The killing

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El noir escandinavo está de moda. No es algo nuevo. El fenómeno lleva implantado varios años. Se inició en la literatura y ha dado también el salto a la pantalla, tanto grande como pequeña. Escritores como Mankell, Larsson y Lackberg venden libros como churros: era cuestión de tiempo que tuvieran su traslación a otros formatos. Las novelas de Mankell han dado pie a mini-series, con mención especial para la británica, protagonizada por un estupendo Kenneth Branagh. La trilogía de Larsson está a la espera de que David Fincher le haga justicia (las películas suecas podrían pasar por telefilmes de sábado a las 4 de la tarde). Y he aquí que ahora sumamos una serie, The Killing, no basada en material previo, que tras triunfar en su país, Dinamarca, y en otros como Reino Unido, ha sido objeto de remake en USA.

Como la serie original, The Killing sigue la investigación del asesinato de una adolescente por parte de una detective de la Policía a punto de cambiar de aires y su más inexperto compañero. En ambos casos, la serie pone el foco con especial énfasis en el impacto en la familia de la chica, Rosie, y en el candidato a la alcaldía de la ciudad: Seattle, en la versión USA; Copenhague, en el original. Ciñéndonos al remake, a lo largo de 13 capítulos asistimos a la clásica recolección de pistas al tiempo que se va enredando la madeja; los que parecían principales sospechosos en un primer momento, van quedando descartados al tiempo que surgen otros responsables potenciales del crimen. Paralelamente a la investigación, contemplamos cómo se desmorona la familia de la víctima y cómo la campaña por la alcaldía sufre constantes vaivenes y drásticos cambios en la carrera hacia el Ayuntamiento.

The Killing arranca de forma soberbia. Agradece sobremanera ese tono frío y desangelado, herencia del original danés, con un Seattle casi fantasmal, en el que se imponen las brumas que arropan a los barcos en el puerto y la lluvia que golpea los cristales del coche de los policías mientras montan sus infructuosas guardias. Se apoya la serie, además, en potentes actuaciones: muy bien Mireille Enos como la protagonista, Sarah Linden, mujer dura de complicada adolescencia, capaz de volcarse tanto en su trabajo que amenaza con tirar su vida personal por la borda; bien también su compañero de andanzas, interpretado, curiosamente, por un actor sueco, Joel Kinnaman; y sobresalientes también los padres: Michelle Forbes, que suena para unos cuantos premios, y Brent Sexton.

La pega: el ritmo lento y la huida del cliffhanger, señas de identidad que, personalmente, no me disgustan, acaban derivando en un remanso quizás excesivo, con algún que otro capítulo que termina con la preocupante sensación, para el espectador, de que apenas ha ocurrido nada. Es curioso, porque sucede esto justo tras unos capítulos iniciales en los que da la impresión de que el caso quedará resuelto demasiado rápido. No es así, sin embargo, y llegamos al cierre de temporada con todas las cartas sobre la mesa. Un cierre de temporada que ha dado mucho que hablar, y no precisamente para bien. Como si sus creadores hubieran esperado 12 capítulos para abrir la caja de Pandora, esos últimos 45 minutos concluyen con una traca final que traiciona el espíritu de la serie; que rompe completamente con el tempo pausado en el que todo se va masticando con lentitud (para algunos, exasperante).

El global, sin embargo, es digno de aplauso. The Killing no inventa nada nuevo (el crimen, la investigación, los sospechosos, los giros en el caso), pero quizás ahí radica, precisamente, la gracia, en que no necesita acudir a escenarios o circunstancias exóticos para captar la atención. Le basta con estar rodada con gusto y sólidamente interpretada. Y quizás, cuando llegue la segunda temporada, comprendamos y perdonemos la conclusión de la primera.

Juego de tronos

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No tengo el gusto (o el disgusto) de haber leído los libros de George R. R. Martin, señor que hasta en el nombre evoca a J. R. R. Tolkien. La suya, su saga, evoca irremediablemente a la del creador de El señor de los anillos y El hobbit, y que los puristas salten como mastines a mi yugular por haber cometido tamaña afrenta.

