Archive for the ‘Imprescindibles’ Category

El puente sobre el río Kwai


06 Dec

Ya no se hacen películas como antes. Es cierto. No es un arrebato nostálgico, sino la constatación de una realidad. Hoy, 2011, siglo XXI, es difícil concebir un filme como El puente sobre el río Kwai (The bridge on the river Kwai, 1957), con sus dos horas y media de duración, un reparto casi exclusivamente masculino, sin historia de amor (salvo un leve postizo) y rodada durante seis meses en una localización casi exacta a la historia en que se inspira (Sri Lanka por Birmania), con los personajes reflexionando sobre sus motivaciones en la vida en detrimento de un mayor porcentaje de escenas de acción.

El puente sobre el río Kwai nos retrotrae a la Segunda Guerra Mundial, en la que se ubica la acción, a través de un hecho muy concreto, puntual, que sirve de paradigma de la contienda. Un grupo de soldados británicos, capturados por el ejército japonés, se ven obligados a construir un puente sobre un río, por el que discurrirá un tramo de la línea de ferrocarril con la que los nipones quieren comunicar todo el este de Asia. Quien manda en el campo de prisioneros es el poco razonable coronel Saito, al que se la trae el pairo cualquier ley internacional y exige que todos, del primero al último, oficiales incluidos, se pongan a trabajar para tener su puente listo a tiempo. Lo que no sabe el irascible Saito es que ha dado con un tipo tan testarudo como él, sino más, su homólogo Nichols, que resiste como un titán un encierro inhumano hasta que Saito da su brazo a torcer y libera a los oficiales del trabajo manual. Nichols, reforzada su posición, se implica en la construcción del puente hasta el punto de convertirla en una causa personal, en un motivo de orgullo. En paralelo, un grupo de comandos, que incluye al evadido americano Shears, prepara la demolición del puente.

La película, basada en hechos reales, aunque se permite numerosas licencias, barrió en los Oscar con siete estatuillas, incluidas las de mejor película y mejor director y actor para David Lean y sir Alec Guinness, respectivamente. Lean, por entonces necesitado del dinero, aceptó un proyecto que ya había recibido varias negativas a pesar de la capacidad de persuasión del productor Sam Spiegel: eran muchos meses de rodaje en medio de un calor y una humedad brutales, y ciertamente con las comodidades brillando por su ausencia. Guinness tampoco fue precisamente la primera opción, y no resultó fácil convencerle. El personaje de Nichols, hombre de férreas convicciones, de esos que idealizan el honor y el cumplimiento del deber hasta rallar en el suicidio, resultaba un hueso duro de roer, con esa ceguera que le lleva a hacer suyo un proyecto de los japoneses. Para muchos actores británicos, la novela del francés Pierre Boulle, en la que se basaba el libreto, era un ataque a su país. Por suerte, Guinnes dijo sí y brindó una de sus mejores actuaciones bajo la guía de Lean, en una relación que no fue nada sencilla.

Lo más impactante de El puente sobre el río Kwai para el espectador actual es encontrar mensajes tan anti-belicistas y poco complacientes con la parafernalia militar puestos en la boca de determinados personajes, especialmente el americano Shears, pero también el doctor Clipton. Ambos intentan, sin conseguirlo, abrir los ojos de Nichols para que se despoje de esa venda que le impide ver que, en medio de la selva, a nadie le importa un bledo su respeto inflexible por los códigos más rancios del deber castrense. Shears se llega a marcar un discurso en el que reivindica el vivir como seres humanos antes que inmolarse para la posteridad. Nada que ver, sin embargo, con el famoso monólogo de Nichols sobre el puente que ha hecho suyo para disgusto de Saito.

Ese puente acaba convertido en símbolo de obsesiones y epicentro de un enfrentamiento final que novela y película conciben como espejo de la locura irracional de la guerra. En último término, ya no se trata de defender tal o cual bandera, sino de vivir por vivir o vivir por unos ideales. Ideales que son corazas y también vendas, que definen dramas individuales en medio de una tragedia mucho mayor. A menudo, cuando esos ciegos Quijotes detectan su error, ya es demasiado tarde.

Delitos y faltas


19 Apr

La última gran película de Woody Allen, Match Point, no deja de ser una revisión de otra de sus mejores cintas. Estrenada en 1989, Delitos y faltas (Crimes and misdemeanors) recorría la misma senda: la que lleva al pecador desde la infracción que ha cometido hasta el momento en que ha de hacer frente a sus actos, atravesando un camino, el del remordimiento, lleno de espinas.

