
Si suena demasiado rotundo, que suene: Homeland es la mejor serie de todas las estrenadas el pasado otoño. De largo y de forma sostenida, sin bajones en la trama ni resbalones al echar el cierre. Esquiva la atonía de Rubicon y no deja el mal sabor de boca final de The killing; así es muy difícil ponerle pegas a este producto redondo, un thriller potente y adulto, inteligente, que cuida sus guiones sabedor de que es la mejor baza, el punto de partida para que cualquier actor solvente resulte creíble.
Una de las favoritas de Barack Obama (quien ya en su día ensalzó The Wire; tiene buen gusto), Homeland se basa en el serial israelí Hatufim, este sobre un soldado hebreo que vuelve a su país tras un largo período capturado, y lleva la idea a casa, a Estados Unidos, donde regresa un marine que se ha pasado los últimos 8 años capturado por Al Qaeda. Como en el original, no todo el mundo se derrite de alegría y orgullo patrio ante el retorno del soldado caído. Una brillante pero desquiciada analista de la CIA, Carrie Mathison, se empeña en hurgar en los secretos de Nicholas Brody, que bastante tiene, parece, con readaptarse a una vida normal después de pasar por palizas, vejaciones y largos períodos de confinamiento en un agujero. Mathison teme que Brody se haya pasado al enemigo, doblegado por la tortura.
A partir de esa doble vertiente, una zambulléndose en los entresijos de la Inteligencia y otra desarrollando los problemas hogareños de Brody, Homeland va tejiendo una red que atrapa desde el episodio piloto. Los guionistas saben dosificar a la perfección las vigilancias, interrogatorios y demás parafernalia de la Seguridad Nacional para no caer en lo abusivo, al tiempo que el Brody humano, no el militar, encuentra momentos para mostrarse en sus malos tragos con su mujer, especialmente, y sus hijos, así como algún amigo que aprovechó en exceso su ausencia.
Podríamos seguir ensalzando los guiones de Homeland hasta resultar cansinos, pero concedámosle el crédito que se merece al trabajo de los actores, especialmente a una Claire Danes superlativa. Intérprete no especialmente brillante en sus trabajos hasta ahora, en Homeland sencillamente lo borda como la inestable Carrie Mathison que, en los momentos de mayor tensión, resulta tan creíble que pone los pelos de punta y casi invita a mirar hacia otro lado. Está soberbia en su arquetipo de mujer obsesionada por su trabajo y marcada por una trágica experiencia. Aguanta el tipo Damian Lewis, que lidia con el más estoico teniente Brody, y completa el triángulo el circunspecto Mandy Patinkin como Saul Berenson, mentor de Carrie y viejo lobo de Langley.
Cerrando: Homeland es ficción con mayúsculas, sin hacer distinciones entre cine y televisión, y también una magnífica noticia por provenir de Showtime y mostrar que hay vida más allá de HBO. Homeland atrapa y mantiene en vilo y trata al espectador, como ya hemos subrayado más veces, como debe hacerlo: de forma inteligente, sin buscar atajos, sin eludir las partes más áridas de la trama y sin, por ello, hacerse pesada. Una serie para ver y volver a ver. Especialmente quienes se dedican a este negocio, para que sigan su ejemplo.