Me falta la referencia de los libros y me sobra la fanfarria activada por la maquinaria HBO. La tele por cable americana más cool, la más encumbrada por críticos y entendidos gracias a esa joya monumental que es The Wire y otros magníficos trabajos (Los Soprano, Entourage), nos vendió el oro y el moro con la traslación a la pequeña pantalla de Juego de tronos. La octava maravilla. El acabose. Y lo que nos ha llegado, aún sin concluir la primera temporada, es una costosa pero correcta panoplia de viscisitudes de aire medieval que tiene de Tolkien las espadas, y para de contar. Por no haber no hay ni magos ni criaturas estrafalarias (dragones, trolls, etc), aunque se las insinúa, sí; asoman la patita por debajo de la puerta como algo perteneciente a un pasado que, ojo, amenaza con volver.

Dirán los entendidos que no hay bichos porque no tiene por qué haberlos. De acuerdo. Quedémonos con lo esencial, los reinos, los tronos, los unos y los otros, las sagas familiares, sus disputas, sus reclamaciones, sus ambiciones. Todos anhelan la gloria y el poder. Tenemos a las gentes de Desembarco del Rey, algo así como La Capital. A los más norteños de Invernalia. A los aún más norteños y más brutos del Muro, que se supone protege al resto de lo que mora en el perpetuo invierno. Dándole la vuelta al mapa asoman unos peculiares sujetos que vienen a ser algo así como unos aborígenes a caballo, cuyas vidas se cruzan con otra estirpe de rubios intrigantes. Agitado todo en la coctelera nos sale Juego de tronos.

A la espera de que futuras temporadas, consecutivamente basadas en sus padres bibliográficos, vayan aportando más mordiente, lo cierto es que la primera tirada no cumple las expectivas. ¿Intrigas? Haberlas, haylas, pero las justas, y contadas con poquita gracia. ¿Diálogos potentes? Algún atisbo, pero siempre con el envoltorio por encima del contenido. ¿Batallas? Más bien no. Y ya hemos apuntado que los efectos especiales quedan excluidos al quedar el terreno esotérico para mejor ocasión.

¿Qué tenemos, pues? Un buen piloto, que visualmente es una maravilla. Una serie adulta, en la que se trata al espectador como tal, que no ahorra momentos crudos, que llama a las cosas por su nombre y que no busca ni giros efectistas ni saltos al vacío. Diálogos correctos, aunque no brillantes. Escenas que tienden a alargarse en exceso. Personajes Guadiana, que vienen y van. Y actores que, en general, no van mucho más allá de cumplir. Famoso, ninguno. Conocido, Sean Bean, visto precisamente en El Señor de los Anillos. Algo menos, Jason Momoa, el nuevo Conan. Los amantes de The Wire ya conocen a Aidan Gillen, que aquí cambia la alcaldía por el palacio, igual de intrigante pero mil veces menos seductor. El resto, meritorios, actores en su mayoría desconocidos y con poca experiencia. Uno de los mejores, de largo: Peter Dinklage, el estupendo Tyrion Lannister, ese impagable enano putero.

Juego de tronos es una buena serie, pero no la gran serie que nos vendieron HBO y quienes, cegados por anteriores producciones, esperaban de la adaptación de las novelas de George R. R. Martin algo así como la serie definitiva sobre intrigas palaciegas y épicas batallas a espada y sangre.

Los Borgia

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No es un spin off pero huele a sucedáneo. Es difícil aproximarse a Los Borgia sin acordarse de Los Tudor: serie histórica contada desde un ángulo moderno, aunque la primera va siempre con una marcha menos y resulta menos transgresora. Licencias como un Enrique VIII de gimnasio no caben en este producto de Showtime dirigido por Neil Jordan, un señor que sabe lo que es ganar un Oscar (Juego de lágrimas), y que ha optado por pasarse a la tele, ahora que el medio goza de prestigio, después de labrarse una carrera en el cine (Michael Collins, Entrevista con el vampiro).

