Archive for the ‘TV’ Category

Homeland


21 Dec

Si suena demasiado rotundo, que suene: Homeland es la mejor serie de todas las estrenadas el pasado otoño. De largo y de forma sostenida, sin bajones en la trama ni resbalones al echar el cierre. Esquiva la atonía de Rubicon y no deja el mal sabor de boca final de The killing; así es muy difícil ponerle pegas a este producto redondo, un thriller potente y adulto, inteligente, que cuida sus guiones sabedor de que es la mejor baza, el punto de partida para que cualquier actor solvente resulte creíble.

Una de las favoritas de Barack Obama (quien ya en su día ensalzó The Wire; tiene buen gusto), Homeland se basa en el serial israelí Hatufim, este sobre un soldado hebreo que vuelve a su país tras un largo período capturado, y lleva la idea a casa, a Estados Unidos, donde regresa un marine que se ha pasado los últimos 8 años capturado por Al Qaeda. Como en el original, no todo el mundo se derrite de alegría y orgullo patrio ante el retorno del soldado caído. Una brillante pero desquiciada analista de la CIA, Carrie Mathison, se empeña en hurgar en los secretos de Nicholas Brody, que bastante tiene, parece, con readaptarse a una vida normal después de pasar por palizas, vejaciones y largos períodos de confinamiento en un agujero. Mathison teme que Brody se haya pasado al enemigo, doblegado por la tortura.

A partir de esa doble vertiente, una zambulléndose en los entresijos de la Inteligencia y otra desarrollando los problemas hogareños de Brody, Homeland va tejiendo una red que atrapa desde el episodio piloto. Los guionistas saben dosificar a la perfección las vigilancias, interrogatorios y demás parafernalia de la Seguridad Nacional para no caer en lo abusivo, al tiempo que el Brody humano, no el militar, encuentra momentos para mostrarse en sus malos tragos con su mujer, especialmente, y sus hijos, así como algún amigo que aprovechó en exceso su ausencia.

Podríamos seguir ensalzando los guiones de Homeland hasta resultar cansinos, pero concedámosle el crédito que se merece al trabajo de los actores, especialmente a una Claire Danes superlativa. Intérprete no especialmente brillante en sus trabajos hasta ahora, en Homeland sencillamente lo borda como la inestable Carrie Mathison que, en los momentos de mayor tensión, resulta tan creíble que pone los pelos de punta y casi invita a mirar hacia otro lado. Está soberbia en su arquetipo de mujer obsesionada por su trabajo y marcada por una trágica experiencia. Aguanta el tipo Damian Lewis, que lidia con el más estoico teniente Brody, y completa el triángulo el circunspecto Mandy Patinkin como Saul Berenson, mentor de Carrie y viejo lobo de Langley.

Cerrando: Homeland es ficción con mayúsculas, sin hacer distinciones entre cine y televisión, y también una magnífica noticia por provenir de Showtime y mostrar que hay vida más allá de HBO. Homeland atrapa y mantiene en vilo y trata al espectador, como ya hemos subrayado más veces, como debe hacerlo: de forma inteligente, sin buscar atajos, sin eludir las partes más áridas de la trama y sin, por ello, hacerse pesada. Una serie para ver y volver a ver. Especialmente quienes se dedican a este negocio, para que sigan su ejemplo.

Oz


30 Nov

Los paralelismos son inevitables. Mismo canal (HBO). Actores que aparecen en ambas series. Episodios largos (en torno a la hora). Tramas duras, sin concesiones, que no ahorran detalles a la hora de hurgar en vidas violentas, al límite. Preocupación por el trasfondo social, por indagar en las motivaciones de los personajes. Repartos corales, donde todos los elementos tienen su importancia, mayor o menor, y el tempo suficiente para desarrollarse, darse a conocer. Resonancias shakesperianas. Ver Oz después de The Wire produce ese efecto.

