Archive for the ‘Made in Europe’ Category

Submarine


10 Jan

Una marcianadita melancólica que se ve con agrado. Son ocho palabras, como cualesquiera otras, para resumir rápida y superficialmente Submarine, una cinta pequeña, galesa, que hizo cierto ruido en los premios del indie británico. Se llevó el galardón a mejor guión y consiguió candidaturas para su joven director y su aún más joven reparto.

Todo es bisoño en Submarine. Sí, estamos ante una de esas películas sobre adolescentes. Toda una bomba de relojería. Empleando una narrativa inadecuada pueden convertirse en armas de destrucción masiva que arrojan por doquier sus esquirlas de topicazos sobre la puñetera edad del pavo y sus complicaciones. En buenas manos, sin embargo, sus posibilidades son inmensas; especialmente si la aproximación se hace no desde una posición tradicional y con arquetipos tradicionales, sino manejando personajes raritos en lo que es toda una carga de profundidad: ¿acaso no somos todos, de una u otra manera, raros?

En honor a la verdad, hay que reconocer que el protagonista de Submarine se aleja con creces de la media. Se llama Oliver Tate, tiene nombre de protagonista de novela de antaño y parece empeñado en no llevar una existencia anodina. Seguramente porque en su casa se respira un ambiente de todo menos normal, con dos progenitores marcianos, especialmente el padre, cuyos modos callados y suaves, su afán por pasar desapercibido, su incapacidad para manejar su matrimonio, dan precisamente título a la cinta: una forma de vida siempre bajo la superficie, sin asomar la cabeza por temor a ser golpeado por la mismísima realidad. Oliver lidia sus batallas en forma de chica que le gusta y a la que quiere gustar, con la que después busca intimar y que más tarde trata de retener a su lado. Mientras, el matrimonio de sus padres se desintegra con la espoleta de un vecino estrafalario y no del todo desconocido en el pasado de su madre.

El encanto de Submarine, no obstante, no reside tanto en su trama como en su óptica, en el acierto, heredado de la novela de Joe Dunthorne, de relatar los hechos desde el personalísimo punto de vista de Oliver, con sus miedos y traumas adolescentes. Después, Submarine está llena de pequeños detalles, como el eccema de la chica que le gusta, y otras minucias. Todos están muy bien. Desde el prometedor director, Richard Ayoade, debutante, y los actores, muy bien los chavales, Craig Roberts y Yasmin Paige, y no menos los padres, Noah Taylor y Sally Hawkins.

Una película pequeña, diferente y especial. De las que conviene ver de tanto en tanto, para recordar que el cine también son estos proyectos más íntimos, sin artificios ni artefactos.

Fucking Amal


11 Oct

He aquí una película de apariencia engañosa. Por su factura y su presupuesto modesto, por su aire costumbrista, por el doblaje no precisamente excelso al castellano, podría pasar sin problemas por una tv movie que perfectamente podría colarnos Antena 3 o Telecinco un domingo a las cuatro de la tarde, con la connivencia de la modorra inherente a tales horas. Por no hablar del horrible título con el que fue traducida en Estados Unidos, Show me love; y no digamos ya en España, Descubriendo el amor. Realmente terrible cuando el título original, Fucking Amal, merece al menos un Jodida Amal, si no un buen Puta Amal, que describen mucho mejor lo que sienten los habitantes de la citada localidad sueca.

Y es una pena semejante lastre (aspecto, título, etc) cuando estamos ante un filme más que apreciable, un retrato muy certero, nada condescendiente, tremendamente incisivo de la primera adolescencia. El fresco es generacional pero se centra en dos chicas; y he aquí la primera novedad: pareja del mismo sexo. La pobre Agnes sigue sin hacer un puñetero amigo después de dos años en Amal. Es lesbiana y esto no hace sino multiplicar su inseguridad. Es tímida y no demasiado guapa. Inteligente y muy sensible. Elin, en cambio, es una joven extrovertida que tiene que espantar a los pretendientes, rubia y llamativa, con fama de suelta pero mucho más lista de lo que parece. Agnes vive asfixiada por una familia sobreprotectora, con un padre que intenta hacerlo bien sin dar con la tecla, y una madre demasiado estirada. Bajo sus ignorantes narices, Agnes desarrolla una depresión de manual. Para colmo, está enamoradísima de Elin, que vive en un ambiente mucho más liberal y cuenta con la referencia de su hermana, más mayor y ya con novio, sin ir más lejos.