El material al servicio de Jordan no desmerece del que tenía a su disposición Michael Hirst, creador de Los Tudor. En lugar de un rey capaz de todo, incluso de romper con la Iglesia católica, cuenta con toda una disfuncional familia, incluido un patriarca, Rodrigo, que no necesita pasar del Vaticano porque compra el sillón papal a base de untar a cardenales. Sus hijos no le van a la zaga: desde César, al que la púrpura no impide correr detrás de las faldas, a Juan, un pendenciero bribón y arrogante capaz de llevar a la ruina a las tropas romanas; pasando, sobre todo, por Lucrecia, quizás el miembro de la familia que con mayor merecimiento ha pasado a la historia como ejemplo de perfidia y malas artes. Los Borgia son algo así como los precursores de la Mafia, la primera familia de criminales.

Jordan utiliza estos mimbres con mucha corrección y considerable rigor, pero queda el poso de que, o bien no ha sabido exprimirle todo el jugo al clan (español, por cierto; de Valencia, para más señas), o guarda la munición para posteriores temporadas. No ayuda, seguramente, un casting en el que solo descolla el único actor de peso, un Jeremy Irons que campa a sus anchas, en un papel que seguramente le granjeará nominaciones a premios. Irons se pasa buena parte de los capítulos rozando la sobreactuación y ofreciendo un recital de muecas, mohínes y parrafadas con voz impostada… y, aún así, es el mejor de largo. Su Papa Borgia es el mejor personaje, y él, el actor con más talento. Le secunda una pléyade de actorcillos desconocidos y con el carisma justo. Se salva Holliday Grainger, más talludita de lo que sus rasgos sugieren, y que va creciendo conforme lo hace su personaje, Lucrecia. El resto de la familia, mediocres. Mención especial para Michel Muller como el rey de Francia. En general, los mejores son los secundarios.

Los Borgia tiene su dosis de violencia y catre (aquí encuentra hueco Emmanuelle Chriqui, que hace poco más que lucir cacha), como Los Tudor, pero con menos convicción, y posee también una ambientación cuidada, aunque menos variada. La primera temporada sienta unas bases correctas pero lejos de resultar brillantes. Las comparaciones son tan odiosas como inevitables. Neil Jordan tiene trabajo por delante si quiere que su serie acabe dejando huella. Por lo de pronto, la audiencia ha respondido y ha conseguido luz verde a una segunda temporada.

The good wife

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Que Julianna Margulies estaba pidiendo a gritos una serie a su medida es un hecho impepinable, que diría cierta presentadora de telediarios. Lo demostró en Urgencias con un papel que le concedió premios y el reconocimiento de la crítica, y lo reafirmó con un paso breve pero intenso por Los Soprano, como motivo de discordia entre Tony Soprano y su sobrino Chris. La oportunidad le ha llegado de la mano de The good wife; como espectadores, no podemos estr más que satisfechos.

“Otra de abogados”, podrán criticar, con rechinar de dientes, los más recalcitrantes. Aunque esto fuera cierto, ¿importaría algo? El género judicial, ya sea en pequeña o gran pantalla, es uno de los más agradecidos, solo superado por el policíaco y a la altura del médico. Por si fuera poco, una serie de abogados siempre filtrea con lo policial y admite lo médico, entre muchos otros ámbitos. Pero el caso es que The good wife no es solo “otra de abogados”. Sobre todo, porque contiene una sub-trama política muy bien dosificada de la que vamos recibiendo información a cuentagotas, que va ganando peso conforme avanzan los capítulos y que se cierne como una sombra ominosa que pone al espectador sobre aviso (vaya, esta no es otra serie de abogados). Por esto, que no es moco de pavo, y por su protagonista, Alicia Florrick.