Aunque hijas de distintos padres (Tom Fontana vs Ed Simon), la comparación surge sola, de forma natural. Es complicado no encontrar en Oz un precedente de The Wire, por más que la primera utilice un escenario mucho más reducido (la cárcel) y la segunda persiga horizontes más amplios y ambiciosos (todos los estratos de la sociedad, todos los rincones del Sistema). Más allá de que Simon utilizara después numerosos actores fogueados en Oz, esta abrió camino en varios sentidos. Fue la primera producción de HBO en hincarle el diente a capítulos con un metraje tan largo, y se atrevió a romper tabúes que hoy pueden parecer superados (o no), pero que eran más vigentes en 1997, año en que Oz echa a andar. Desnudos integrales, lenguaje grueso, xenofobia, homofobia: Oz pone toda la carne en el asador como solo una serie al abrigo de un canal de pago podía soñar con hacer.

La serie, ya se ha apuntado, se ambienta en una cárcel de máxima seguridad, ficticia, Oswald State, una referencia a otra prisión, esta real, Attica, en Nueva York, famosa por un motín en 1971 que dejó 39 muertos. Todos se refieren a la cárcel con un diminutivo, Oz, que se inspira, por supuesto, en el famoso relato de El mago de Oz, cuyas resonancias se amplían en una unidad especial, Emmerald City, donde se lleva a cabo algo así como un programa piloto que persigue mejorar la integración de los presos y sus opciones de reinserción, para aquellos no condenados a perpetua o pena de muerte. Lo peor de cada casa en un torno casi experimental, con los grupos raciales y religosos sometidos a un intento de equilibrio en número y poder. Todo, bajo el auspicio del idealista Tim McManus, un tipo que cree que otra cárcel es posible, pero que debe cuentas al más cínico Leo Glynn, el alcaide, a su vez sometido a las veleidades del megalómano gobernador Devlin. Los esfuerzos de McManus se entrelazan y colisionan con la labor del resto de la plantilla, desde los guardias a los médicos, pasando por una monja-psicóloga y el cura de la prisión.

El experimento de McManus no tarda en revelarse de imposible cumplimiento. Los grupos raciales/religiosos no son compartimentos estancos, y a menudo se forjan alianzas que no entienden de credos o colores de piel. Para muchos presos la vida terminará entre los muros de Emmerald City; no hay razón para no dar rienda suelta a su crueldad y ansia de poder y sí pocos alicientes para convertirse en “mejores personas”. Arios, latinos, negros, mafiosos… conforman un conglomerado explosivo, en el que basta con la más pequeña chispa para que prenda la mecha y todo salte por los aires.

Las bondades de Oz son tan diáfanas como difíciles de encontrar en otras series: guiones realistas e incisivos; tramas adultas; personajes a los que se da tiempo para crecer; interpretaciones potentes; planteamientos arriesgados, huida de lo convencional. Os suena a algo, ¿verdad? Oz no es The Wire pero es de lo más parecido que se puede encontrar. Ah, y ambas comparten algo más: no les dieron un triste premio. Razón de más para idolatrarlas.

Dexter


23 Nov

Últimamente ha sido noticia porque ha sido renovada por otras dos temporadas, de forma que llegaría a una muy respetable cifra de ocho entregas. Antes vino cierto culebrón, con el protagonista, Michael C. Hall, pidiendo la barbaridad de 24 kilos al año. Ahora, se ha montado cierto debate acerca de si es necesario que el show se alargue tanto. Por el medio hubo hasta un cambio de cadena. Pero lo primero fue lo primero: un punto de partida más que interesante.

El de los asesinos en serie siempre ha sido un filón argumental muy explotado en todos los vehículos de ficción. Será que nos fascinan esos seres carentes de sentimientos que se dedican a arrebatar vidas de formas que llegan a poner los pelos de punta. Libros, películas y series se han esforzado por rizar el rizo e imaginar fulanos a cual más retorcido y despiadado. Como todo tiene un límite, para ser original se impone buscar en otra dirección. Eso hace Dexter, cuya aportación se resume en que el asesino en cuestión trabaja para la policía de Miami y solo se cepilla a otros asesinos, después de haberse cerciorado de que son culpables al cien por cien.

