tan poco de auteur como es trabajar sobre algo ya rodado.

Vencidas las dudas, Scorsese acabó volviendo sobre los pasos de J. Lee Thompson, quien, a su vez, había funcionado a partir de la novela The Executioners, de John D. McDonald. Novela que narraba la historia de venganza del ex presidiario Max Cady, un analfabeto que en la cárcel no sólo aprende a leer y escribir, sino que descubre que su abogado defensor, Sam Bowden, no puso toda la carne en el asador para lograr una condena más corta. Bowden antepuso sus escrúpulos a su deber como letrado de oficio; algo que Cady, de vuelta a las calles después de tres lustros, decide que no está dispuesto a perdonarle. Lo que sigue es un toma y daca en el que el convicto le hace la vida imposible al abogado, de forma insidiosa, en un primer momento, pero cada vez más violenta. A cada giro de tuerca de Cady, Bowden reacciona elevando el listón, hasta que opta por las soluciones desesperadas e, incluso, al margen de la ley (con los consiguientes dilemas morales).

Como las comparaciones son odiosas, resulta imposible, y además es menos divertido, no colocar en la balanza ambas cintas, la de 1962 y la de 1991. La primera cuenta con un director de trayectoria modesta, frente al laureado y reconocido Scorsese de la segunda. En el apartado de los actores, a Bowden lo interpretan Gregory Peck y Nick Nolte, por orden cronológico; y, de la misma forma, a Cady lo encarnan Robert Mitchum y Robert De Niro. Aquí reside la principal diferencia. Si en la entrega del 62 Cady era más bien palurdo aunque bastante cabronazo, De Niro lleva su personaje un paso más allá. Todavía en la época en que era capaz de pegar al espectador a la pantalla, en El cabo del miedo desarrolla, por un lado, una de sus famosas transformaciones físicas, aquí ganando kilos y kilos de músculo; y, por otra, se entrega tan a fondo que sirve uno de los mejores villanos de todos los tiempos. Su Cady está loco, obviamente, pero de una forma genuina: su paso por la cárcel ha hipertrofiado tanto su cuerpo como su mente, y al tiempo que es una máquina de matar algo no acaba de funcionar del todo bien en su cabeza, convertida en una sopa de letras donde nadan versículos de la Biblia, renglones de Arthur Miller y sentencias de filósofos.

Con toda justicia, De Niro fue candidato al Oscar. Lo fue también Juliette Lewis como la hija de Bowden, Danielle, excelente en su recreación de una particular mocosa de 15 años con la sensualidad a flor de piel, siempre deseosa de dar rienda suelta a sus instintos, y que desarrolla con Cady una relación similar a la de Caperucita Roja con el Lobo Feroz. Completa el cuadro la madre, Leigh, papel que interpreta Jessica Lange con un punto ausente y mucho de desquiciamiento. Scorsese tenía muy claro que deseaba un hogar desestrucurado y para nada idílico, en el que pudieran aflorar, con la tensión provocada por Cady como detonante, viejas disputas transformadas en reproches. En este sentido, Cady es el catalizador de los fantasmas familiares. Las pasadas infidelidades de Sam reviven ante la amenaza del ex presidiario: obligados a apoyarse los unos en los otros, recluidos en las cuatro paredes del hogar, estallan las hostilidades y se fractura la familia.

La principal virtud del remake, frente al original, está precisamente en que se propone y consigue llevar las cosas al extremo. Propiciado, cierto es, por la censura de la época, la primera El cabo del miedo resulta pacata y conservadora frente a la segunda. El Cady del 91 es mucho más excesivo e impactante, como lo son sus torturas a los Bowden y la respuesta de estos. La segunda El cabo del miedo es más dura, más áspera, más sucia, violenta y descarnada. Es la historia sin concesiones del hombre que lucha por salvar su pellejo frente a la voracidad del otro una vez el sistema se ha probado insuficiente. Como explica el personaje del detective privado, ese mismo sistema es demasiado lento e ineficaz. Al ojo por ojo del bíblico Cady, Bowden se ve abocado a responder tomando la justicia por su mano, él, profesional de la Justicia.

En el debe, Scorsese parece descuidarse en algunos momentos que, de poco creíbles, resultan hasta risibles. Es esto especialmente notorio en la traca final. Sin ánimo de desvelar la trama a quien no haya visto la cinta, algunas escenas, por chapuceramente resueltas, y sobre todo, por poco verosímiles, recuerdan a una (mala) película de terror.