Alicia Florrick es, obviamente, Julianna Margulies. Un personaje que, para una actriz como ella, es un caramelo. Alicia es “la buena esposa” (“the good wife”) del título. Engañada por su marido, el putero fiscal del estado, que acaba con sus huesos en la cárcel, a Alicia no le queda otra que tragar diez mil sapos y ser eso, una buena esposa, en lugar de mandar a por amapolas a su esposo, un hombre otrora poderoso que ha tirado su vida por sus devaneos con prostitutas. Al tiempo que capea el temporal mediático, la señora Florrick retoma su carrera como abogada desde lo más bajo, como asociada junior en un bufete de tres socios. Uno de estos es Will, un viejo amigo (con pretensiones de algo más) de los tiempos universitarios; lo cual, por un lado, es una ventaja, pero también un inconveniente por ese componente amoroso. Hay una plaza en juego y dos candidatos: Alicia y el trepa Cary, que más allá de su nombre de bobo y sus insoportables ansias por destacar, acaba resultando medio simpático una vez los guionistas suavizan sus aristas más competitivas. Esto, bajo la implacable mirada de Diane, la socia que se disputa con Will el control del bufete, y de la fiscalía en pleno, ahora en poder del enemigo de su marido. Marido que, por cierto, pleitea para salir de la cárcel con la condicional, lo cual coloca a Alicia en una situación delicada (¿le he perdonado?).

Articulado cada episodio en torno a la resolución de un caso, The good wife debe un enorme porcentaje de su gancho a Margulies y su Alicia Florrick, que consigue la empatía del espectador a base de echarle huevos y demostrar que es una abogada brillante, a partes iguales. Por más que a aveces resulten exagerados sus raptos de genialidad, se perdonan porque, en el fondo, quien visiona la serie está deseando que a Alicia le salgan bien las cosas. Rodean a Margulies una constelación de secundarios eficaces, entre los que descollan Chris Noth como Peter Florrick (el marido) y la sorprendente Archie Panjabi como Kalinda Sharma, algo así como una Lisbeth Salander sin las taras de una infancia turbulenta.

En conjunto, un producto potente, atractivo y que no hace más que crecer a medida que avanza la trama y se va devorando capítulo a capítulo.

Friends

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¿Por qué triunfó? ¿Cuál era su secreto? ¿Qué hizo de Friends una serie de fama mundial cuando partía de las premisas más sencillas que cupiera imaginar? Su título, igualmente simple, Friends / Amigos, anticipa por dónde van los tiros. Seis amigos, tres chicas y tres chicos, más cerca de los 30 que de los 20, que viven en Nueva York y reparten su tiempo entre un café (el Central Perk) y sus respectivos apartamentos, y que de vez en cuando se presentan en sus lugares de trabajo. Sus alegrías, sus sinsabores, sus sueños, bla, bla, bla. Nada de tramas retorcidas, giros de guión sorprendentes, muertes trágicas o entornos exóticos. Y, sin embargo, uno revisa Friends ahora, casi 20 años después de que echara a andar, y comprende desde el primer momento por qué era una serie singular.

El ingrediente clave de la “fórmula Friends” es su guión. Como en cualquier sit-com, cada capítulo parte de tres tramas paralelas, que suelen implicar a los personajes en dúos. La diferencia con la ingente lista de series parecidas: diálogos brillantes en situaciones originales, puestos en escena por actores con una química insuperable. Aquí entra en juego la excelente elección de caracteres y sus respectivos intérpretes.

Tenemos de un lado a Joey, actor italoamericano, algo simple, ligón y con poca suerte en las audiciones; y Chandler, un tipo con un trabajo gris que disfraza a base de chistes sus inseguridades y su tendencia a meter la pata; juntos, forman un dúo inmejorable. De otro lado, Mónica, la maniática de la limpieza, obsesiva y un punto cargante, en cuya vida irrumpe Rachel, ex compañera de Instituto, niña de papá que escapa de su boda y se ve en la calle y sin un céntimo. Vinculado a ambas, Ross, hermano de Mónica y amante (platónico) de Rachel, un paleontólogo tímido y tirando a cursi. Y, por último, el elemento más discordante: Phoebe, la rara del grupo, una hippie que se dedica al negocio de los masajes y aporta a un grupo más bien modosito las aristas más estrafalarias.