Se podría decir que Delitos y faltas sitúa el arranque de la historia más tarde. Esto es, cuando ya su protagonista había afianzado su posición y la veía amenazada por una mujer que amenazaba con romper su idílico matrimonio. En el 89, Allen optó por no retratar el ascenso de Judah Rosenthal, sino acudir directamente al momento en que su amante, una azafata a la que conoció durante un vuelo, le coloca en una posición que no admite retorno: o le confiesa a su mujer su doble vida, o lo hará ella. Desesperado, incapaz de encontrar una solución en los consejos de un amigo rabino, opta mira al otro lado, como en los dibujos animados de la era del cartoon, y encuentra al demonio encarnado en su turbio hermano. Tras jugar a hacerse el digno, Judah acaba por aceptar la radical solución que el otro le propone. Es entonces cuando le corroe la culpa, le asaltan los sentimientos religiosos y le abruma el recuerdo de su padre.

La diferencia fundamental con respecto a Match Point reside en que Delitos y faltas se escinde para dar cabida a otro personaje. Woody Allen se (y nos) regala uno de sus maravillosos caracteres en la figura de Cliff, un director de documentales al que le cae el encargo de rodar un trabajado laudatorio a mayor gloria de su cuñado, un engreído insufrible al que odia con todas sus ganas; un triunfador en el que ve reflejado, pero a la inversa, el poco fuste de su carrera. No mejora las cosas el hecho de que la chica que le gusta es objeto de interminables lisonjas por parte de su némesis. Al tiempo, el matrimonio de Cliff está a punto de irse a pique y a su hermana le ocurre de todo cuando acude a la sección de anuncios por palabras en busca del amor. Personaje, en principio, que nada tiene que ver con el de Judah, actúa sin embargo como excelente contrapunto.

Acudir al Woody Allen anterior a la pasada década es asomarse al trabajo de un director genial que tejía diálogos insuperables y regalaba planos tan sencillos como únicos. Sabía, además, rodearse de gente con talento. Martin Landau ha estado pocas veces tan bien como aquí, interpretando al torturado Judha. Alan Alda, por su parte, borda el rol del odioso Lester, como bordaría más adelante su interpretación, secundaria pero deliciosa, en Misterioso crimen en Manhattan.

Es un ejercicio de nostalgia, pero seguramente el propio Allen querría esto: que, como el personaje de Cliff, nos entregáramos a las películas de su gran etapa y gozáramos, sin más, del buen cine.

Grupo salvaje


23 Dec

Una apertura llena de nervio y un final sublime que conjuga lo violento con lo melancólico. Y, en medio, casi dos horas de metraje, el relato de un mundo que se desmorona, el retrato de unos hombres acorralados, fugitivos que envejecen al mismo tiempo que su profesión se va pudriendo. Esto es Grupo salvaje (The wild bunch, 1969), la película de Sam Peckinpah que hizo torcer el morro al mismísimo John Wayne.

No es de extrañar el enojo de El Duque. De todo menos idílica es la aproximación al western de Peckinpah, fogueado en la televisión y que había despachado ya un par de películas, la última, Mayor Dundee. En Grupo Salvaje deconstruye el Lejano Oeste en una línea similar a la de Sergio Leone y su spaghetti western, aunque menos histriónica y más violenta. El arranque, en el pueblo de Starbuck, sienta las bases de la persecución a cara de perro entre la banda liderada por Pike Bishop y el grupo de desarrapados que han puesto al servicio de su otrora amigo y ahora rival Deke Thornton. El Grupo Salvaje de Pike, disfrazados con uniformes del Ejército, asalta un banco y huye a sangre y fuego mientras caen, indiscriminadamente, miembros de ambos bandos y de una procesión religiosa que alerta sobre los riesgos del alcohol, en los años previos a la Prohibición.

Pike y los suyos, tras sembrar de cadáveres las tranquilas calles de Starbuck, ponen rumbo a Méjico. En el país vecino se cruzan sus destinos con los del general Mapache, truculento personaje que, entre bacanal y bacanal, guerrea con más torpeza que tino contra Pancho Villa. Mapache necesita armas y munición, justo lo que transporta un tren federal, justo el trabajo idóneo para el Grupo Salvaje, justo el último trabajo con el que apropiarse de un buen botín y, tal vez, colgar las pistolas. Al menos, eso se propone Pike. Se interponen en su camino no solo el infatigable Thornton, pegado a sus talones, y las pésimas intenciones de Mapache, sino también el corazón caliente del mejicano Ángel, que mata por despecho a la fulana del general, antaño novia suya.