De forma fortuita, Elin acaba acudiendo al triste y solitario cumpleaños de Agnes, y lo que empieza siendo una apuesta, un beso más bien torpe, que termina de romper el corazón a la pobre Agnes, se convierte de forma insospechada en el comienzo de un romance que desafía las estrechas miras del pueblecillo sueco del que ambas, por distintos motivos, tanto desean escapar. Elin, hecha un manojo de dudas, empieza una relación con un chico que ni siquiera le gusta. Todo, a un ritmo aparentemente lento, moroso, pero que dosifica muy bien los tiempos.

Fucking Amal se revela como una grata sorpresa, quizás, porque es una película que no genera a priori grandes expectativas. Pero no le restemos méritos. Está hecha con inteligencia y madurez. Trata al espectador como a un adulto pese a abordar una temática adolescente, lo cual es una rareza como la copa de un pino. Y muestra esa sensibilidad tan difícil de conseguir, que hemos comentado aquí más de una vez, para hablar de sentimientos sin caer en lo ñoño. Más de una vez encuentra el asidero perfecto en el sentido del humor, pero sabe ser tierna cuando debe. Las dos actrices protagonistas, sin apenas experiencia, están realmente bien en sus papeles. Y el director, Lukas Moodysson, se dedica a rodar sin florituras ni chorradas.

En resumen: la mejor forma de poder presumir de haber visto cine escandinavo sin haber muerto en el intento.

Swimming Pool


11 May

Vaya por delante que no soy un enamorado del cine francés, aunque un axioma de semejante calibre siempre admite excepciones. Por eso no se me abren las carnes cuando en la tarjeta de presentación del parisino François Ozon ocupa lugar preferente el título de “uno de los mejores directores de su país de los últimos años”. Por Swimming Pool estuvo nominado a la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 2003; tal vez su mayor éxito, al margen de la buena acogida de Le refuge en San Sebastián el año pasado.

Swimming Pool se distribuye en tres actos bien diferenciados. En el primero, una escritora inglesa, Sarah Morton, harta del moderado éxito que le concede su saga de novelas policíacas, decide tomarse un respiro y acepta la oferta de su editor, que pone a su disposición su casita francesa. Hasta allá se marcha Sarah, que lleva una vida más bien anodina, escribiendo poco y alimentándose peor. El segundo acto tiene como detonante la irrupción de la hija del editor, Julie, jovencita que dedica su existencia a solazarse con baños en la piscina, por el día, y juergas con desconocidos, sin repetir nunca, por la noche. La colisión entre Sarah y Julie es tan frontal como inmediata. Se llevan a matar y no lo disimulan. Sarah, sin embargo, acaba viéndole el lado positivo: deja lo que tiene entre manos y se dedica a escribir sobre la chica. El tercer acto supone un giro radical en el que todo se vuelve turbio y más bien sorprendente, algo bastante parecido a un sopapo que coge desprevenido al espectador, enfrentado primero al tedio y después al toma y daca, meramente dialéctico, entre la veterana y la joven.

A la escritora la interpreta la británica Charlotte Rampling, en un papel que, sin duda, ha sido escrito para ella. Durante buena parte del metraje compone el rol algo manido de inglesa estrecha y quisquillosa que no acaba de encajar en la más libertina existencia meridional. Ludivine Sagnier, una de las promesas del celuloide galo, es Julie. Al margen de discutir con Sarah, la mayoría de sus apariciones pasan por nadar en la piscina y tomar el sol, no necesariamente con toda la ropa encima. Ozon juega claramente la baza del morbo con ella, una chica eminentemente física, sexualmente desinhibida. Con Sarah compone la clásica estructura de caras enfrentadas: a la rigidez de una se opone la casquivanería de la otra. Lógico que surjan las fricciones, aunque acaben dando paso a un progresivo acercamiento.