Deja vu


10 Aug

En el trilladísimo departamento del thriller se agradece encontrar de tanto en tanto propuestas que, sin ser absolutamente rompedoras, sí procuran ofrecer algo diferente. En el caso de Deja Vu (2006), la novedad la aporta un sugerente aunque bastante fantasioso giro en la trama.

Denzel Washington encarna a Doug Carlin, agente de la ATF (una más dentra de la sopa de letras de las agencias USA), su clásico personaje con carisma, un punto chulo, un punto descreído, acostumbrado a hacer la guerra por su cuenta, con esa media sonrisa asomando taimadamente a su rostro. Carlin investiga el hallazgo de un cadáver, el de una chica, supuestamente vinculado a una tragedia mucho mayor: un atentado terrorista contra un barco repleto de militares. Ha muerto medio millar de personas y hay que dar caza al responsable.

Carlin, convencido de que capturar al asesino equivale a descubrir al terrorista, acaba emparejado con un peculiar grupo de agentes en un improbable equipo que tiene en sus manos una herramienta tan novedosa como peligrosa: una especie de programa que permite, en primer lugar, rastrear todo lo ocurrido durante los días anteriores. Así, con el Ojo que todo lo Ve, esperan descubrir al terrorista en las horas previas, colocando los explosivos o husmeando por los alrededores. Y aquí viene la vuelta de tuerca: el profano Carlin sugiere a los científicos jugar con el tiempo. Primero envían al pasado una nota con nefastas consecuencias; más tarde, el agente de la ATF decide involucrarse en persona y jugar con los límites de la ciencia.

Dejando a un lado las incontables dudas que suscita la idea, y procurando no ser demasiado quisquillosos con el grado de veracidad del asunto, se consigue disfrutar una historia en la que, a medida que avanza el metraje, van cobrando sentido elementos que aparecían diseminados al comienzo, pero que encajan a medida que disponemos de más información. Precisar más sin destripar el argumento resulta imposible.

Denzel Washington demuestra sentirse en su salsa en una de esas cintas y uno de esos roles a los que nos ha acostumbrado en los últimos tiempos (véanse también A contrarreloj o Fallen, por citar dos ejemplos). Dirige el tinglado su amigo Tony Scott, al que debemos agradecer que se porte bien y olvide sus estúpidas “marcas de fábrica”: efectismos que no van a ninguna parte, como movimientos de cámara dislocados y demás fuegos artificiales. Scott está sorprendentemente comedido aquí.

Deja Vu se presenta como un thriller que sabe evolucionar y, puestas ya las cartas sobre la mesa, ofrecer algo nuevo, aunque el salto implique una pértiga de ciencia-ficción al que se puede poner más de un pero. Se deja ver.

En la cuerda floja


07 Jul

Nueva Orleans, años 80. Una ciudad costera que, al caer la noche, se convierte en un callejón de almas perdidas atraídas por el sexo fácil. Allí coinciden Wes Block, un policía y amantísimo padre de dos niños, y el asesino en serie que aterroriza a la ciudad con sus brutales crímenes sexuales. Block, encargado del caso, se verá acorralado por sus vicios cuando el asesino empiece a perseguirle a él… y a sus mujeres. ¿Un nuevo caso para Harry el sucio? No, una película de Clint Eastwood.

En 1984, a sólo seis años de que  adquiriera esa pose de autor gracias a Sin Perdón, Clint Eastwood afrontaba su carrera como un indiscutible astro del cine que llenaba cines sólo con su presencia, pero sin el reconocimiento de la crítica. Normal, por otro lado. A sus 54 años y después de treinta años de carrera, en su hoja de servicios sólo destacaban dos grandes directores: Sergio Leone (que le catapultó a la fama con su personaje del Hombre sin Nombre) y Don Siegel (que le hizo inmensamente rico gracias a Harry el sucio). El resto, incluidas sus películas como director, eran repeticiones de sus famosos clintismos (como diría Patrick McGillian): pocas pero contundentes frases de diálogo (él mismo exigía que fuese así), peleas, persecuciones, chicas  calentorras y algo de jazz para aliñar la ensalada de conservadurismo. De hecho, sólo sus westerns (Cometieron dos errores, Joe Kidd, El fuera de la ley) sustentaban la etiqueta de “heredero de John Wayne”. El resto simplemente estaba destinado a su gran masa de fans, como demuestran Licencia para matar, Ruta suicida, Duro de pelar, Bronco Billy, La gran pelea o Firefox.