Dos horas de celuloide que sirven de antesala a la traca final, todo un prodigio de planificación y montaje para el que fueron necesarias casi dos semanas de trabajo. Una escena espectacular que le ha granjeado fama imperecedera a Sam Peckinpah. El auténtico meollo, el mensaje que quiso transmitir, el motivo del enfado de Wayne, reside en lo que nos ha contado antes. Pike sueña con dejarlo, pero ni él mismo está demasiado convencido. ¿Qué hará después?, inquiere su hombre más próximo, Dutch. ¿Para qué sirven, más allá de robar, matar, beber y frecuentar burdeles de mala muerte? El mundo ha ido cambiando a su alrededor mientras ellos se dedicaban a hacer lo mismo de siempre. Están más gordos, más lentos y más canosos en un Oeste dirigido por los amos del ferrocarril, al que han llegado los primeros automóviles, armas que escupen cientos de balas por minuto. Méjico, desgarrado por las luchas sin cuartel de sus generalitos sedientos de alcohol y oro, ya no es aquel refugio seguro a tan solo unos kilómetros, al otro lado de la frontera.

Peckinpah se aplica a demoler todo lo levantado por John Wayne y demás nostálgicos de aquella época de pioneros, de hombres rudos pero valientes, que sentaron las bases del Imperio. Donde El Duque veía enormes praderas y vibrantes duelos de revólver, Peckinpah, como ya habían empezado a hacer otros, detectaba seres viles y embrutecidos, movidos por la codicia, a los que importaban más sus viriles códigos de honor que cualquier vida humana. Su Grupo salvaje lo forman un grupo de hombres que, más que huir de aquellos que han puesto precio a su cabeza, huyen del destino que quiere sepultarles, de una modernidad que les muerde los talones como coyotes hambrientos.

El sello inconfundible de Peckinpah, un montaje prodigioso, un guión (Peckinpah incluido) que fue candidato al Oscar y un reparto sólido y brillante son las virtudes de Grupo salvaje. Reparto en el que descollan William Holden como Pike; Ernest Borgnine como Dutch; Robert Ryan como Thornton; y Edmond O’Brien como el viejo Sykes; sin olvidar los magníficos actores mejicanos que encarnan a Mapache y su ejército imposible, en el que tienen cabida hasta un par de alemanes salidos de ninguna parte.

Grupo salvaje es un tiro en la cara, una descarga de metralla que lo barre todo a su paso; al final solo queda el polvo que rodea, fantasmal, al cabizbajo Thornton, vacío pese a haber cumplido su misión; vivo pero derrotado; consciente de que los viejos y bonitos, pero violentos y obsoletos días del Lejano Oeste agonizan sin remedio.

El guateque


16 Dec

En la infravalorada tv movie Llámame Peter (The life and death of Peter Sellers, 2004) se ofrecen pistas, más allá del genio desmesurado (y autodestrutivo) de Sellers de la difícil relación que tuvo con el director y guionista Blake Edwards, fallecido pocas horas antes de que se escriban estas líneas. El tándem ha pasado a la historia por la saga de cintas, a cual peor, y de la que sólo se salva la primera, de La pantera rosa, a supuesta mayor gloria del torpe Inspector Clouseau. Pero fue en El guateque (The party, 1968) cuando la unión de sus fuerzas dio como resultado algo genuinamente genial.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, el título traducido supera al original, un soso The party. Igual de escueto, menos de 60 páginas, era el libreto a partir del cual se rodó la historia del extra más lamentable de la gran pantalla, Hrundi V. Bakshi, aspirante indio a actor que no se cansa de meter la pata. Tras arruinar la enésima toma, su director se harta de él y el productor adopta la decisión de echarle a la calle. Una confusión -unos papeles que se mezclan- provocan que, lejos de ser despedido, Bakshi acabe… invitado al fiestorro o guateque del jefazo.

Lo que sigue desde este momento hasta que la película deriva en un folletín de amoríos sesentero es un despliegue sin igual del maravilloso talento de Sellers para la comedia absurda y descacharrante. Edwards, sabedor de que no era un actor para atar en corto, sino que rendía a su máximo nivel cuando se le dejaba improvisar, permitió precisamente esto. En cuanto gritaba “acción”, Sellers, transformado en el torpón Bakshi, se dedica a ejecutar, de forma completamente involuntaria, los mayores despropósitos imaginables, siempre a punto de arruinar la celebración. Cualquier elemento de su vestimenta, de la mansión o de la cena es susceptible, en manos de Bakshi, de convertirse en un arma de destrucción masiva. Bakshi es un generador de caos enchufado a su máxima potencia que actúa a modo de agujero negro: absorbiendo cuanto se ofrece a su alrededor para destruirlo mientras arranca las carcajadas del espectador, incapaz de anticipar en que derivará la última y aún más catastrófica metedura de pata del pobre extra indio. Una manada de elefantes desquiciados no habrían ocasionado un estropicio más espectacular.