De Ozon lo mejor que se puede señalar es su capacidad para la sorpresa en el tramo final y buen gusto en los diálogos. En cambio, las formas le traicionan con cierta frecuencia: cuando quiere ponerse exquisito o pretencioso y nos regala ciertos planos que no conducen a nada. Típico también de cierto cine europeo, ciertos momentos absolutamente prescindibles nos son entregados en su integridad por cierto rechazo injustificable al corte en la sala de montaje.

Swimming Pool es una película que da pie a sensaciones encontradas. Gana con el paso de los minutos y deja un poso saludable, el de invitar a cierta reflexión; pero es difícil entrar en detalle sin boicotear puntos capitales de la trama. Si Ozon estál llamado a salvar el cine francés y, de paso, el europeo, es una disquisición en la que por nada del mundo me apetece adentrarme.

El silencio de un hombre


02 Feb

Seguramente Jean-Pierre Melville (1917-1973) no es el director francés más conocido, a pesar de ser un reconocido precursor de la nouvelle vague. No fue un teórico, ni un crítico. Tampoco fue un director técnico, y a pesar de ello  trabajó con los mejores actores franceses de su época, como Jean-Paul Belmondo, Gian María Volonté, Simone Signoret, Catherine Deneuve y, sobre todo, Alain Delon. Sus películas son, hoy, consideradas de culto por aficionados de todo el mundo. Seguramente, Jean-Pierre Melville sería hoy tan recordado como Godard o Truffaut si no fuera… por su afición al cine de gangsters.

Pues sí, en Francia (y en el resto de Europa) se hacían películas de gangsters, enmarcadas en un subgénero llamado polar (de policiaco). Cine negro, en definitiva. Y Melville, enamorado confeso de aquellos clásicos americanos de los años 30 en los que los tipos duros con gabardina imponían su ley a golpe de ametralladora, dedicó parte de su filmografía a contar historias de asesinatos, robos y persecuciones en la Francia (y el París) de la posguerra. Claro que, al igual que el resto de géneros que Europa importó por aquellos años (véase el western), el cine polar francés, y el de Melville aún más, tiene sus propias inquietudes.

El silencio de un hombre (Le samouraï, 1967) es una autopsia a la soledad de moderno samurái, un asesino a sueldo de las mafias. Una autopsia porque desde el primer minuto el protagonista, Jeff  Costello (Alain Delon), se pasea por París, con su sombrero borsalino y su gastada gabardina, anclado a un código de honor desfasado que le recluye en  una mugrienta habitación, incapaz de cambiar, de evolucionar… en definitiva, de sobrevivir. Para él, la vida y la muerte tienen la misma cara, y las acomete con la misma sangre fría con la que cumple con los macabros trabajos que le encargan y de acuerdo con su propio código moral. Un código que no admite claudicar ante la policía ni ser perseguido por los mismos que le han contratado.

Bajo el hieratismo de Delon, realmente medido en gestos y palabras, se desarrolla éste film a ratos genial y a ratos desconcertante, de una profundidad manifiesta y aroma al cine negro de toda la vida. Y quizás por esto último, Jean-Pierre Melville no es el director francés más conocido.