A Michael C. Hall, visto previamente en A dos metros bajo tierra, le sienta como un guante la piel de este tío que, pese a carecer de sentimientos y dedicarse por la noche a cazar, mutilar y deshacerse de cadáveres, es capaz de tener engañado a todo el mundo, comenzando por sus compañeros de Homicidios y continuando por su novia, tan disfuncional como él por culpa de un ex maltratador. La doble vida de Dexter da pie a la esperada sucesión de situaciones límite en la que nuestro “héroe” está a punto de ser descubierto y el tinglado, de venirse abajo, pero no se queda ahí. El personaje va evolucionando al tiempo que se nos revela que fue su padre adoptivo quien le proporcionó un “código”, algo así como un manual de supervivencia que es, además, una jaula en la que mantener a la bestia a buen recaudo. Las primeras temporadas funcionan muy bien con esa dicotomía: flashbacks para saber de dónde viene Dexter, quien al mismo tiempo se va desarrollando como ser humano a pesar de sus enormes limitaciones.

Esa trama “humana” convive muy bien con la policial. El asesino Dexter se las ve con otros asesinos que desafían su inteligencia, y a los que da caza al margen del sistema, aunque valiéndose de este, cumpliendo un rol de justiciero nada convencional y movido por intereses en absoluto altruistas. Hay criminales esporádicos, que no merecen más de un capítulo o dos, y monstruos que abarcan el arco argumental de toda una temporada, entre los que destacan los de la primera y la cuarta (y hasta ahí podemos leer para no dar más detalles).

La serie, avanzada ya en USA la sexta entrega, ha sufrido la lógica erosión del tiempo; de ahí el debate sobre la necesidad de una renovación de golpe por otros dos años. No es el único interrogante, el de si le queda algo por contar. Hay otros como el peso creciente de los personajes secundarios, especialmente el de la insoportable hermana, que ha mutado de meritoria con pocos recursos a una especie de super-madera en una transformación algo chirriante, a lo que se suma su repetitiva mala suerte con los hombres. Otros, como el pervertido pero cachondo Masuka, merecen más amor del que reciben.

Debates al margen, en el terreno de la originalidad, Dexter es de lo mejor que ha dado la televisión en los últimos años. Una propuesta rompedora y renovadora del género policial que va mucho más allá de sus convenciones. Y con mención especial a Michal C. Hall, que seguramente vale la pasta que ha pedido y obtenido.

P. D. : Los títulos de crédito son soberbios.

Damages


26 Oct

Ante todo, un valor seguro: Glenn Close. Con una mujer 5 veces candidata al Oscar al frente de una serie, crecen exponencialmente las garantías de que el producto será bueno.

A priori, un recelo: otra serie de abogados. Médicos, polícas y abogados, la Santísima Trinidad de la pequeña pantalla. Los mismos reparos que podía despestar The good wife, por citar otro ejemplo actual y de calidad, desaparecen muy pronto, tanto como en el mismísimo piloto. Sí, hay abogados, pero aunque uno es fan de la (buena) temática judicial, entiende que para algunos resulte cansina la sobredosis de escenas en tribunales y similares. No es el caso en Damages, donde la inmensa mayoría de la trama ocurre fuera de los solemnes templos de la Ley.

Un toque original: flashbacks y flashforwards, jugar a enseñar, dar pistas que pueden aclarar o no las cosas, quizás engañarnos, una forma ingeniosa de captar la atención desde el primer minuto, de avisarnos de que vienen curvas. En un primer momento da la impresión de que acaban con el factor sorpresa. Pronto se revela como un acierto. Es un sistema que funciona especialmente bien en la primera temporada, donde más que a una serie de abogados se diría que nos enfrentamos a una historia policíaca.

Damages (Daños y perjuicios) va de gente que miente, mata y recurre a lo que sea, lo que sea, con tal de salirse con la suya. Gente muy oscura. Todo el mundo tiene secretos y cadáveres en el armario. Ninguna acción es inocente. Bajo la superficie, rascando un poco, aparecen las segundas intenciones. La reina de las artimañanas es Patty Hewes, el personaje de la grandiosa Glenn Close, una auténtica mantis religiosa que devora a todo el que se le acerca. Una araña peligrosa en cuyas redes cae la cándida Ellen Parsons, interpretada por Rose Byrne (vista, por ejemplo, en Troya), a partir de ese momento convertida en “la otra”, en el frontón de Patty, en su contrapartida. Su relación, sus tiras y aflojas, sus constantes mentiras, dan pie a uno de los mejores dúos de los últimos años en televisión. Una tan dura, otra tan frágil. Al menos, en apariencia.