Después, sí, está esa media hora final que sobra por completo. Pero el espectáculo está servido. Sirva esta reseña para animar al visionado de El guateque, una cinta que recoge momentos cómicos difícilmente superables. Pero, sobre todo, como homenaje al difunto Blake Edwards. Y, de paso, a Peter Sellers.

El buscavidas


27 Nov

Paul Newman solo interpretó el mismo papel dos veces en su larga y magnífica carrera: el del timador y genio del billar ‘Fast’ Eddie Felson. Lo hizo en dos películas separadas 25 años: El buscavidas (1961) y El color del dinero (1986). Recibió su único Oscar por la segunda, aunque mereció el mismo reconocimiento por la primera, cuando se quedó a las puertas de la gloria.

El buscavidas, bajo su apariencia de hagiografía del billar, es en realidad una película de perdedores. Eddie Felson merece tributo como uno de los primeros arquetipos de antihéroe de Hollywood. El director y guionista Robert Rossen tenía muy claro que quería escarbar en la vida y miserias de un chico con tanto talento como falta de carácter, un truhán nacido para embocar bolas en una mesa de billar que se ha ganado siempre la vida timando a los incautos. La habitual pésima traducción del título original, The hustler, no acaba de ponernos sobre la pista de la historia que nos van a contar, pero, afortunadamente, Rossen diseñó un magnífico prólogo en el que vemos a Felson en plena acción y descubrimos a qué nos enfrentamos: a uno de esos pillos que se dejan perder durante un rato, hasta que elevan la apuesta y, entonces, sacan su genio y dejan al incauto rival con un palmo de narices.

Para Felson no hay otro horizonte que medirse al grandísimo Minnesotta Fats, jugador legendario que ha convertido una sala de billar en su particular feudo, siempre bajo la atenta e inquietante mirada de un fulano trajeado y con gafas de sol que responde al nombre de Bert Gordon. Felson reta a Fats a una interminable partida de día y medio en la que, tras vencer con claridad al veterano, gracias a su talento, acaba mordiendo el polvo, borracho y, en el fondo, desesperado por encontrar una razón para perder. Autodestructivo, un perdedor nato, como le echa en cara Gordon, Fast Eddie decide quemar puentes con su socio de toda la vida, Charlie, y acaba encontrando en su camino a otra alma descarriada, Sarah, a la que conoce en la estación de autobús. Alcohólica, mentirosa, coja y tan perdida como él, acaban compartiendo un pequeño apartamento en el que se dedican a beber y retozar, sin conversar ni conocerse el uno al otro, como ella le termina reprochando.

Eddie va tirando a base de pequeñas trampas en garitos de tercera, hasta que una mala experiencia y la acechante presencia de Gordon, una suerte de buitre que vuela en círculos sobre el moribundo futuro de Felson, llevan al genio del billar a permitir al otro que se convierta en algo así como su chulo. Eddie solo quiere volver a medirse a Fats, demostrarle que es superior, pero necesita el dinero. El dinero lo tiene Gordon, pero el precio a pagar, como le advierte Sarah, va mucho más allá de desplumar a un rico incauto adicto a las sensaciones fuertes: el precio es el alma de Eddie.

Auténtico boom para el billar en Estados Unidos desde su estreno, medio siglo después, con la perspectiva necesaria, se advierte con facilidad, en cuanto entran en colisión Eddie y Sarah, dos perdedores autodestructivos de manual, que la intención de Rossen no fue, en absoluto, la de filmar la mejor película sobre este deporte, que lo es también. Sin pasar por alto que todas las partidas están rodadas de forma magnífica; sin dejar de asombrarse por cómo golpea las bolas Paul Newman, quien no tenía ni idea a unas semanas del rodaje; sin poder escapar a la mística de esta práctica de salón, por más que uno sea un lego en la materia… Sin obviar todo esto, quitémonos el sombrero ante una de las más incisivas y demoledoras relaciones de pareja jamás llevadas a la gran pantalla. Paul Newman despliega su inmenso talento desde el primer minuto y regala un papel inolvidable. Piper Laurie, como Sarah, conmueve y remueve a partes iguales. George C. Scott está insuperable como el despiadado y cínico Bert Gordon. Y Jackie Gleason brilla como Minnesotta Fats.

Cerrando con Newman, la Academia quiso premiar su Felson maduro, el que guía a Tom Cruise, después de no hacerlo con el joven. Pero pocas veces como en El buscavidas ha llenado hasta tal punto la pantalla este representante del Método. Y hablando de alguien como Newman, eso son palabras mayores.

Perros de paja


24 Jun

El cine de Sam Peckinpah es violencia. Personaje en sí mismo turbulento (alcohólico, drogadicto y de difícil carácter), es la violencia, excesiva y exhuberante, la que articula sus grandes películas: Grupo salvaje, La huida y, por supuesto, Perros de paja (Straw dogs, 1971).