Seis naipes barajdos con maestría, que se demuestra en a) la capacidad para profundizar en los personajes y darles un desarrollo; y b) saber jugar con las relaciones entre unos y otros sin caer en la monotonía, descubriendo nuevas vías a partir de interacciones poco exploradas. Por ejemplo, el dúo cómico Joey-Chandler, que tanto juego daba en las primeras temporadas, se viene abajo cuando Chandler y Mónica entablan una relación, pero los guionistas mueven pieza y sacan jugo a la interacción de Joey con Rachel o Joey con Ross. Cuando la complicada relación entre Rachel y Ross, que vertebra toda la serie, amenaza con hacerse cansina, la carga romántica pasa a Mónica y Chandler y vemos a Rachel en una faceta más cómica. Los distintos trabajos de cada uno cobran de tanto en tanto protagonismo, y de la misma forma pasan a un segundo plano, pero de una forma natural que impide que chirríe el conjunto.

Que Friends fue algo especial y único lo prueban las diez temporadas que aguantó en antena y, seguramente en mayor medida, el que las carreras de los seis no tuvieran gran impacto cuando concluyó en 2004. Jennifer Aniston (Rachel) es quien puede presumir de estar más asentada en Hollywood, de ser la que más trabaja y cobra, y la que ha protagonizado la relación más sonada (Brad Pitt). Pero no se puede decir que la suya sea una trayectoria de lustre. El resto ha tenido sus escarceos con la gran pantalla, pero básicamente ha intentado prolongar en la pequeña el éxito de Friends. Sin conseguirlo. El mejor ejemplo lo encontramos en Joey, el spin-off a mayor gloria del personaje que aportaba los momentos de humor más físico, el bobalicón al que es imposible no adorar. Joey fue un fracaso a la altura del éxito de Friends. Porque algunas fórmulas son irrepetibles.

¿24: la película? ¡No, gracias!

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Kiefer Sutherland promete adaptación a la gran pantalla de 24, la adrenalínica serie que le ha permitido alejarse de la alargada sombra de su padre y ganarse un lugar de mérito por derecho propio. Asegura Kiefer Sutherland que 2012 será el año y que solo falta encontrar director. Habla Kiefer Sutherland y se supone que los fans tenemos que sentirnos regocijados. Pues no, señor Sutherland. No. En absoluto.

Desconozco los que puedan esgrimir los demás, pero estos son mis argumentos:

-Dejemos tranquilo a Jack Bauer: Ocho temporadas después, con muchos, demasiados sinsabores y palos por servir a su país, a la UAT y a sucesivos presidentes, el pobre hombre merece un descanso. Sí, el final era muy abierto. Pero era el final.

-El hándicap del formato: 24 innovaba y gustaba porque articulaba, casi en tiempo real, 24 horas, un día en la vida de Jack Bauer, mediante otros tantos episodios. ¿Qué harán en la película? ¿Cargarse el tiempo real, el famoso contador? ¿Reducir la acción a la hora y media, dos horas de metraje? ¿Comprimir un día en una duración lógica para un filme?

-Un pésimo precedente: Entre las temporadas 6 y 7 nos colaron una tv movie con Bauer auto-exiliado en África que daba auténtica grima. Por mi parte, he optado por una solución drástica: fingir que ha sido un mal sueño; que tal truño no existe.

-La tele no es el cine: De infames y vergonzantes traslaciones de series a la gran pantalla está llena la Historia. ¿Queréis ejemplos? ¿Os sirven las dos adaptaciones fílmicas de Expediente X, una de ellas entre las temporadas 5 y 6; y otra, aún peor, con la serie ya terminada? ¿Qué me decís de Sexo en Nueva York, Scooby Doo, Alvin y las ardillas, Inspector Gadget, Los ángeles de Charlie? Auténticas bazofias. Como mucho, se salvan El fugitivo y la primera de Misión imposible.

