
Ya no se hacen películas como antes. Es cierto. No es un arrebato nostálgico, sino la constatación de una realidad. Hoy, 2011, siglo XXI, es difícil concebir un filme como El puente sobre el río Kwai (The bridge on the river Kwai, 1957), con sus dos horas y media de duración, un reparto casi exclusivamente masculino, sin historia de amor (salvo un leve postizo) y rodada durante seis meses en una localización casi exacta a la historia en que se inspira (Sri Lanka por Birmania), con los personajes reflexionando sobre sus motivaciones en la vida en detrimento de un mayor porcentaje de escenas de acción.
El puente sobre el río Kwai nos retrotrae a la Segunda Guerra Mundial, en la que se ubica la acción, a través de un hecho muy concreto, puntual, que sirve de paradigma de la contienda. Un grupo de soldados británicos, capturados por el ejército japonés, se ven obligados a construir un puente sobre un río, por el que discurrirá un tramo de la línea de ferrocarril con la que los nipones quieren comunicar todo el este de Asia. Quien manda en el campo de prisioneros es el poco razonable coronel Saito, al que se la trae el pairo cualquier ley internacional y exige que todos, del primero al último, oficiales incluidos, se pongan a trabajar para tener su puente listo a tiempo. Lo que no sabe el irascible Saito es que ha dado con un tipo tan testarudo como él, sino más, su homólogo Nichols, que resiste como un titán un encierro inhumano hasta que Saito da su brazo a torcer y libera a los oficiales del trabajo manual. Nichols, reforzada su posición, se implica en la construcción del puente hasta el punto de convertirla en una causa personal, en un motivo de orgullo. En paralelo, un grupo de comandos, que incluye al evadido americano Shears, prepara la demolición del puente.
La película, basada en hechos reales, aunque se permite numerosas licencias, barrió en los Oscar con siete estatuillas, incluidas las de mejor película y mejor director y actor para David Lean y sir Alec Guinness, respectivamente. Lean, por entonces necesitado del dinero, aceptó un proyecto que ya había recibido varias negativas a pesar de la capacidad de persuasión del productor Sam Spiegel: eran muchos meses de rodaje en medio de un calor y una humedad brutales, y ciertamente con las comodidades brillando por su ausencia. Guinness tampoco fue precisamente la primera opción, y no resultó fácil convencerle. El personaje de Nichols, hombre de férreas convicciones, de esos que idealizan el honor y el cumplimiento del deber hasta rallar en el suicidio, resultaba un hueso duro de roer, con esa ceguera que le lleva a hacer suyo un proyecto de los japoneses. Para muchos actores británicos, la novela del francés Pierre Boulle, en la que se basaba el libreto, era un ataque a su país. Por suerte, Guinnes dijo sí y brindó una de sus mejores actuaciones bajo la guía de Lean, en una relación que no fue nada sencilla.
Lo más impactante de El puente sobre el río Kwai para el espectador actual es encontrar mensajes tan anti-belicistas y poco complacientes con la parafernalia militar puestos en la boca de determinados personajes, especialmente el americano Shears, pero también el doctor Clipton. Ambos intentan, sin conseguirlo, abrir los ojos de Nichols para que se despoje de esa venda que le impide ver que, en medio de la selva, a nadie le importa un bledo su respeto inflexible por los códigos más rancios del deber castrense. Shears se llega a marcar un discurso en el que reivindica el vivir como seres humanos antes que inmolarse para la posteridad. Nada que ver, sin embargo, con el famoso monólogo de Nichols sobre el puente que ha hecho suyo para disgusto de Saito.
Ese puente acaba convertido en símbolo de obsesiones y epicentro de un enfrentamiento final que novela y película conciben como espejo de la locura irracional de la guerra. En último término, ya no se trata de defender tal o cual bandera, sino de vivir por vivir o vivir por unos ideales. Ideales que son corazas y también vendas, que definen dramas individuales en medio de una tragedia mucho mayor. A menudo, cuando esos ciegos Quijotes detectan su error, ya es demasiado tarde.







que ser consciente de que lo que está viendo responde a una época, un cine y un público totalmente diferente al de hoy en día. Hay que esforzarse por comprender un lenguaje cinematográfico distinto, nacido por unas limitaciones técnicas evidentes (el sonido), una tradición más teatral en la composición de escena y en el trabajo de los actores y unos gustos orientados al público de hace casi cien años. Eso sin contar el deterioro casi generalizado de las copias y la manipulación de la velocidad de proyección, lo que suele ser común en estos casos. Demasiadas dificultades, dirán algunos. Pues a veces, dice este humilde crítico, vale la pena. Con El Maquinista de la General (The General, 1926), estamos ante una de esas veces.