Sin embargo, para Eastwood los 80 fueron una larga travesía de fracasos y éxitos destinada a conseguir la reputación que Hollywood siempre le había negado. Y la primera piedra en el camino fue En la cuerda floja (Tightrope, 1984), que inauguró el Festival de cine de Montreal y recaudó más de sesenta millones de dólares sólo en Estados Unidos. La idea era sencilla: había que sacar a Eastwood de la imagen de policía sin escrúpulos (o directamente fascista, según quien lo mire) que Dirty Harry, sus secuelas y sus pastiches habían forjado una década antes. Había que imprimir profundidad a sus personajes, darles humanidad, sin abandonar, claro está, la imagen de macho. Wes Block, nacido de un guión de Richard Tuggle (a la postre también director del film), le otorgó esa oportunidad.

Block es el verdadero motor de la historia, o al menos la parte más interesante. Abandonado por su esposa y a cargo de dos hijos (la hija mayor interpretada por la propia hija de Clint, Allison), el policía se esfuerza en ser un padre modélico por el día mientras que, al caer la noche, se hunde en la lujuria del barrio francés mientras investiga las muertes de atractivas mujeres a manos de un asesino en serie. Rápidamente la película se divide en tres escenarios: la comisaria, (y sus eficientes policías) el domicilio familiar (llenos de perros recogidos de la calle) y los antros de perversión que visita Block por la noche. A su personaje, bien construido desde el guión, se le escapa inevitablemente esa dosis de culpabilidad y doble moral por mucho que Clint se esfuerce en contenerlo bajo una mirada de piedra. Al menos lo compensa con escenas impropias de él unos años antes: recibiendo una felación, restregándose en aceite con una imponente rubia o practicando el sado en un club de alterne. Nada que pueda escandalizarnos hoy, pero para la época no estaba mal.

Con un arranque algo tedioso y un final demasiado largo (una de las típicas persecuciones de Clint), En la cuerda floja es uno de esos films de los 80 repletos de primeros planos, chicas sexys y psicoanálisis barato, que hoy puede parecer algo desfasado, pero que aún conserva su fuerza en la frialdad del montaje, casi sin acompañamiento musical. O cuando, en algunos planos,  el asesino, al que sólo identificamos con una máscara o por sus zapatillas, se presenta en las correrías de Block sin que éste se dé cuenta. De hecho, los recursos a veces recuerdan a las películas policiacas de los años 30 y 40 (los pasos en la noche, las sombras) e incluso al suspense hitchconiano (Block convertido en asesino en su propio sueño, los flashback de las mujeres muertas) pero con peor factura técnica y una horrorosa iluminación, como si Eastwood, productor además de protagonista, se hubiera olvidado de pagar la factura de la luz.

Clint sigue siendo un tipo duro, aunque con algunas concesiones a la galería. Sus mejores escenas son las que comparte con su propia hija, mientras que en la comisaría se le ve acartonado y sin que el personaje refleje ninguna evolución, a pesar de que están salpicadas por todo el film (seguramente porque se rodaron todas a la vez). Coprotagoniza la actriz Genevieve Bujold, aunque su personaje se diluye con el paso de los minutos hasta ser totalmente prescindible.

Con todos sus defectos, una película interesante en la filmografía del Clint pre-Oscar que contentará tanto a los fans más acérrimos como a los que busquen algo más que un “alégrame el día”.

Instinto básico


03 Jun

Emulando a Silvester Stallone y su febril escritura del libreto de Rocky, el guionista Joe Eszterhas parió Instinto básico (Basic instinct, 1992) en unas dos-tres semanas en las que no dejó de escuchar a los Rolling Stones. Es posible que a este húngaro cuya familia se mudó a Cleveland cuando tenía seis años le duela comprobar que, casi 20 años después, si por algo es recordada la cinta es por una simple escena: la de Sharon Stone, en pleno interrogatorio, dejando a los policías sin habla con el cruce de piernas (sin ropa interior) más famoso de la historia del cine; escena que, para más inri, no estaba en ese guión por el que recibió tres millones de dólares, cifra escandalosa por aquel entonces.