-Mal sabor de boca: La serie tuvo sus picos y sus valles. Lógico, teniendo en cuenta lo peculiar del formato y lo complejo que es mantener el interés durante ocho entregas. La última temporada resultó lo suficientemente digna como para dejar un regusto agradable. Una película, si no cumple las expectativas, se arriesga a dejar un mal sabor de boca.

Downton Abbey

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He aquí la antítesis de la serie española media. He aquí la serie que jamás se rodaría en nuestro país. Ni ahora ni dentro de cien años. Porque Downton Abbey y (por decir una) La señora no es que no jueguen en la misma liga, es que no son ni siquiera el mismo deporte. Que diría el otro. Pues eso.

Downton Abbey es la enésima y no por ello fatigosa demostración de que los ingleses son unos maestros a la hora de rodar (ya sea para cine o televisión) historias de época. Los números 1. Es indiscutible. Tienen un don que trasciende lo generoso de los presupuestos (notable y notorio) y se traduce en algo tan intangible como el buen gusto. Porque rodar historias de época va mucho más allá de encontrar ambientaciones adecuadas, vestir a unos señores con la ropa que habrían llevado hace 50, 100 o 500 años y colar referencias que atestigüen que, efectivamente, hemos viajado atrás en el tiempo.

Downton Abbey nos traslada a la Inglaterra de 1912, a un par de años del estallido de la Primera Guerra Mundial y en pleno shock por el hundimiento del Titanic. Tragedia que para los Crawley supone un vuelco de enormes proporciones: entre los fallecidos se encuentran los dos herederos del cabeza de familia, Robert; carambola del destino, y producto de las leyes de la época, Downton no pasará a su muerte a su primogénita o cualquiera de sus dos hermanas, sino a un lejano primo que, además, recibirá la fortuna de la esposa, que fue, en este caso, quien aportó la riqueza del matrimonio. La serie, creédme, lo explica mejor que un servidor.

El futuro de Downton y los Crawley es el hilo conductor que transmite el resto de tensiones: la que surge entre Mary, la hija, y Matthew, el primo de Manchester; otra no menor entre la madre de este y la matriarca, Violet; y las que se desarrollan entre el servicio, también cautivo de rencillas y disputas de egos. Unas interpretaciones estupendas y una dirección impecable consiguen el resto: que desde el primer capítulo, Downton Abbey cautive al espectador, reconfortado a partes iguales por la factura visual y la narrativa.

Podrán argumentar los críticos que es más de lo mismo. Que ya están los ingleses con una puesta al día de Arriba y abajo, otra vez contándonos la historia de siempre de los señores y los lacayos, los fuertes y los débiles, las injusticias ancestrales y las reformas que se van abriendo paso poco a poco. Que con un buen presupuesto, cualquiera se marca una buena serie. Tal vez. El día que en España se haga algo así, abramos el debate. El día en que nos caigamos de la burra y entreguemos siete episodios por temporada, en lugar de emular a los culebrones venezolanos; el día en que los actores suenen veraces y no ridículos; en que el vestuario no parezca sacado de una obra de fin de curso de colegio; en que…

En fin, demasiados condicionantes. Downton Abbey: una serie de época como solo saben hacerlas los ingleses. A disfrutarla.

Jekyll

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Desde siempre, y por siempre me refiero al cine, el Reino Unido se ha postulado como una alternativa más que sólida al imperio casi monopolístico que ejerce Estados Unidos sobre los productos audiovisuales. Francia e Italia han vivido estallidos de creatividad (Nouvelle Vague, Neorrealismo), pero han adolecido de la constancia británica.

Aquí no vamos a hablar de cine, sino de televisión, pero se pueden aplicar los mismos parámetros. De las Islas no dejan de llegar buenas series, y si hay una punta de lanza, esa es la BBC. Admirada por sus informativos y sus documentales, su división de televisión no se queda atrás. En los últimos años se diría que han encontrado un filón en la revisión de clásicos. Más que revisión, puesta al día. Funcionó a las mil maravillas con la estupenda Sherlock, y no defrauda con Jekyll, aunque la adaptación de la novel de Robert Louis Stevenson no alcanza el nivel de la primera.