Aquel maldito tren blindado


11 Nov

Enzo G. Castellari siempre fue un poco copiota. Cuando Sergio Leone se consagró definitivamente con El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966), él no dudo en copiar la fórmula para su primera película, Voy… lo mato y vuelvo (Vado… l’ammazzo e torno, 1967), en la que tres pistoleros persiguen un fabuloso tesoro. Cuando San Peckinpah recurrió a la slow motion para Grupo Salvaje (The Wild Bunch, 1969), también se apuntó a la moda con su propio western crespuscular, Keoma (1976) [Nota: Keoma es una de las películas preferidas de mi socio Pablo. Hace cinco años se la presté en DVD y desde entonces no sé nada de él]. Y cuando Steven Spielberg aterrorizó a bañistas de medio mundo con Tiburón (Jaws, 1975), él se propuso hacerlo mejor con L’ultimo squalo (estrenada en 1981, fue demandada al instante por Universal al considerar que copiaba la  saga de Spielberg. Los tribunales dieron la razón a la productora, que se quedó con los derechos del film y todavía hoy no puede exhibirse en los Estados Unidos. A pesar de ello, José Frade, su distribuidor en España, la estrenó con el título de Tiburón 3). Lo que nunca hubiera podido imaginar Castellari es que una película suya, Aquel maldito tren blindado (Quel maledetto treno blindato, 1978), iba a ser versionada, treinta años después, por otro gran copiota de la historia del cine: Quentin Tarantino.

¡Ojo! Cuando hablamos de copiotas nos referimos cariñosamente a esa inclinación, a veces patológica, que tienen algunos directores con “homenajear” en sus films. Y parece que esa era la intención de Tarantino con Malditos bastardos (Inglorious bastards, 2009), cuyo título es el mismo que el que se dio en Estados Unidos a la película de Castellari. El propio Tarantino ha reconocido que Aquel maldito tren blindado es su película de guerra favorita. Pero como Pablo ya dio un repaso al último film del director de Tennessee, centrémonos en la obra de la que surgió todo.

Aquel maldito tren blindado es la historia del peor grupo de militares americanos visto nunca. Ladrones, desertores, asesinos… todos presos por délitos de guerra en la Francia ocupada, es decir, en todo el meollo de la II Guerra Mundial. Cuando son conducidos a una prisión militar, un avión alemán tirotea el convoy que les escolta y ellos aprovechan para escapar. De pronto, se encuentran entre dos fuegos: delante, los alemanes, y detrás, sus propios compatriotas. Deciden emprender la marcha hasta Suiza, pero un desafortunado incidente les pondrá al frente de una misión suicida, quizás la única oportunidad que tienen para rehabilitarse.

No se preocupen que no es para tanto. A pesar de la gravedad del asunto, Aquel maldito tren blindado no está destinada a encoger los corazones y mostrar la cara más amarga de la guerra. Todo lo contrario. Para Castellari, la guerra es un escenario perfecto para que sus personajes corran, golpeen, disparen y maten sin mayor pretensión que la de conseguir el sonrojo del espectador por estar pasándolo teta con tanta carnicería. Una fórmula mil veces trillada desde Doce en el patíbulo (Dirty Dozen, 1967), pero pasada por la freidora italiana, mucho más frívola y caricaturesca que la hollywoodense, como ya vimos con Cinco para el infierno (5 per l´inferno, 1969).

Sin embargo, Aquel maldito tren blindado resiste a los años porque Castellari era, y es, un buen director, un mago con chistera que sabe que, cuando no hay fondo, hay que sacar a relucir la forma. Y para ello utiliza todos los trucos posibles: acrobacias, explosiones, maquetas, chicas desnudas y la ya citada slow motion. Su estilo visual, ausente cualquier carga dramática, sí es al menos efectista y acorde con el ritmo trepidante que impone en la película. Los efectos especiales son bastante decentes para el presupuesto, la época y las dificultades en las que se vio envuelto el rodaje (una ley prohibió usar armas de fogueo en las películas, por lo que tuvieron que recurrir a armas de madera y realizar planos en los que no se viera el disparo), al igual que los decorados y el vestuario. Por cierto, las múltiples maquetas creadas para esta película son excepcionales, obra de Emilio Ruiz del Río, diez veces nominado a los Goya (ganó tres) recientemente fallecido y responsable de efectos especiales en Espartaco, Patton, Conan el Barbaro, Acción Mutante o El laberinto del fauno, entre otras. Un lujo, vamos.

Fred Williamson interrogando a un nazi bajo la atenta mirada de Bo Svenson.