Haciendo justicia con el amigo Eszterhas (cuyo impronunciable apellido no volveré a teclear), Instinto básico fue y es mucho más que esa escena, sin duda todo un hallazgo del director holandés, Paul Verhoeven, quien a su vez será más recordado por truños del calibre de Starship Troopers y Showgirls, esta última con guión, también, del inmigrante húngaro. Fue, y es menos ya, ante todo, una película valiente por su elevada carga sexual: Michael Douglas y Sharon Stone se pasan buena parte del metraje en pelota picada y retozando, con el aderezo de que ella no oculta su bisexualidad al tiempo que existen poderosos argumentos para sospechar que ha despachado a su anterior amante con un punzón para picar hielo.

Y es la trama policiaca, por seguir haciendo justicia, lo que verdaderamente merece la pena de Instinto básico. Aunque siempre caminando sobre el desfiladero que separa lo brillante de lo cutre, el guión del húngaro engancha gracias a la historia de esa fría y calculadora presunta asesina cuya vida es una sucesión de asesinatos no aclarados (sus padres, un profesor, su amante) que, por si fuera poco, encuentran parangón en las novelas que ella misma publica. El razonamiento es el siguiente: ¿sería tan tonta de describir en mis libros mis propios crímenes? Al mismo tiempo, ¿no se convierte esto en una coartada cojonuda? Constantemente en el alambre, la fascinante y seductora Catherine Tramell va de juego en juego, manejando a su antojo a hombres y mujeres, desinhibida y manipuladora, psicópata y peligrosa, una carta guardada en la manga y una intención perversa bajo una máscara de inocencia.

El estupendo personaje de Tramell le debe muchísimo a Stone, hasta entonces casi una perfecta desconocida con papeles en su CV como Loca Academia de Policía IV, pero cuyo nombre había empezado a sonar gracias a Desafío total, donde ya demostraba hasta dónde podía llevarla un físico si no espectacular, sí subyugante. En Instinto básico explota todas sus cualidades y está totalmente creíble en la piel de un personaje increíble. Sus juegos tienen por destinatario favorito al detective Nick Curran, poli camorrero, siempre metido en líos, al que su adicción a la coca y su gatillo fácil le han puesto en serios apuros, con varios turistas muertos de forma ¿accidental? en su haber. Presionado por Asuntos Internos, el hiperactivo y adrenalínico Curran se zambulle de cabeza en el enigma Tramell, convirtiéndose en su amante/perseguidor, jugando al peligroso juego que le propone la rubia explosiva. Su personaje es otro caramelo y otro hallazgo del guionista húngaro, y de nuevo, se beneficia del buen trabajo del actor que lo encarna, un Michael Douglas fogueado en la tele y conocido por roles en Atracción fatal, Wall Street y Black Rain.

Aunque la sombra del telefilm de sobremesa, de la serie B, planea constantemente sobre la película, Instinto básico engancha porque sus dos personajes principales están construidos de forma soberbia y porque la premisa es original: asesina (presunta) en lugar de asesino y policía que es de todo menos trigo limpio. La trama, es cierto, puede pecar de algo tramposilla, y algún que otro requiebro está cogido con pinzas, pero actualiza a su manera poco ortodoza el género de las historietas hard-boiled con no poca maestría. Y sí: incluye además la famosa escena del cruce de piernas.

Giro al infierno


19 Apr

En 1997 Oliver Stone sorprendió a propios y extraños al presentar Giro al infierno (U Turn), una película que el director neoyorquino definió así: “una película pequeña que me gustaría ver como si fuera un adolescente”. Quizás porque venía de entregar la seria Nixon, Stone decidió regresar (en cierto modo) a la senda de la mucho más desmadrada Asesinos natos. Lo consiguió a medias, aunque el resultado, por más que peque de efectista y pirotécnico, deja un buen sabor de boca.