Violencia que, como se demuestra en el caso de Perros de paja, no requiere de sujetos violentos. Si en los otros dos ejemplos citados criminales y forajidos atraían la muerte como imanes, la generaban, la causaban a otros y, en último término, a sí mismos, aquí atrapa a un hombre en apariencia totalmente ajeno a lo violento, un astrofísico. Tampoco es necesario un entorno especialmente hostil: el protagonista, americano, viaja a Inglaterra, al pueblo de su mujer, aprovechando una beca. El pueblo, a priori, reúne las características clásicas de la localidad pequeña y aburrida donde nunca ocurre nada, más allá de puntuales rencillas.

El detonante es la guapa y joven mujer del forastero, o mejor dicho, la atracción que provoca en algunos hombres del pueblo, entre ellos un antiguo ligue. El astrofísico, además, con su corta estatura, su pinta de empollón, sus gafitas, sus jerseys horrendos y sus reflexiones ensimismadas suscita en esos hombres una especie de fijación morbosa. De esta forma, mientras ansían poseer a la mujer, no desean menos abusar de su marido. La pareja, sin pretenderlo, actúa a modo de catalizador para despertar un matonismo que ya existía en la epidermis de los pueblerinos.

Enfrentado al desafío, más leve al principio, más frontal gradualmente, el astrofísico, a pesar de la presión de su esposa, va tragando saliva, bilis, orgullo y rabia, almacenando violencia, absorbiendo la que emana de los hombres del pueblo, haciéndola suya, en un proceso que irremediablemente habrá de terminar en una explosión catártica. Antes, asistimos al regodeo de Peckinpah en el sordo sufrimiento de la pareja: meramente psicológico en el caso de él, bullyng si queremos recurrir al término moderno; directamente físico, aunque no necesariamente más doloroso, en el caso de ella. Como si manejara una ruedecilla, el director va girándola lenta pero irremisiblemente, subiendo el nivel de tensión hasta hacerlo casi insoportable, empujando al espectador a desear, casi, estar en la piel de ese americano acobardado, acomplejado por la superioridad física y numérica de los otros, y plantar cara a los matones.

David Sumner, el astrofísico, es el paradigma del hombre medio impelido por otros a llegar a las últimas consecuencias. Sólo Dustin Hoffman podía interpretarlo: por su brillantez como actor, demostrando que necesita muy poco para transmitir infinidad de pensamientos y sensaciones; y por sus condiciones físicas, empezando por la estatura y terminando por la cara de pringado. Hoffman está absolutamente soberbio. No brilla menos en el rol de su mujer Susan George, actriz que en un primer momento impacta por lo físico, pero que no tarda en demostrar el dominio de un personaje que no es fácil, el de la mujer que asiste impotente a la degradación y explosión de su esposo. George, que tenía apenas 21 años cuando rodó esta película, ha tenido después una carrera anodina y más bien televisiva.

Analista obsesivo de la violencia como motor del ser humano, Peckinpah encuentra en Perros de paja caminos que no le ofrecían las, por otra parte, igualmente espléndidas La huida o Grupo salvaje; cintas en las que la violencia era poco menos que obligada. En Perros de paja, en cambio, va aflorando a la superficie como burbujas que alteran, cada vez con mayor intensidad, la hasta entonces tranquila superficie de la vida de David Sumner. El hombre pacífico, cierto que un tanto peculiar, al que le estalla en la cara la violencia y no tiene más remedio que hacer bueno el dicho: violencia engendra violencia.

Muerte en Venecia


21 May

Recordaba Dirk Bogarde una anécdota que le había contado el propio Luchino Visconti. El director italiano estaba en Los Ángeles para asistir a un pase de su última película, Muerte en Venecia (Morte a Venezia, 1971), protagonizada por Bogarde, al que asistía un grupo de directivos de un estudio de Hollywood. Tras más de dos horas de proyección, reinaba el silencio. Visconti se relamía creyendo que tenía a su audiencia entregada, abrumada ante lo que acababan de presenciar. En realidad, nadie se atrevía a abrir la boca porque, sencillamente, no sabían qué decir… sin ofender a Visconti. Hasta tal punto les había disgustado su film. Finalmente, uno de esos directivos se sintió en la necesidad de romper el hielo y preguntó quién era el responsable de la banda sonora. Visconti, con naturalidad, respondió que Gustav Mahler. El directivo replicó algo así como: “¡Genial, entonces habrá que contratar a ese Mahler!” Labor algo complicada, teniendo en cuenta que el compositor austriaco llevaba 60 años muerto.