Aquí se trata de traer al presente la por todos conocida historia del doctor Jekyll, que mediante una pócima se convertía en el depravado míster Hyde; una fábula victoriana acerca del lado oculto y tenebroso del hombre. La serie estrenada en 2007 no trabaja directamente sobre Jekyll, trayéndole a la época actual como a Sherlock, sino que muestra a un desciendente del doctor, salido no se sabe muy bien de qué parte. Lo que sigue, como en la novela original, es la batalla de Jekyll contra Hyde, que inexorablemente va ganando el canalla, violento y libidinoso alter ego; con el aderezo de una misteriosa organización que desea echarle el guante.

La baza principal es el actor protagonista, James Nesbitt, al que tenemos enrolado en El Hobbit de Peter Jackson y que despliega su buen hacer en un papel que, obviamente, es doble: el del más bien apocado y angustiado Jekyll y el del cabronazo despiadado Hyde. Nesbitt fue candidato al Globo de Oro. La serie está rodada con nervio, mediante constantes saltos temporales, y es visualmente potente. En el lado de las pegas, al piloto (son seis episodios en total) le falta algo de fuerza y al guión, en general, cierto peso específico, lastrado por una trama que pierde fuelle en más de una ocasión. Los personajes secundarios, desde las detectives lesbianas al histriónico líder de los “malos”, son construcciones cómicas originales y bien interpretadas, pero que no encajan con el espíritu de la serie.

Jekyll no es Sherlock pero es BBC y no está mal.

Boardwalk Empire

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Errado el tiro con The Pacific, HBO, el canal de referencia por excelencia, el tótem del buen gusto, la punta de lanza de esta nueva televisión (cierta televisión) que supera con creces al cine, ha dado en la diana con Boardwalk Empire. Todos (críticos, público) alaban esta producción que nos traslada a la Atlantic City de 1920, una manzana podrida junto al mar que se erige en una suerte de Sodoma y Gomorra en los tiempos de la Prohibición. En AC corre el alcohol que se supone vetado por un puritanismo extremo al que tampoco le gustaría nada lo que vería bajo las alfombras del palacete en el que ha convertido la ciudad Enoch Nucky Thompson. De profesión tesorero, su auténtica ocupación es la de soberano. El alcalde es un mero títere. El sheriff, su propio hermano. El comodoro, un pobre viejo que bastante tiene con no morirse. Atlantic City es Nucky Thompson, y Nucky Thompson no es una Hermanita de la Caridad.

Así que tenemos un personaje potente, la calidad garantizada en la producción de HBO, que se refleja en un lujo que para sí quisiera más de un largometraje y, por si fuera poco, a Martin Scorsese rodando el piloto y apadrinando el proyecto. Hay un personaje maquiavélico, bajo sus formas suaves; hay un joven jabato deseoso de hincarle el diente al mundo; hay una pobre viuda volcada en ideas sufragistas; y hay mafiosos, contrabando de licor, bandas rivales, Chicago, Nueva York, Al Capone, Lucky Luciano, Ace Rothstein, toda una galería de personajes míticos… Hay tanto que Boardwalk Empire debería ser una serie mejor.

El piloto de Scorsese es soberbio. El último capítulo, el duodécimo, una demostración de cómo debe cerrarse una temporada. Hay clase, elegancia, hay cine llevado a la pequeña pantalla en esas dos excelentes horas de metraje. El problema es que, en medio, nos sirven diez capítulos en los que, por momentos, uno tiene la sensación de que se está demorando ese golpe sobre la mesa que no acaba de producirse. Demasiados minutos dedicados a la viuda y su romance con Nucky; demasiado regodearse en las peripecias más bien decepcionantes del joven Jimmy Darmody; demasiada teta y demasiada poca sangre; personajes que van y vienen y la sensación de que actores como Michael Shannon, en el rol del agente Van Alden, o Michael K Williams, como Chalky Whie, están desaprovechados. A cambio, Michael Pitt (Darmody), que no cumple mal con lo suyo, no demuestra merecer tal atención.