Cada temporada, un caso. Cada temporada, un “villano”. Secundarios potentes como Ted Danson y John Goodman. Un territorio a explorar cada nuevo año al tiempo que Patty Hewes va engordando su fama y su lista de víctimas, su vida familiar resquebrajda, casi podrida, mientras Ellen Parsons lucha por salir de su sombra y asomarse fuera, jugando al gato y al ratón, madurando, jugando a un juego muy peligroso del que pocos pueden salir indemnes. Seres humanos en su máxima expresión: viles, mezquinos, mentirosos, dañinos, corruptos, cegados por la fama, la codicia, el poder. Un mundo fascinante en el que Glenn Close borda un papel a la altura de esos que, en el cine, le han granjeado reconocimiento a la espera de un premio que le haga justicia.

Alphas


02 Oct

Los referentes son reconocibles. Está la base de X-Men, con sus mutantes dotados de habilidades especiales que, lejos de hacerles más felices, les convierten en seres clandestinos. Está el ejemplo de Héroes, donde un puñado de personas de todo el planeta, con intenciones desde buenas a malísimas, aprendían a lidiar con ciertos poderes, o a exprimirlos para su beneficio egoísta. Y también hay pinceladas de Fringe, a su vez deudora de X-Files, con ese rollo de investigadores outsiders no adscritos oficialmente a ninguna agencia, que van resolviendo sus casos a base de recurrir a sus peculiares condiciones.

Todo esto encontramos en el trasfondo de Alphas, apuesta de la cadena SyFy que ha recibido luz verde para despachar una segunda entrega, después de una primera tirada de 11 capítulos más bien decepcionantes. No, Alphas no ofrece gran cosa a nivel de originalidad, y en líneas generales, tiende más bien a cubrir el expediente con un tono un tanto plomizo, monocorde, solo alterado por puntuales escenas de acción, que son de lo poco salvable.

La galería de personajes viene definida por las características de cada uno. Al frente del grupo, el doctor Rosen, al que encarna el único actor conocido del elenco, un David Strathairn al que sorprende bastante encontrar enrolado en un producto de este pelaje. A su trabajo se le pueden poner pocas pegas, aunque su rol es más bien cansino: compone al clásico científico con aire entre cansado y preocupado, el ceño fruncido, lleno de buenas intenciones y sufridor por todos. Es algo así como la gallina clueca que protege bajo el ala a los polluelos: el violento, inestable y forzudo ex FBI; el vulnerable y autista chico que tiene acceso a todos los canales de comunicación imaginables; la chica hipersensible en todos los sentidos, capaz de escuchar y oler a kilómetros; la seductora que doblega voluntades pero es incapaz de tener auténticas relaciones; el díscolo y rebelde de puntería infalible.

Todos ellos son Alphas, es decir, individuos especiales que han desarrollado habilidades fuera de lo común. Su cometido, más bien extraoficial, consiste en encontrar otros Alphas, algunos descarriados, y lidiar con entes malvados un tanto nebulosos. ¿El problema? Tramas predecibles y anodinas hasta decir basta, que siguen de la A a la Z los cánones marcados hace años, incluso décadas, por productos auténticamente pioneros. Ejemplo: caso extraño en pueblo perdido en el culo de Estados Unidos; la alargada sombra de X Files siempre presente…

Los únicos momentos de alivio y de posible disfrute vienen de las citadas escenas de acción y de la química entre los dos únicos personajes que funcionan bien juntos: el bruto ex federal y el crío autista, obsesionado el primero por ser el único profesional y empeñado el otro en llevarle la contraria. Por lo demás, Alphas se ve sin pasión. Lo dicho: no ofrece nada nuevo y se queda en pastiche de productos anteriores. Puede que le hayan otorgado una segunda temporada. Nuestra confianza ya la ha perdido.