El arranque tampoco es de una originalidad para volvernos locos: un tío misterioso, Bobby Cooper (interpretado por Sean Penn) atraviesa la árida Arizona cuando su Mustang decide que hasta ahí ha llegado y algo se rompe en el motor. Tirado en un pueblo de mala muerte, Superior, Bobby se dedica a matar el tiempo mientras el lerdo Darrell (un irreconocible y tripón Billy Bob Thornton) supuestamente arregla el desaguisado. Bobby no tarda demasiado en darse cuenta de que la fauna local oscila entre lo atípico y lo peligroso: desde la calienta-braguetas Grace (Jennifer López) y su turbio marido Jake (estupendo Nick Nolte), a un inquietante y ciego indio (también irreconocible John Voight), pasando por el espídico Toby (un pipiolo Joaquin Phoenix) y su pirada novieta Jenny (Claire Danes). Semejante caterva va colocando a Bobby en situaciones absurdas, mortíferas e ilegales que no hacen sino complicar aún más su delicada existencia, y es que Bobby ha aterrizado en Superior cuando se disponía a saldar cierta deuda con unos matones de Europa del este.

Sabedor de que su premisa argumental (el forastero enfrentado a un entorno hostil/caótico) tampoco es nada del otro mundo, Stone se dedica a trabajarse el envoltorio con mucha pirotecnia y bastante poca vergüenza, más efectista que efectivo, menos preocupado por narrar que por adornar, deleitándose con lo superfluo antes que atender a lo verdaderamente crucial. Llegados a este punto, sólo quedan dos opciones: aborrecer de su propuesta o seguirle el juego.

Conviene hacer lo segundo. Más allá de los excesos, el cast es sobresaliente, con un Sean Penn en plena forma que encarna con soltura al pendenciero y eterno perdedor Bobby, bien flanqueado por unos sólidos secundarios en los que ni siquiera J-Lo, por aquel entonces todavía abanderada del rollo latino, y no sometida a cremas y otros procesos de blanqueado y tuneo anglosajón, llega a desentonar, bien en el papel de india ligerita, calentona y con un poso bastante retorcido.

Mención aparte merece la partitura del gran Ennio Morricone, todo un lujo para un proyecto que nunca deja de desprender un aroma a rareza outsider. El compositor de la Trilogía del Dólar sirve aquí un score inquietante, que contribuye a crear esa atmósfera de permanente desasosiego que tan bien casa con las bajísimas intenciones de los personajes que pululan bajo el enloquecedor y alucinógeno sol de Superior, Arizona.

Giro al infierno no es, desde luego, la mejor película de Stone. Platoon, JFK, Asesinos natos, Nacido el 4 de julio e, incluso, Wall Street son obras a las que conviene aproximarse primero. Pero como rara avis, como plato fuera de carta, no desdeñemos su capacidad para saciar otras apetencias cinéfilas más allá de lo convencional.

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Intacto


07 Apr

En 2001, el tinerfeño Juan Carlos Fresnadillo demostró que era un director con cosas que contar, una voz nueva y diferente capaz de salirse de los raíles de una industria, la del cine en España, habituada a funcionar siempre en una misma y trillada dirección. Lo hizo con Intacto, un thriller con cierto toque sobrenatural de resultado y factura más que encomiables.

Intacto habla de / juega con la suerte, ese artefacto tan efímero y que, solemos pensar, escapa a nuestro control. La radicalidad del planteamiento de Fresnadillo procede de sugerir que no es así: existen personas, aunque muy pocas, que tienen la suerte de su lado. Son un puñado de personajes a cual más peculiar, pero digamos ya que juega un papel clave un extraño casino regentado por un judío y emplazado, prácticamente, en medio de la nada, en un paisaje que, más que montañoso, tiene resonancias lunares, cortesía de la orografía de la tierra del cineasta.

Controlar la suerte, arrebatarla a otros, apostar con ella. Moteles y bosques se convierten en los lugares idóneos para llevar a cabo macabros juegos en los que sólo puede resultar ganador uno de los apostantes, previa entrega de fotografías en Polaroid de incautos terceros, símbolos sencillos pero macabros de una carencia total de escrúpulos. El protagonista, Tomás, interpretado por Leonardo Sbaraglia, es el único superviviente de un accidente de avión. Se enfrenta a otros tíos con suerte, como un torero al que nunca han cogido en la plaza. Incluso la policía encargada de su caso y de darle caza tuvo la fortuna de su lado en un accidente de tráfico en el que perdió a su familia.

Intacto es un relato amargo. Lo es aún más por ser una historia de venganza, la que promueve Federico, al que encarna un sobrio Eusebio Poncela, un hombre cuyo único objetivo en la vida es resarcirse de la pérdida de su propio don a manos del misterioso dueño del casino. Fresnadillo impone al conjunto de la película un tono desolado que contribuye a acentuar la sordidez de las pruebas a las que se ve sometido Tomás, que emprende un extraño deambular con Federico como cicerone sin conocer demasiado bien sus motivos.