La anécdota sirve para ilustrar dos cosas. La primera, que Muerte en Venecia no es una película fácil de digerir. La segunda, la preponderancia de la partitura de Mahler a lo largo de todo el metraje. De hecho, Visconti alteró la novela de Thomas Mann en la que inspiró su cinta en un punto clave: el protagonista, Gustav von Aschenbach, pasa de ser un escritor a un compositor y director de orquesta; es decir, un trasunto del propio Mahler, la excusa perfecta para deleitarse y deleitarnos con la tercera y la quinta sinfonías del austríaco. Así, la Muerte en Venecia de Visconti se convierte en un festival de los sentidos en el que dos juegan un papel crucial: el oído, por los motivos ya descritos, y la vista.

Desde la primera escena, con el vaporetto arribando a Venecia, hasta la última, en la playa, lo que hace Visconti sólo encuentra un término que pueda acercarse mínimamente a describirlo: recrearse. Visconti persigue la belleza como lo hace su protagonista. La belleza, para Aschenbach, es fruto del intelecto y no de los sentidos. Lo sabemos de sus propios labios, a través de las conversaciones con su mejor amigo, que Visconti va trufando en forma de flashbacks. Son escenas excepcionales, de las pocas en las que asistimos a diálogos medianamente extensos (el resto es para ver y oír a Mahler).

Aschenbach vive tan obsesionado con la belleza como con su némesis, la vejez. Enfermo del corazón y necesitado de reposo, lo vemos caminar permanentemente con paso inseguro, temiendo que cada zancada vacilante pueda ser la definitiva, la que le acerque al final, a la muerte, la culminación inevitable de la vejez. Aschenbach se resiste primero a disimular el paso de los años: le asquean, incluso, los viejos cubiertos de polvos y pintalabios; pero acaba cediendo a la tentación, degradado tras el paso por una peluquería de la que sale convertido en un remedo burlesco de sí mismo.

Y es que el compositor se ha enamorado. La primera noche de estancia en el Hotel des Bains, en el Lido, ha conocido a Tadzio, un jovencito polaco, un efebo, un muchachito delgado como un juco, de melena rubia y maneras sinuosas, casi felinas, apenas un atisbo de pelusilla sobre el labio superior. El viejo Aschenbach cae rendido a sus pies, convencido de que encarna la más alta forma de belleza. A partir de ese momento no le quita ojo de encima: le observa desde la otra punta de la misma habitación; le contempla jugueteando con otros chicos en la playa; y acaba por perseguirle entre las callejuelas venecianas, esas callejuelas en las que acecha la vieja enemiga, la muerte, en forma de epidemia de peste. Aschenbach, retenido en Venecia por un error con sus maletas, empieza a albergar sospechas sobre esta amenaza, aunque los escurridizos residentes se empeñan en quitar hierro a sus temores de hipocondríaco.

Visconti, uno de esos genios que se fue a la tumba sin Oscar, como tantos, ya era un veterano en el 71, cuando se estrena Muerte en Venecia. Había dejado para la posteridad títulos como Rocco y sus hermanos, El gatopardo y La caída de los dioses. Con esta última había iniciado su llamada trilogía alemana, que tuvo como pieza central la película que nos ocupa y, como colofón, Ludwig. Más allá de los gustos de cada uno, con Muerte en Venecia alcanzó Visconti si no su cima fílmica, sí su culmen artístico. Como tal hay que apreciar esta película, como una obra de arte, como la contemplación de un lienzo mientras suena, de fondo, Gustav Mahler. Sin olvidar, por supuesto, que en ese lienzo se desliza Dirk Bogarde en el papel que él mismo designó como el pico más alto de su trayectoria.

Bogarde está incomensurable como Aschenbach/Mahler, perfecto en su trazado de un pobre hombre en constante agonía, siempre replegado en un sufrimiento interior que aflora en forma de rostro angustiado y gesto crispado. Verle perfectamente trajeado, temeroso de dar un mal paso o pronunciar una palabra de más, perfeccionista hasta la obsesión, pero con el corazón destrozado, y no sólo por la enfermedad, seguir tembloroso los pasos de Tadzio, un ángel rubio a sus ojos, es asistir a la tragedia de un ser tan atormentado que está a punto de saltar al vacío en un intento tan triste como patético.

Arte, sentidos, belleza, vejez, muerte. Muerte en Venecia.

Beau Geste


14 Apr

El desierto. Una columna de soldados que avanza penosamente entre las dunas hacia un fuerte custodiado por cadáveres. Un disparo en medio de la nada. Un cuerpo que desaparece. Un incendio. Y comienza la historia. La historia de Beau Geste.