Emmys 2011: un análisis


19 Sep

A estas alturas, no os vamos a aburrir con la lista completa de premiados, que podéis consultar, si tenéis gran interés, pinchando aquí, cortesía de los amigos de Internet Movie Database.

A estas alturas ya sabréis que Modern family, serie que quien escribe desconoce por completo, se ha erigido en la gran triunfadora. Más que nada, porque ha arrasado en la categoría de comedia. En cambio, el drama ha hecho honor a su nombre y ha jugado con los corazones de todos. Con el de Jon Hamm, que se ha quedado sin premio al mejor actor, mientras veía cómo ganaba su serie Mad Men. Con el de la gente de Boardwalk Empire, que tampoco ha encontrado consuelo en Steve Buscemi, aunque Martin Scorsese ha sido reconocido por su única intervención, su estupendo piloto. Disgusto también para HBO y su Juego de tronos, cuya honra ha salvado el soberbio Peter Dinklage como el inolvidable Tyrion Lannister. Lo de Julianna Margulies (The good wife) estaba tan cantado en drama como lo de Jim Parsons (The big bang theory) en comedia. Sorpresón, en cambio, lo de Kyle Chandler por Friday Night Lights.

En cuanto a miniseries, laureles para Downton Abbey, elegida como la mejor en este formato, y para Mildred Pierce, reconocida a través de sus dos actores principales, Kate Winslet y Guy Pierce. Un dolor personal: ver cómo Idris Elba (Luther) se ha quedado con la miel en los labios; sorprendentemente, el premio ha recaído en Barry Pepper por la irregular The Kennedys.

Y lo de siempre: estos premios nos los podemos creer o no. Ocurre como con los Oscar. ¿Se galardona a los mejores o a los que más invierten en promoción? ¿Se reconoce la calidad o, como en el caso del triunfo de Kyle Chandler en el cierre de FNL, se rinde una suerte de tributo? ¿Un Emmy para Scorsese se hace por convicción o por el tirón del nombre del cineasta? Muchas preguntas que dan pie a no menos respuestas. Un recordatorio: The Wire, la mejor serie jamás hecha, nunca se llevó un Emmy a casa y solo rascó dos míseras candidaturas. Por si este detalle (nimio) ayuda en el análisis.

The Hour


28 Aug

En la Edad de Oro de la televisión, hay una clara tendencia a elogiar las producciones americanas y, si no menospreciar, dejar en un segundo plano los trabajos que se ruedan al otro lado del charco. Craso error reducir el reinado de los canales de tres siglas a HBO y AMC, cuando la BBC y la ITV nos surten de excelente material.

En el caso de la BBC, a la que debemos joyas como Sherlock y Luther, su último regalo lleva el nombre de The Hour y nos traslada a 1956, a la gestación de un programa de noticias de la propia BBC, de una hora de duración, a pocas fechas de que el Reino Unido se vea sacudido por las convulsiones de la crisis de Suez. Bel Rowley y Freddie Lyon son dos jóvenes activos de la casa reclutados para el nuevo proyecto: él es un tipo genial e idealista, un periodista nato que vive cada minuto volcado en su profesión, harto de un trabajo que le obliga a dar cuenta de matrimonios de la jet set y a menospreciar las noticias de auténtico calado; ella es una chica fuerte e inteligente que lucha por hacerse camino en un mundo de hombres, por ser reconocida a través de su trabajo. Entre ambos existe atracción, pero por desgracia para Freddie, solo fluye en un sentido. Mero amor platónico. El clavo que acaba por cerrar el ataúd de una posible historia entre ambos es un tal Hector Madden, un galán con buena planta y mejor padrino al que sitúan al frente del programa y, de paso, frustra el sueño de Freddie de ocupar el puesto. Claro que el joven señor Lyon no anda precisamente desocupado: la llamada de una antigua amiga le pone sobre aviso de un extraño asesinato, una madeja que no deja de enredarse con más muertes y con un tufo cada vez más poderoso a conspiración e implicaciones políticas.