Mucha culpa del éxito de la película radica también en sus protagonistas. Como era típico en estas coproducciones, se llamó a actores americanos, para dar caché y luego vender más en Estados Unidos. Los elegidos fueron Bo Svenson (recuperado ahora por Tarantino en Kill Bill v.2 y la propia Inglorius Bastards) y el símbolo de la blackexplosion Fred “the hammer” Williamson. Su química en pantalla es nula, pero parecen realmente pasárselo en grande. Sobre todo Williamson, que protagoniza los momentos más divertidos del film (esa caída de culo en el techo del tren es memorable) junto al entonces famoso Dj Michael Pergolani, que con su melena y su bigotazo interpreta a un gracioso soldado ladrón y falsificador.

Para muchos, Aquel maldito tren blindado, al son de la magnífica banda sonora de Francesco de Masi, es ya un clásico de cine bélico. Otros consideraran esta película más propia de Celuloide Bizarro. Ni una cosa ni la otra: es un gran ejemplo de cine sin pretensiones del que puedes llegar a enamorarte cuando posee personalidad propia. Y sin duda esta película tiene personalidad para dar… y disparar.

Keoma


01 Mar

En 1976, cuando se estrena esta película, han pasado 8 años desde Hasta que llegó su hora y 10 desde El bueno, el feo y el malo. El spaghetti western no vive, precisamente, su momento de apogeo. Así que parece obligado buscar al menos una razón para que Keoma tenga todavía algo que ofrecer al sub-género, al género y, de paso, al cine. La buena noticia es que son razones, en plural, las que ofrece esta cinta de Enzo G. Castellari, y razones poderosas.

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Keoma indaga en la figura del solitario, el loner, que tan arquetípicamente había encarnado Clint Eastwood en el tríptico iniciático de Leone sobre su particular aproximación al western, desierto de Tabernas mediante. La novedad, aquí, es primero étnica: Keoma, el héroe que da título al film, es mestizo, medio blanco, medio indio. En lugar de sombrero de ala ancha o poncho, lo que luce es una prenda india, abierta, torso al aire, y cinta en el poblado cabello, acompañado de barba espesa y ojos azules. Los rasgos los pone Franco Nero, visualmente perfecto para el rol, no tanto en lo lingüístico (disfrutar del DVD en versión original delata una dicción puramente fonética), y de hecho es cuando calla, observa y dispara cuando su personaje alcanza su verdadera esencia. Nero, que en ese 1976 estrena otras 5 producciones (!), había deslumbrado una década atrás como Django en la película homónima de Sergio Corbucci. A las órdenes de Castellari soporta el peso de la función con una actuación de pocas palabras y muchas miradas, imprimiendo al personaje un halo entre místico y salvaje, carismático y huidizo al mismo tiempo.

La de Keoma es la historia de un regreso, el regreso al pueblo, desastrado (Castellari dibuja un Oeste sucio, desvencijado) y asolado por una plaga que, pese a comenzar como leit-motiv, acaba diluyéndose en McGuffin; pero sobre todo, aplastado por el yugo del gerifalte Caldwell, con su cohorte de secuaces, entre los que se incluyen los tres hermanastros de Keoma, los mismos que siempre le han odiado por robarles el cariño del padre. La llegada de Keoma es providencial para cambiar la suerte de una mujer embarazada que, como todos los demás infectados, está en trance de ser confinada en una especie de campo de concentración. La mujer, el empeño de Keoma por defenderla de todos y frente a todos, y de paso al resto del pueblo, es el detonante de una trama que avanza a golpe de duelos, persecuciones y escapadas.