En su momento segunda adaptación de la novela escrita en 1924 por P. C. Wren, Beau Geste (1939), de William A. Wellman es sin duda la mejor película realizada sobre la Legión Extranjera y, todavía hoy, un prodigio visual. Un film de aventuras desde el comienzo hasta el final que narra cómo la desaparición de un zafiro lleva a tres hermanos (Beau, Digby y John) a alistarse en la famosa unidad francesa de voluntarios extranjeros. Destinados en un aislado fuerte en el norte de África, allí se verán amenazados por los ataques de los tuaregs, la codicia del sanguinario sargento Markoff y el amotinamiento de sus propios compañeros.

Con un comienzo antológico y rodada en un perfecto blanco y negro, Wellman se recrea en la aridez del desierto y la opresión de unos hombres abandonados a su suerte que se tambaléan entre la obediencia y el salvajismo, entre el orden y el caos. Entre estos dos extremos, Gary Cooper (Beau Geste) y Brian Donlevy (sargento Markoff) llevarán a cabo un enfrentamiento interpretativo grandioso cuyo climax sólo podrá ser la destrucción total. Lo mejor de la película, sin duda, son las escenas en el fuerte. La historia decae cuando retrocedemos en el tiempo para ver la niñez de los hermanos y la desaparición del zafiro, aunque luego quede justificado al final. A pesar de ello, la trama del zafiro es casi una excusa tonta para poner a los personajes al límite, el detonante pero no el fin. El fin es la muerte.

Completan el reparto dos actorazos, Ray Milland y Robert Preston, como John y Digby Geste. A modo de curiosidad, Donlevy fue nominado al Oscar por su papel en esta película, Cooper ganó dos estatuillas años más tarde (en 1941 por Sargento York y en 1952 por Sólo ante el peligro), Milland lo recibio en 1945 por Días si huella y Preston fue nominado en ¡1982! por Victor o Victoria. Desde luego, un cuarteto de lujo.

Todo en Beau Geste tiene aroma a clásico, pero no por antiguo sino por exquisito.

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El maquinista de la General


10 Feb

Cuando uno se dispone a visualizar una película de la época muda, tiene que ser consciente de que lo que está viendo responde a una época, un cine y un público totalmente diferente al de hoy en día. Hay que esforzarse por comprender un lenguaje cinematográfico distinto, nacido por unas limitaciones técnicas evidentes (el sonido), una tradición más teatral en la composición de escena y en el trabajo de los actores y unos gustos orientados al público de hace casi cien años. Eso sin contar el deterioro casi generalizado de las copias y la manipulación de la velocidad de proyección, lo que suele ser común en estos casos. Demasiadas dificultades, dirán algunos. Pues a veces, dice este humilde crítico, vale la pena. Con El Maquinista de la General (The General, 1926), estamos ante una de esas veces.

Escrita y dirigida por Clyde Bruckman y la famosa estrella Buster Keaton, también protagonista del film, El Maquinista de la General fue un intento (acertado) de hacer buen cine, un objetivo que, por aquellos años, perseguían más cineastas y actores que hoy en día. Ambientada en los comienzos de la Guerra Civil americana, Keaton interpreta a Johnnie Gray, un maquinista del ferrocarril enamorado hasta los huesos de la bella Annabelle Lee (Marion Mack). Lee le pide a Gray que se aliste para servir al ejército confederado, pero a este, después de unas divertidas peripecias en el centro de alistamiento, se le deniega entrar en la milicia. Despechado por Annabelle, Gray sigue trabajando para el ferrocarril hasta que se ve envuelto en el robo de la locomotora por parte de espías de la Unión (que de paso secuestran a Annabelle). Comienza entonces una loca persecución entre las líneas de los dos bandos de la que Gray saldrá victorioso doblemente: ganará la admiración del ejército y el amor de su chica.

Lo primero que sorprende de éste clásico es su montaje: ágil, dinámico y con multitud de planos en diferentes perspectivas. La composición espacial de las escenas está estudiada al milímetro, no dejando nada a la improvisación del actor, como pudiera parecer en algunas películas de otro genio: Chaplin. La planificación en las secuencias en las que varias locomotoras se persiguen es especialmente buena, pasando de una a otra unas veces con travellings panorámicos , otras con planos frontales desde el ferrocarril de delante… en definitiva una variedad de recursos tan grande como perfectamente utilizados. Tampoco se abusa de los carteles (elemento propio del cine mudo donde se insertaban diálogos o explicaciones del contexto), ya que una vez presentados los personajes, la acción se hace dueña de la película entre persecuciones, batallas y divertidos gags. La sencillez de algunos de estos gags físicos (caídas, tropezones, etc) contrasta con la espectacularidad de los combates y la perfecta ambientación de la época, ya sea en escenografía como en vestuario. La batalla final, con dos verdaderos  ejércitos disparándose el uno al otro, no tiene desperdicio. Por poner un ejemplo del enorme despliegue de medios, no hubo reparos en gastar más de un millón y medio de dólares para rodar una escena en la que una de las locomotoras cae al río junto al puente por donde pasaba.