A The Hour se la ha comparado con Mad Men, una demostración de los prejuicios de los que hablaba al principio, cuando poco tienen que ver ambas series, más allá de la época en que transcurren y el estupendo trabajo de ambientación presente en ambas. The Hour es una serie british por los cuatro costados, de solo seis episodios, con un arco argumental consecuentemente mucho más reducido, sin un personaje central con el carisma de Don Draper. Podemos trazar algún paralelismo, si gustáis. Una y otra se centran en los entresijos de sus respectivas profesiones, la publicitaria y la periodística. Hay tensiones derivadas del trabajo y hay tensiones derivadas de las relaciones personales. Pero Mad Men es más un retrato de una época cambiante y de un grupo de personas que lidian con ella, y The Hour, si bien tiene algo de esto, tiene un recorrido más corto y cerrado, al menos en su primera temporada, con la espoleta del crimen que investiga Freddie y el tratamiento en el programa de la crisis de Suez, con el que concluye el sexto episodio.

Dejando a un lado las odiosas comparaciones, The Hour es un drama potente y magníficamente interpretado. La cara más conocida es la de Dominic West, McNulty en The Wire, aquí en un personaje mucho más comedido, menos carismático; un fulano que debe esforzarse por superar sus limitaciones ante la evidencia de que su compañero Freddie es mucho más brillante. A Freddie lo interpreta con nervio el liviano Ben Wishaw, protagonista de El perfume, que inicialmente pone nervioso pero al que se acaba cogiendo cariño. Y cierra el triángulo Romola Garai, a la que cabe adivinar un futuro más que prometedor en papeles de mujer atractiva pero con carácter. Respaldados los tres por la habitual panoplia de sólidos secundarios, con especial mención a Julian Rhind-Tutt como el irritante Angus McCain.

Solo seis capítulos, de una hora de duración, pero con tramas adultas y llenas de tensión, y en los que descolla un excelente tercer capítulo ambientado en la campiña inglesa. Para el periodista tiene el plus de mostrar cómo era el trabajo hace más de cincuenta años. Para el amante de la historia, el emplazamiento en un punto crítico, en el que se pusieron sobre el tapete el antes y el después de las relaciones internacionales. Para cualquiera, simplemente, The Hour es una gran serie.

Emmys 2011: la vida sigue igual


15 Jul

Se entregan el 18 de septiembre y ya conocemos la extensa lista de candidatos. Los Emmy, los premios de la tele en Estados Unidos, han puesto las cartas sobre la mesa; solo queda barajarlas y darles la vuelta en un par de meses. Y, sobre el tapete, pocas sorpresas.

En la categoría de drama, Mad Men se postula como caballo ganador. Ojo: no ocurrirá en la próxima edición de los premios, al haberse demorado la reanudación de la serie. De momento, Don Draper y los suyos se sitúan al frente en las apuestas, aunque tienen un hueso duro de roer en The good wife. Las novedades las aportan dos series de nuevo cuño: Juego de tronos y The Killing.

Por mi parte, ya he expresado lo que opino de cada una [JdT es un buen producto, pero no un gran producto, a pesar de la talegada que ha soltado la HBO; The Killing tenía una pinta excelente pero se fue desinflando y cerró en falso, con un final tramposo]. La adaptación de la saga de George R. R. Martin se postula a mejor drama y solo coloca un candidato en los galardones de interpretación: Peter Dinklage, que está genial como el enano putero Tyrion Lannister. En cuanto a TK, adaptación de una serie danesa, por cierto, ve reconocida su labor a través de dos actrices, la protagonista Mireille Enos, la detective Linden, y la sufrida madre que encarna Michelle Forbes.

Menos novedosa pero también en concurso por su primera temporada, Boardwalk Empire figura en el sexteto de mejor drama y, cómo no, brinda opción de premio a su protagonista, Steve Buscemi. Sorprende la sólida presencia de Friday Night Lights, con varias candidaturas golosas. Y ojo a Justified, con Timothy Oliphant al frente.