Keoma, más allá de su apariencia casi evangélica (a Franco Nero lo descubre John Huston para su film sobre La Biblia), persevera en la tradición del tirador infalible abierta por los héroes también callados y mortíferos de Clint Eastwood, sólo que en su caso maneja con destreza el cuchillo (hay sangre india en sus venas) y se bate como un jabato en el cuerpo a cuerpo. Esto da pie a una exhuberancia en las escenas violentas en la que Castellari se recrea con la cámara lenta, evidenciando un patrón más próximo a Peckinpah que a Leone, del que apenas tomado prestados un puñado de primeros planos con los que no llega a saturar. La mano del director, mano excelente, se aprecia también en un buen pulso narrativo que alcanza su máxima expresión, como debe ser, en el clímax final, con un montaje paralelo que deja la acción en vacío para multiplicar los ecos trágicos de los gritos de la parturienta.

El capítulo de aciertos de Keoma se puede redondear con un gusto por lo orínico que abre la película (secuencia sugerente y lograda) y que la ribetea en ocasiones, a través del personaje de la bruja. Y en un plano más sentimental, con el casting de un mito como es Woody Strode, el negro más famoso del western. En el apartado de los debes, un par de apuntes. El primero, por cerrar el capítulo del reparto, un villano, el Caldwell que desarrolla Donald O’Brien, algo blando en sus pantalones del Ejército. El segundo, una banda sonora que podría aplaudirse por sugerente, y que tiene sentido en la apertura, más de pesadilla que de western, pero que se vuelve risible cuando uno repara en que la partitura se dedica a desgranar la acción en los momentos de ausencia de diálogo (“él debe salvarla” y líneas por el estilo estropean la, por otra parte, intencionadamente desgarrada voz de la cantante).

No es en tanto en lo argumental como en lo formal donde deben buscarse las virtudes de Keoma, que se ensambla con un armazón convencional pero crece de la mano de los buenos trabajos de Nero, frente a la cámara, y Castellari detrás.

El halcón y la presa


05 Nov

«Cuando me dicen que soy el padre del western italiano, tengo que preguntar ¿a cuántos hijos de puta cree que he dado nacimiento?». Con estas palabras expresó Sergio Leone lo que pensaba sobre el spaghetti western, un género que prácticamente nació con el éxito de su película Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964). Por suerte para el espectador, no todo lo que parió Leone fueron indeseables vástagos, muchos fueron orgullosos herederos de su padre e incluso algunos lograron independizarse y revindicarse con el tiempo.

Ese es el caso de El halcón y la presa (La resa dei conti, 1966). Fue la primera experiencia en el género de Sergio Sollima, un director bastante curtido en el cine de romanos y de espías y que, por tanto, dominaba a la perfección el ritmo trepidante que toda película destinada al entretenimiento puro y duro debe tener. Sollima además no se salió de los nuevos cánones narrativos que había establecido Leone, seguramente porque se rodeó de parte del equipo que trabajó en la famosa trilogía de los dólares. Desde la producción, Alberto Grimaldi, hasta los decorados, Carlo Simi, pasando por la música, Ennio Morricone, algunos actores, como Lee Van Cleef, y hasta el título de la película, sacado de un tema de la banda sonora de La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in piu, 1965), nos remiten a la obra de Leone.

La película es, por tanto, una delicia para todos aquellos que degusten los primeros planos, las pausas al son de la música, los duelos imposibles y las cabalgadas por Almería. Pero además, El halcón y la presa introduce un elemento original y, a partir de esta película, característico en el western de Sollima: el mensaje denuncia. Un mensaje que lo pondrá el guionista Franco Solinas, vinculado al partido comunista italiano y que nunca desaprovechaba la oportunidad de colar máximas marxistas en sus historias. Entre los dos, y el conocido Sergio Donati (también sacado de la factoría Leone), logran establecer un Oeste fronterizo en el que los mexicanos ocupan el último escalafón social, sin derecho a nada y abocados casi al robo para subsistir, y un México en donde las autoridades dejan a los estadounidenses hacer su ley si pagan lo suficiente o se cargan a los revolucionarios. Por tanto, no hay justicia para los pobres.

