Las comparaciones son odiosas. Tanto como inevitables. Resulta, así, casi imposible visionar El color del dinero (The color of money, 1986), la continuación (25 años después) de El buscavidas y no trazar constantemente paralelismos; intentar determinar qué es mejor en una y peor en otra; sacar punta a las respectivas interpretaciones de Paul Newman; colocar en la balanza la dirección de Robert Rossen y Martin Scorsese. Las comparaciones son odiosas e injustas: El buscavidas es una cinta inmortal; El color del dinero, una digna y entretenida prolongación.

Scorsese se llevó finalmente el Oscar, largamente merecido, por Infiltrados, un remake. Años antes ya había puesto a prueba el aguante de los más puristas atreviéndose con una secuela (cierto que en una época en la que no eran epidemia). Newman, al que no le importaba retomar personajes (véase Harper) aceptó el reto y cantó bingo: también para él se acabaron los años de menosprecio y se llevó la estatuilla. Lo hizo con una película de mucho menos lustre que tantas y tantas de su privilegiada filmografía. Cosas de Hollywood.
Newman vuelve sobre los pasos y los trucos de salón de billar de Eddie Fast Felson, aquel legendario chulazo que manejaba los tacos mucho mejor que su propia existencia. El buscavidas nos regalaba aquella famosa escena final, la del canto del cisne de un chico al que todavía parecían quedarle muchas partidas para el recuerdo y aún más primos a los que timar. He aquí que reaparece un cuarto de siglo después, reciclado en próspero empresario etílico en cuya vida se cruza un mocoso, un chaval con cara de niñato que responde al nombre de Vincent Lauria y al que presta sus resgos un por entonces pipiolísimo Tom Cruise, con su tupé, su pendientito y esa sonrisita entre chuleta y buen chico que jamás ha roto un plato (y que, por desgracia, aún conserva).
Felson, al que el descubrimiento remueve de golpe las entrañas, se propone pastorear al crío, aunque lo suyo le cuesta, con la novia de este, Carmen, conformando un interesante triángulo. El veterano intenta meter en la mollera del novato la idea de que debe ir poco a poco, siguiendo al pie de la letra sus instrucciones, para llegar con piel de cordero a la gran cita de Atlantic City y, allí, mostrar todo su potencial y amasar muchísimo dinero. Vincent, algo así como el Cristiano Ronaldo de los billares, loco por demostrar siempre lo bueno que es, acaba poniéndolo tan complicado que Felson arroja la toalla… hasta que acaban reencontrándose en Atlantic City.
Aunque Scorsese regala planos mágicos y el guión líneas estupendas, amén de mantener el interés en todo el momento, la hora y tres cuartos de metraje no deja en ningún momento lugar a la duda: esto no es El buscavidas. Mucho menos profunda, mucho menos intensa y mucho menos preocupada por hurgar en la psique de los personajes, El color del dinero es, a cambio, una película más fácil de ver e igual de estética. Pero falta esa mística con la que Scorsese se acercó al boxeo en Toro salvaje. Desde luego, no ayuda esa banda sonora netamente ochentera que, para el gusto de un servidor, tiene demasiada presencia.
Que no quede la sensación de que esta es una resaña negativa. Simplemente se trataba de explicar por qué, en lugar de incluirla en nuestra sección Delicatessen, ha ido a parar a la muy digna pero menos sabrosa Fast Cinema.