Breve mención a las mini-series, un formato en alza. Me decanto por Downton Abbey (candidatura justísima para una soberbia Maggie Smith; entiendo menos la de Elizabeth McGovern) pero me huelo que se llevará el pastel Mildred Pierce, con la aplicada Kate Winslet a la cabeza. También irrumpe con cierta fuerza The Kennedys. Debilidad personal: espero que gane Idris Elba por su rol en Luther.

De la comedia, parcela que frecuento menos, se confirma el nuevo reinado de Modern family, a la que harán frente Glee, Rockefeller Plaza y otras. Desde 2009 no ha surgido ninguna serie que los críticos hayan decidido tener en cuenta.

The killing


26 Jun

El noir escandinavo está de moda. No es algo nuevo. El fenómeno lleva implantado varios años. Se inició en la literatura y ha dado también el salto a la pantalla, tanto grande como pequeña. Escritores como Mankell, Larsson y Lackberg venden libros como churros: era cuestión de tiempo que tuvieran su traslación a otros formatos. Las novelas de Mankell han dado pie a mini-series, con mención especial para la británica, protagonizada por un estupendo Kenneth Branagh. La trilogía de Larsson está a la espera de que David Fincher le haga justicia (las películas suecas podrían pasar por telefilmes de sábado a las 4 de la tarde). Y he aquí que ahora sumamos una serie, The Killing, no basada en material previo, que tras triunfar en su país, Dinamarca, y en otros como Reino Unido, ha sido objeto de remake en USA.

Como la serie original, The Killing sigue la investigación del asesinato de una adolescente por parte de una detective de la Policía a punto de cambiar de aires y su más inexperto compañero. En ambos casos, la serie pone el foco con especial énfasis en el impacto en la familia de la chica, Rosie, y en el candidato a la alcaldía de la ciudad: Seattle, en la versión USA; Copenhague, en el original. Ciñéndonos al remake, a lo largo de 13 capítulos asistimos a la clásica recolección de pistas al tiempo que se va enredando la madeja; los que parecían principales sospechosos en un primer momento, van quedando descartados al tiempo que surgen otros responsables potenciales del crimen. Paralelamente a la investigación, contemplamos cómo se desmorona la familia de la víctima y cómo la campaña por la alcaldía sufre constantes vaivenes y drásticos cambios en la carrera hacia el Ayuntamiento.

The Killing arranca de forma soberbia. Agradece sobremanera ese tono frío y desangelado, herencia del original danés, con un Seattle casi fantasmal, en el que se imponen las brumas que arropan a los barcos en el puerto y la lluvia que golpea los cristales del coche de los policías mientras montan sus infructuosas guardias. Se apoya la serie, además, en potentes actuaciones: muy bien Mireille Enos como la protagonista, Sarah Linden, mujer dura de complicada adolescencia, capaz de volcarse tanto en su trabajo que amenaza con tirar su vida personal por la borda; bien también su compañero de andanzas, interpretado, curiosamente, por un actor sueco, Joel Kinnaman; y sobresalientes también los padres: Michelle Forbes, que suena para unos cuantos premios, y Brent Sexton.

La pega: el ritmo lento y la huida del cliffhanger, señas de identidad que, personalmente, no me disgustan, acaban derivando en un remanso quizás excesivo, con algún que otro capítulo que termina con la preocupante sensación, para el espectador, de que apenas ha ocurrido nada. Es curioso, porque sucede esto justo tras unos capítulos iniciales en los que da la impresión de que el caso quedará resuelto demasiado rápido. No es así, sin embargo, y llegamos al cierre de temporada con todas las cartas sobre la mesa. Un cierre de temporada que ha dado mucho que hablar, y no precisamente para bien. Como si sus creadores hubieran esperado 12 capítulos para abrir la caja de Pandora, esos últimos 45 minutos concluyen con una traca final que traiciona el espíritu de la serie; que rompe completamente con el tempo pausado en el que todo se va masticando con lentitud (para algunos, exasperante).