El poder, la ley y el progreso están representados por Jonathan Corbett, un respetable ciudadano estadounidense al que da vida un enorme Lee Van Cleef. Como en La muerte tenía un precio, Van Cleef se viste de un ex coronel fumador de pipa, reciclado en cazador de forajidos. La diferencia está en que Corbett no busca dinero, ni siquiera venganza, sólo que se haga justicia. Y es bueno, muy bueno usando un arma. «¿Cuerda o pistola?», les pregunta a tres fuera de la ley. No hay más opciones. Son las reglas del juego.

Corbett tiene ganada una reputación, y posibilidades de llegar al Senado gracias a la ayuda de Brokston (Walter Barnes), un empresario sin escrúpulos representante del capitalismo más desaforado. Pero antes, Corbett tiene que salir por última vez de cacería para atrapar a un mexicano acusado de violar a una niña de doce años. Se trata de “Cuchillo” Sánchez, interpretado por un inmenso Tomás Milian que da perfecta réplica al inquebrantable Van Cleef. Cuchillo es un mexicano harapiento, un muerto de hambre que sólo busca satisfacer sus necesidades inmediatas. «Uno que no se mete donde no le llaman, y menos con el estómago lleno», llega a decir. Para ello no duda en mentir, gesticular, patalear, arrastrarse y hacer cualquier tipo de treta para salirse con la suya. Es un «animal», como le dicen en varias ocasiones, en constante huída, y como tal se mueve un histriónico Milian. «A ti te debió parir tu madre corriendo», le increpa Corbett. También sabe defenderse, pero no con el revolver, sino con el arma que le da su apodo.

Con esta premisa, comienza una caza en donde la presa, Cuchillo, va escapando a duras penas de la implacable persecución de Corbett, al que le mueve un firme deseo de hacer cumplir la ley. Pero en los momentos en los que los dos personajes coinciden y dialogan, la línea que separa la justicia de la injusticia será cada vez más borrosa. Por un lado, los obstáculos que la sociedad impone a Cuchillo sólo por su condición social le empujan siempre hacia el delito. El mismo orden social que impone justicia es el que genera la desigualdad y el quebrantamiento de las normas. «Yo conozco una ley, esa que dice que el mundo está dividido en dos: los que huyen y los que persiguen», llega a afirmar. Por el otro, la terrible sospecha sobre el verdadero responsable de la violación, que sume a Corbett en un debate en que se replantea los valores que le impulsaban a castigar a los que incumplían la ley.

Toda la historia está salpicada, además, de gotas de humor que dejan en evidencia la hipocresía social. Como cuando Corbett anuncia aliviado a un mormón que ha salvado de Cuchillo a su hija adolescente, y se queda petrificado al oír que no es su hija, sino su cuarta esposa. O en las escenas en las que Corbett se encuentra con el corrupto capitán mexicano, interpretado por el carismático Fernando Sancho, con un particular sentido del deber.

La película debe mucho al excelente trabajo de sus dos principales protagonistas, que abordan dos personajes opuestos pero en gran medida condenados a entenderse. Lee Van Cleef consigue un gran magnetismo con la cámara en cada plano que aparece con una interpretación muy serena, mientras que Tomás Milian da rienda suelta a todas sus dotes artísticas para crear un personaje ambiguo y descarado que se hizo muy popular. Tanto, que mereció una irregular segunda película dos años más tarde, ¡Corre, Cuchillo, Corre! (¡Corri, uomo, corri!, 1968), que cerraría la particular trilogía de Sollima junto a la más ideológica Cara a Cara (Faccia a faccia, 1967). Sollima no volvería más al western.

La música de Ennio Morricone es otro protagonista más del film. El tema principal, Run, Man, Run, se repite durante todo la película con diferentes ritmos según lo exija la escena. Además, tanto al principio como al final viene acompañada de la gran voz de Audrey Nohra.

El halcón y la presa termina con los imprescindibles duelos adornados con toda la parafernalia spaghetti, como el plano de los ojos. un final que no defrauda tanto a los que sólo quieren pasar un buen rato como a los que han captado la preocupación social subyacente en la película. Un final emocionante e intenso. Un autentico climax. Seguro que a Leone le hubiera gustado.

Celuloides en su jugo

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