Y llegados a este punto hay que hablar del gran protagonista, Buster Keaton, un cómico peculiar y con un estilo tan propio que fue apodado “cara de piedra”. No se equivoquen: para Keaton la inexpresividad era un arma para hacer reír a carcajadas, y no para presumir de cara como hacen los actores de hoy en día. Tenía una sutil delicadeza que lo hacía único hasta en las más aparatosas caídas.  No rehusaba las escenas peligrosas (y en esta película tiene unas cuentas). Y si quizás como cómico no superaba a Chaplin, sí demostró hacerlo como cineasta. No por nada El maquinista de la General está considerada la mejor película de la época muda del cine (por ejemplo para el portal especializado The Silent Era). No conozco tanto esta época como para asegurarlo, pero a todas luces es una obra destinada a perdurar, tanto por lo que avanzó como por lo que todavía puede aportar al espectador de hoy en día que salte por encima de las dificultades citadas al principio: diversión, entretenimiento y, quizás, una pizca de envidia sana… ¡Cómo se lo debían pasar nuestros abuelos con estas películas!

La Reina de África


17 Jan

En 1951 John Huston viaja al Congo junto a Humphrey Bogart (acompañado de su esposa, Lauren Bacall) y Katharine Hepburn para rodar La reina de África (y según las malas lenguas, para cazar un elefante). Allí, con un calor sofocante, en medio de nubes de mosquitos y con todo el equipo enfermo por disentería, Huston consigue una película redonda que ya es, por derecho propio, todo un clásico.

Estamos en el África Oriental Alemán. Una pareja de misioneros ingleses, Samuel Sayer (Robert Morley) y su hermana Rose (Katharine Hepburn), se esfuerzan en evangelizar a los sufridos habitantes de una aldea a orillas del río Ulunga, con poco éxito. Periódicamente son visitados por el canadiense Charlie Allnut (Humphrey Bogart), un transportista que viaja por el río a bordo de su vieja barcaza, The Africa Queen. Allnut comunica a los hermanos Sayer que la guerra ha comenzado en Europa (la Primera Guerra Mundial), y que pronto se extenderá por las colonias africanas. Poco después de su marcha, los alemanes entran y saquean la aldea, lo que provoca la locura en Samuel, que morirá días después entre delirios. A su vuelta, Alnnut encuentra a Rose totalmente sola y la invita a viajar con él en La Reina de África. Rose acepta en un primer momento, pero una vez a bordo rechaza el plan de Allnut, que consistía en navegar hasta una isla para esconderse durante la guerra, y le convence de viajar río abajo para atacar al Luisa, la cañonera alemana que vigila el lago Victoria. Allnut, que conoce el río y es consciente de lo peligroso de la misión, acepta convencido de que Rose se echará atrás al menor signo de dificultad. Surge entonces una lucha entre dos personalidades totalmente opuestas: la tenacidad y el rigor de Rose contra la desidia y la fanfarronería de Charlie.

Se trata, por tanto, de una travesía que Huston podría haber convertido en épica, ya que no son pocas las penalidades que deben sufrir los protagonistas: calima, lluvias torrenciales, insectos, alemanes, rápidos… Pero Huston prefiere centrarse en el lado humano, en la relación del hombre ante un entorno tan hostil como majestuoso. Un entorno que une a dos personas totalmente diferentes, y las cambia para siempre. Y para ello usa la comedia, el drama, la acción, la aventura… Se podría decir que La reina de África es una amalgama de géneros y al mismo tiempo no pertenece a ninguno. Es una película única y atemporal realizada con la pericia de un maestro y con el arte de dos soberbios actores.

Bogart ganó su único Oscar por esta película. Y realmente resulta encomiable su trasformación en un juerguista bonachón que reniega, como lo haríamos todos, de heroicidades y sólo vive para su viejo cascarón. Lo increíble es que no se lo llevara Katharine Hepburn (se lo arrebató Vivien Leigh por Un tranvía llamado deseo). Hepburn realiza una actuación llena de sentimiento que unas veces nos hace reír, otras llorar y otras, simplemente, emocionarnos con un personaje entrañable y muy trabajado.

Nada de esto sería posible si James Agee y el propio Huston no hubieran bordado un guión, basado en una novela de C.S. Forester, que, a golpe de diálogo, suministra la gasolina justa para que La reina de África navegue durante 105 minutos sin que el viaje nos parezca largo, ni las vistas aburridas. Todo lo contrario.

Celuloides en su jugo

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