El global, sin embargo, es digno de aplauso. The Killing no inventa nada nuevo (el crimen, la investigación, los sospechosos, los giros en el caso), pero quizás ahí radica, precisamente, la gracia, en que no necesita acudir a escenarios o circunstancias exóticos para captar la atención. Le basta con estar rodada con gusto y sólidamente interpretada. Y quizás, cuando llegue la segunda temporada, comprendamos y perdonemos la conclusión de la primera.

Juego de tronos


08 Jun

No tengo el gusto (o el disgusto) de haber leído los libros de George R. R. Martin, señor que hasta en el nombre evoca a J. R. R. Tolkien. La suya, su saga, evoca irremediablemente a la del creador de El señor de los anillos y El hobbit, y que los puristas salten como mastines a mi yugular por haber cometido tamaña afrenta.

Me falta la referencia de los libros y me sobra la fanfarria activada por la maquinaria HBO. La tele por cable americana más cool, la más encumbrada por críticos y entendidos gracias a esa joya monumental que es The Wire y otros magníficos trabajos (Los Soprano, Entourage), nos vendió el oro y el moro con la traslación a la pequeña pantalla de Juego de tronos. La octava maravilla. El acabose. Y lo que nos ha llegado, aún sin concluir la primera temporada, es una costosa pero correcta panoplia de viscisitudes de aire medieval que tiene de Tolkien las espadas, y para de contar. Por no haber no hay ni magos ni criaturas estrafalarias (dragones, trolls, etc), aunque se las insinúa, sí; asoman la patita por debajo de la puerta como algo perteneciente a un pasado que, ojo, amenaza con volver.

Dirán los entendidos que no hay bichos porque no tiene por qué haberlos. De acuerdo. Quedémonos con lo esencial, los reinos, los tronos, los unos y los otros, las sagas familiares, sus disputas, sus reclamaciones, sus ambiciones. Todos anhelan la gloria y el poder. Tenemos a las gentes de Desembarco del Rey, algo así como La Capital. A los más norteños de Invernalia. A los aún más norteños y más brutos del Muro, que se supone protege al resto de lo que mora en el perpetuo invierno. Dándole la vuelta al mapa asoman unos peculiares sujetos que vienen a ser algo así como unos aborígenes a caballo, cuyas vidas se cruzan con otra estirpe de rubios intrigantes. Agitado todo en la coctelera nos sale Juego de tronos.

A la espera de que futuras temporadas, consecutivamente basadas en sus padres bibliográficos, vayan aportando más mordiente, lo cierto es que la primera tirada no cumple las expectivas. ¿Intrigas? Haberlas, haylas, pero las justas, y contadas con poquita gracia. ¿Diálogos potentes? Algún atisbo, pero siempre con el envoltorio por encima del contenido. ¿Batallas? Más bien no. Y ya hemos apuntado que los efectos especiales quedan excluidos al quedar el terreno esotérico para mejor ocasión.

¿Qué tenemos, pues? Un buen piloto, que visualmente es una maravilla. Una serie adulta, en la que se trata al espectador como tal, que no ahorra momentos crudos, que llama a las cosas por su nombre y que no busca ni giros efectistas ni saltos al vacío. Diálogos correctos, aunque no brillantes. Escenas que tienden a alargarse en exceso. Personajes Guadiana, que vienen y van. Y actores que, en general, no van mucho más allá de cumplir. Famoso, ninguno. Conocido, Sean Bean, visto precisamente en El Señor de los Anillos. Algo menos, Jason Momoa, el nuevo Conan. Los amantes de The Wire ya conocen a Aidan Gillen, que aquí cambia la alcaldía por el palacio, igual de intrigante pero mil veces menos seductor. El resto, meritorios, actores en su mayoría desconocidos y con poca experiencia. Uno de los mejores, de largo: Peter Dinklage, el estupendo Tyrion Lannister, ese impagable enano putero.

Juego de tronos es una buena serie, pero no la gran serie que nos vendieron HBO y quienes, cegados por anteriores producciones, esperaban de la adaptación de las novelas de George R. R. Martin algo así como la serie definitiva sobre intrigas palaciegas y épicas batallas a espada y sangre.

Celuloides en su jugo

Recetas sencillas para degustar buen cine, sabroso y bajo en calorías.