La serie, en último término, descansa sobre los hombros de Steve Buscemi. Buscemi ha sido siempre un actor dotado y un excelente secundario, pero de ahí a encabezar una función, media un trecho. Su personaje es un caramelo y está tan bien construido como interpretado, pero no deja de ser un tipejo que actúa moviendo los hilos en la sombra. El que maneja el cotarro, sí, pero no exactamente a plena luz del día. Digamos que si Boardwalk Empire pretende ser la némesis de Mad Men, Nucky Thompson lo tiene crudo frente al carismático, apuesto y arrollador Don Draper.

Celebradísima como una de las mejores ficciones de los últimos años, pone los pelos de punta leer comparaciones con otros productos marca HBO como Los Soprano y ¡oh, Dios! The Wire. Boardwalk Empire es una buena serie pero no una serie excelente. No es El Padrino en 12 episodios, ni de lejos. Está muy por encima de la media, es sofisticada y elegante, sus guiones están pulidos con esmero y la factura es impecable, pero no es para tanto.

Misfits

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Una suerte de Héroes pasada por una batidora de sexo, drogas y iPods, versión UK: eso es Misfits, una de las sorpresas más gratas de la televisión en 2009 (y premio BAFTA en 2010).

Un grupo de chicos que cumplen horas de servicio comunitario por distintos delitos (posesión de drogas, meterse en una pelea, conducir borracha, intentar prender fuego a una casa…). Una extraña tormenta que arroja enormes bloques de hielo. Un rayo que alcanza a nuestros protagonistas y a su cuidador. Mientras los primeros desarrollan una serie de poderes, cada uno el suyo, que irán conociendo y aprendiendo a manejar no con pocos sobresaltos, el segundo es presa de una repentina furia que le induce a descuartizar a uno de los descarriados mozalbetes e intentar otro tanto con el resto.  Esto es Misfits.

Todo lo que en Héroes era ñoño, todo lo que allí remitía, en último término, a la familia, el sacrificio, el amor por los demás, aquí es vandalismo puro y duro que deriva hasta en una defensa hilarante del modo de vida autodestructivo y casi nietzcheano de la juventud actual, su carrera en pos de ninguna parte y su intento de superar a padres y abuelos en porros fumados, alcohol trasegado y neuronas trituradas. Pero no nos equivoquemos: el lado salvaje y destroyer de Misfits está introducido en la ecuación de forma equilibrada, de modo que no entra en colisión con otros elementos, como son el gore, el fantástico, el tierno y sí, el profundo, el de la exploración de los personajes.

Unos personajes encabezados por el más brillante de todos: Nathan, el bocazas, lenguaraz, salido, porreta, expulsado de su casa, provocador y ocurrente Nathan (Robert Sheehan, un chaval a tener en cuenta); una bomba de relojería siempre dispuesto a hacer el payaso y meterse en líos, pero de buen corazón; un Pete Doherty con tendencia al caos pero entrañable, al que es difícil no querer. A su lado, el veloz y tribulado Simon; la seductora hasta un punto enfermizo Aisha; la barriobajera Kelly; y el introvertido y torturado emo Curtis, otro de los personajes más logrados. Un quinteto improbable que lucha por salir de más de un embrollo mientras cumplen con la comunidad y lidian con sus nuevos poderes. Y con los que han adquirido otros, pues no son los únicos.

En el terreno de los superhéroes y las superhabilidades parecía estar todo escrito. Y casi es así, de hecho. Pero Misfits aporta una jugosa vuelta de tuerca a base de gamberrismo juvenil bien contado y bien interpretado. Un soplo de aire fresco frente a la moralina estadounidense. ¡Los ingleses no se cortan y hasta se ven tetas de vez en cuando! Esto es Misfits.

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