Mención aparte merece la figura de Max Von Sydow, quien da vida al enigmático judío. Cada vez que el veterano actor irrumpe en la pantalla, la película crece con la misma fuerza que Von Sydow le imprime a su personaje, un hombre que destila amargura por todos sus poros y que ha convertido su vida en un constante desafío a la suerte. Aunque, como contrapartida, el resto de actores revelan sus limitaciones cuando comparten plano con él, contar con Von Sydow es un lujo de proporciones difícilmente ponderables.

Intacto abrió a Fresnadillo las puertas de Estados Unidos, donde desgraciadamente, en todo este tiempo, sólo ha tenido la oportunidad de demostrar su valía en 28 semanas después. Pero sirva esta cinta como prueba de que otro cine español sí es posible. Cine de género con identidad propia, sin buscar el calco del modelo americano, pero sin caer en concesiones chuscas (más allá del personaje del torero). Una propuesta arriesgada y meritoria que quizás no se ha sabido valorar en su justa medida.

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Dóberman


14 Feb

El género de acción en Europa tiene algo que, definitivamente, lo diferencia y aleja del que se cocina en Estados Unidos. Como dice en un momento de Dóberman (Dobermann, 1997) el estupendo personaje del inspector Cristini, “esto no es Hollywood”.

Efectivamente, no es Hollywood, sino Francia, Europa. Y como no es Hollywood flota en el ambiente la sensación de que todo está permitido, de que no hay por qué rodar con las ataduras que impone la moral estadounidense: por supuesto, los desnudos están más que bienvenidos, pero es incluso en la parte violenta, donde en los USA están un poco más dispuestos a hacer la vista gorda, donde las cosas se llevan mucho más al extremo. Existe como una raya imaginaria que delimita, en América, hasta qué punto es aconsejable llegar. Por eso “los malos”, de una u otra manera, acaban pagando, y por eso “los buenos” se salen siempre con la suya; niños, mujeres y mayores quedan fuera de la ecuación; y sí, es posible que la sangre corra a chorros, pero respetando ciertas convenciones: desde luego, nada de introducir una granada en el casco de un poli motorista que acaba reventando tras pedir a los transeúntes que no se acerquen a ayudarle…

En esencia, lo que ocurre con la acción a la europea, y especialmente con la francesa, es que el resultado, avance por el camino que avance, parece tender al desmadre. Lo cómico se encuentra a flor de piel, los personajes son más histriónicos y todo se encara con cierto desparpajo, con cierta conciencia de que tampoco lo que hay entre manos (unos ladrones robando bancos, unos polis intentando meterlos en la cárcel) es como para tomarlo demasiado en serio. No se buscan las motivaciones: el protagonista, Dóberman, no tiene ninguna trauma, más allá de que le regalaran su primera pistola el día de su bautizo. Es un cabronazo, y punto. Un tipo que disfruta robando y matando. Su némesis, el mencionado Cristini, tampoco es un santo: es uno de esos maderos a los que no les gusta “seguir el libro”, por traducir una expresión muy de USA; un sujeto filonazi al que deleitan los interrogatorios extremos y que está tan pasado de rosca que sus métodos no difieren demasiado de los que usan los maleantes. Así que en lugar de tener, como suele ocurrir, las dos caras de un mismo espejo, lo que tenemos es un psicópata y su reflejo.

Orquestada en forma de golpe-persecución-golpe-persecución, con traca final en discoteca claustrofóbica, Dóberman destaca por su anfetamínica puesta en escena, su ánimo transgresor y su caudal adrenalínico. Películas desfasadas hay unas cuantas, pero con un director detrás que consiga que no se le desboque el caballo… si lo pensamos, no tantas. A Jan Kounen hay que reconocerle eso. Del resto se encargan un Vincent Cassel sorprendentemente comedido y el desatado Tchéky Karyo, bien secundados por una galería de personajes-límite (“El abad”, “Mosquito”, “Pitbull”) de la que la menos interesante es “la chica”, Monica Bellucci, ya por entonces pareja de Cassel, a la que Kounen acierta entregando el rol de sorda, de tal forma que no tiene ni una línea de diálogo y se limita a lucir palmito.

Aquellos que esperen ortodoxia y cumplimiento de las normas, renegarán de Dóberman. Comulgarán, en cambio, quienes agradezcan unas cuantas dosis de locura y una estética más cercana al cómic, que si bien sacrifica el realismo, aumenta considerablemente el entretenimiento.

Furia de titanes


05 Oct

clash_of_the_titans

A unos meses de que se estrene el remake de Furia de Titanes (Clash of the titans, 1981), la nostalgia es un argumento tan válido como cualquier otro para revisar este curioso pastiche mitológico de espíritu aventurero y con la sana intención de entretener sin ofrecer excesivas lecciones de Historia.

Y es que poca enjundia histórica adorna a la trama por más que esté ambientada en la Antigua Grecia, la de los dioses  y semi-dioses, criaturas excepcionales que tenían como pasatiempo interferir en la vida de los humanos; a menudo, para complicarles las cosas. Los helenos tenían una visión de la divinidad bastante poco condescendiente: Zeus y compañía son capaces de incurrir en las pasiones más bajas y utilizar al mismísimo hijo del jefazo del Olimpo como ariete de sus disputas. Sí, los dioses son envidiosos, rencorosos, vengativos. Y si Zeus se empeña en proteger a Perseo, castigando a su padre y a quien haga falta, Tetis se venga a través de su propio retoño, Calibos, al que Zeus ha deformado convirtiéndolo en un ser tan despreciable que ha montado su guarida diabólica en los pestilentes marismas, donde nadie se acerca. Por medio, como es habitual, anda una chica, la princesa Andromeda, a cuya mano aspira Perseo. La tarea, sin embargo, tendrá su miga. Por el camino habrá de vérselas con las tres Brujas Estigias, cruzar en la barca de Caronte, medirse a un Cancerbero de dos cabezas (problemas de presupuesto) y a la Medusa… ¡y enfrentarse al Kraken! Como suena. Un miembro de otra mitología, la escandinava, utilizado recientemente en Piratas del Caribe, aparece en escena, y no en un papel precisamente menor. Cosas de Hollywood, aunque el guión lo firme un estudiante de Mitología.

El collage resultante se articula de forma tan entretenida como ingenua, y al tiempo, poco original. Al período de aprendizaje del héroe siguen el desafío y el posterior viaje en el que ir superando una prueba tras otra, hasta el enfrentamiento final con el “malo” de turno que se traduce en recompensa (la princesa). Un esquema básico sazonado con diálogos facilones, cuando no ramplones, enfrentamientos coreografiados de forma tirando a elemental y poco trabajo de trilla en el guión más allá de reunir personajes mitológicos e ir dándoles cabida de forma más o menos coherente.

El mayor mérito reside en que el director, Desmond Davis, y su equipo no se arredraron ante los enormes desafíos que, para la época (1981), suponía un buen puñado de escenas. Es de esperar que en la inminente nueva versión, prevista para 2010, las nuevas tecnologías finiquiten esos problemas de un plumazo. Hace 28 años, que la cosa saliera más o menos creíble recayó prácticamente en una sola persona, o quizás algo más, pues hoy ya posee el estatus de mito: Ray Harryhausen, inspiración de tantos que siguieron sus pasos en el entonces arduo campo de los efectos especiales. Todo un tour de force debieron de suponer el mencionado Kraken, emergiendo del mar; los vuelos a lomos de Pegaso; Medusa, el buitre de Calibos y, básicamente, toda criatura no humana que pulula por la pantalla. Hoy, las imágenes de Poseidón abriendo a pulso la guarida del titán marino mueven más a la risa que al asombro, pero la clave está en no perder la perspectiva.

Furia de titanes, más que una maravilla, es una pequeña joya del género aventurero con ribetes de ciencia-ficción en la Prehistoria de los efectos especiales como hoy los entendemos, y como tal hemos de valorarla. Concedámosle también el mérito de no haber incurrido en demasiados excesos trash, más allá de los rayos que brotan de la cabeza de Zeus. Y olvidemos que, empezando por el protagonista, Harry Hamlin, muchos de sus integrantes acabaron siendo pasto de telefilm, salvo las honrosísimas excepciones de sir Laurence Olivier y Maggie Smith. Veámosla con ojos condescendientes y un afán, como decíamos, nostálgico, y sabremos disfrutarla.

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